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Puertollano: De Puertollano a Compostela

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Son las 14:42 del Viernes, 20 de Octubre del 2017.
De Puertollano a Compostela

De Puertollano a Santiago en un suspiro.

De repente, un encuentro surrealista se nos presenta entre fobias negras y fantasmas reparadores con cabra rubia a bordo del “taxi driver” que nos conduce a Triacastela. Allí nos esperaba la ventera en persona con una calurosa acogida en forma de tres cervezas recién salidas de la nevera. Se mereció un par de besos. Y los tuvo.

El Reverendo, cuya maleta llevaba secretos inconfesables y un matasuegras para más regodeo, nos tenía preparadas varias sorpresas que, para no llamarse a engaño, pronto fueron desveladas:

Socio, ¿quién te iba a decir que el médico que nos acompañaría en esta aventura era un psiquiatra? Pero, si no estamos locos, que sabemos lo que queremos… ¡Qué bien os vino el ejercicio mental y demás terapias, gañanes! Vive la vida igual que si fuera un sueño…

Y ¿quién me iba a decir que haría el camino con un atlético radical? ¡Esto sí que es penitencia! 

Primera ración de pulpo, cachelos, ribeiro y demás. Entramos en calor y el debate de vuelta a la pensión con el Reverendo: ¿Por dónde se llega antes? La diferencia entre un chupito, dos o ninguno nos lleva directos a la cama con atajo pero sin titubeos. 

 

Una aventura que esperaba ser cumplida desde hace tantos años empieza a hacerse realidad desde que un caballero de triste figura me lo hubiese gafado. Pero esa es otra historia…

No pudimos aguantar más y empezamos a cantar el “Soy Minero…”. Una energía que llevábamos dentro y que nos hizo despegar. Cualquiera diría que venimos de Puertollano. Nadie nos hizo ni caso, pero a nosotros nos dio alas.

David Guilmour nos anunció que podemos vivir sobre una isla compartiendo un sueño, en silencio, a la deriva. En un volcán que alcanza con lava azul las almas errantes y las conduce a un destino tan incierto como apasionado, llegar a Compostela.

Todo nos parece relativo, solo importa caminar y descubrir, siguiendo los pasos del camino ya trazado por los ancestros. Cogemos la brújula y aparecen las dudas del Reverendo: Oiga buen hombre, ¿por aquí vamos bien a Constantinopla? … Menos mal que el paisano no le hizo cuentas. Nos introdujimos por el bosque de hayas centenarias siguiendo la procesión de mochilas con vieira colgando…

Magia de verde prado y bosque húmedo, de encuentro de tradiciones, culturas, credos, generaciones, revelaciones y abrazos de amor espiritual entre los peregrinos guiando nuestro rumbo hacia el azul de Finisterre.

El viejo gato nos mira con los ojos entrecerrados, compasivo, desde el ventanuco oscuro de aquella casa abandonada por gallegos emigrantes de otra época con la hartura serena del que ya lo ha visto todo. Algo parecido al gesto que apercibimos en aquel fósil de helecho, negro de ver pasar el tiempo, reposando en un muro de pizarra, como si todo se hubiese detenido en un suspiro milenario.

La araña espera paciente obrando en su tela húmeda de rocío gallego, de vuelta y vuelta, asistiendo sin sorpresas a la reproducción compulsiva de las ignominias ancestrales del hombre:  Hiroshima, Gernika, Auchvitz, Sarajevo, Gaza, Alepo, Damasco, Trípoli, Kigali… En definitiva, para el hombre todos los caminos confluyen en el mismo punto de desencuentro…Pero aquí, en el camino, todo será diferente. La esperanza es el camino. La verdad en la duda y por qué no, en la lucha.

La espiritualidad no la buscamos pero de todos modos la encontramos. Se respira, se siente, se ve invisible. El enigmático Cristo de la iglesia templaria nos tiende la mano, iluminados por ventanas verticales de reloj de sol transmitiéndonos un mensaje desconocido pero en gran medida compartido por los peregrinos que por allí pasaron. Un altar del siglo VIII rodeado del cordón umbilical que nos une a la madre naturaleza y al amor que todo lo engloba.

Algún espíritu errante se tornó por lo menos en agnóstico tras la sonrisa limpia de la monja de aquella congregación de paso en Pedrouzo.

Nos vamos reconociendo, soportando y por qué no, también queriendo que no amando, Reverendo.

 

El abuelo de 86 años, siempre arropado por su nieta y escudera, no paraba ni para que los cansinos de hijo y yerno se echasen una mísera cañita de chiringuito. Espetaba el yerno, ya derrengado e impotente: ¡Dejad al abuelo a ver si revienta!

Aquellas botellas de butano encadenadas en el patio de una tasca despertaron en nosotros una compasión inexplicable. ¿No estaríamos perdiendo la razón?

“Todavía no estamos para echar azúcar a los polvorones”. ¿No crees Socio?

Seguimos al Galeno hasta donde podemos, “impertérrito e incorruptus”, acelera subiendo las cuestas para desespero de coetáneos y orientales. Se pasea por el camino con ritmo firme. Con ese “tumbao que tienen los guapos al caminar”. ¡Qué orgullo!

A veces despertábamos de nuestra caraja pasajera con el canto limpio de una canaria enamorada: ¡Pio, pio! ¡Pio, pio!

Las emociones cotidianas, en el camino, se subliman. Cuando un atlético llora no sabemos si gana o pierde pero en el camino, ese espíritu engancha y crece como una bola de nieve. En algún momento todos, solo en el camino, nos hemos sentido atléticos (que dios me perdone). Cuando el padre del Socio habló de su sentimiento los atléticos lloraron y los merengues asentíamos ante el reconocimiento de un sentimiento leal y noble: fieles hasta en la derrota. 

 A lo largo del camino iban cayendo las frases peregrinas como gotas del agua de lluvia que no tuvimos y que el cambio climático se llevó, aseguró el lugareño de Lavacolla: “Sin dolor no hay gloria”, “Sé siempre tú mismo”, “El hombre en el universo es tan libre como que un pez en una pecera” y más… Cada loco con su tema. Lo nuestro era caminar y descubrir. El Socio nos anima en procesión: ¡Vamos valientes, hasta el cielo, Todos por igual!

Resistimos estoicamente a las tormentas reverenciadas de digestiones agradecidas, a las lagrimitas en el café y a la barraquera del Socio en el Obradoiro. Abrazos enamorados de vida y encuentros de género sin equívocos para el Reverendo. ¡Bendita contaminación!

Pat Metheny nos había recordado que una catedral cabe en una maleta. Esto nos ayudó a captar y traernos lo esencial de Santiago: todo el amor que acoge la catedral. Y encima pesaba menos que la maleta del Reverendo. Como vivir la realidad en un sueño.

El Socio quería que al llegar a Santiago el apóstol nos recibiera en audiencia. Cosas de la política… Pero solo nos mandó una señal. Así es que apareció Eulogio poniéndonos a prueba nuestra capacidad de tolerancia y de resistencia. Nos quedaba la penitencia. Y cumplimos, vaya que sí. Para cuando el señor nos recoja ¡Nos tenemos el cielo ganao!. Aunque eso no va a ser para hoy, sino para mañana…

El Kyrie de Enrique Morente nos dio la pista: ¿No será el camino metáfora de eternidad? ¿No es el abrazo entre peregrinos  la señal de un mensaje universal?: amor, perdón y compasión.

 

La verdad tan pregonada se convirtió en duda, que no es poco. La duda entendida como el motor y no el lastre de nuestro compromiso con la vida…

En Santiago agradecimos todo lo que hemos conseguido y nos arrepentimos por si en el ejercicio de vivir  alguien quedó en el camino.

Al final todo pasa y todo queda como el polvo que impregna nuestras botas de la esencia que desprende el camino.

Llegamos a Finisterre, frente al horizonte, donde el mar y el firmamento se confunden, donde los hombres y los cielos se abrazan. Juntos, como los ríos que van a parar a la mar, que no es el morir sino la continuidad hacia otros mundos por descubrir.

La luz de medianoche brillará eternamente para ti, peregrino.

 

                                   A todos los peregrinos que, desde Puertollano, llegaron a Compostela

Miguel Marset

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