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Puertollano: El librero más dicharachero (a este lado del Ojailén)

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Son las 00:21 del Sábado, 16 de Diciembre del 2017.
El librero más dicharachero (a este lado del Ojailén)

De ascendencia ganadera, trashumante y segoviana, tras ser macerado en un vientre almodoveño, vino “Sátur” al mundo en los años cincuenta del pasado siglo. La ciudad de Puertollano tuvo la suerte de verle nacer, cuando en nuestro país sonaba la melodía del NODO a todo volumen, la Falange partía el turrón, y nos acuciaba la obsesión febril de las vías ferroviarias y, sobre todo,  los embalses, con el fin de paliar la “pertinaz sequía”. Seguro que su familia se reunía alrededor de la calefacción central, es decir, un brasero de picón justo en el centro, bajo la mesa de camilla. Por aquellos entonces, llovía en otoño y hacía frío en invierno.

Como tantos otros, se dejó civilizar por los padres salesianos, con los que tuvo las primeras nociones sobre el cielo y el infierno, sobre la magia de los voltios y los amperios. Porque todo en su vida ha tenido un matiz mágico, una vez tamizado por el crisol de su mirada. Durante su primer empleo, repartiendo el pan por el pueblo sobre una mula, obró el milagro de convertir los panes en alegría, la monotonía rutinaria en un instante único y especial. De aquel período únicamente le pesa el haber pegado a su mula. “¡A ver, yo veía que todos los panaderos lo hacían así!”, exclama en alguna ocasión con la vehemencia que le caracteriza, como queriendo expiar y justificar un acto, un pecado injustificable que le pesa como una rueda de molino. Siendo consciente de que el verdadero pecado no está escrito en ninguna lista, ni catecismo. El verdadero pecado es ese poso amargo que te acompaña de por vida, que difícilmente aprendes a digerir y a perdonarte a ti mismo.

También fue monaguillo antes de repartir el pan. Y después de los panes, trabajó 4 años en los montajes, en Reus. Aquello le pareció otro mundo. “allí la gente salía con su mochila a la espalda para hacer excursiones por el monte, sin más finalidad que la de disfrutar de la caminata. Eso por aquí apenas se hacía”. Y entonces, por fin, tuvo lugar un acontecimiento histórico en Puertollano. Un mes de abril de 1982 Juan Carlos abrió la librería-papelería. “¡Ni se te ocurra decir que la abrí por mi vocación a la lectura, porque eso no es verdad! La abrí porque algo había que hacer para ganarse la vida… Si hasta me daba no sé qué de abrirla tan cerca de la de Rafael, la “Iris”…” La empresa despegó al ritmo de la década de la Movida, durante “aquellos años Jipiosos”, como prefiere denominarlos él. Por supuesto, hubo confeti en la inauguración y, ni que decir tiene que bautizó su empresa como Dios manda, o como Dios le dio a entender, es decir, con AGUA AGRIA.

La gente acostumbra a perder cosas en las estaciones de trenes. A veces perdemos hasta el tren, tanto el literal como el metafórico. Sátur, animado por ese espíritu a contracorriente que le caracteriza, encontró el amor en la estación de Puertollano una Nochevieja. No sé si recordaréis que las estaciones tenían entonces calor humano. Íbamos allí a coger el tren, a esperar a alguien y ayudarle a llevar las maletas o, simplemente, a ver pasar caras y trenes desde ese banco de pino verde, que ya en su día inmortalizó Serrat. Una estación podía ofrecer pensión improvisada de una noche de transbordo o ser el lugar ideal para poner el colofón a ese maravilloso día de fiesta y desenfreno, el lugar ideal para tomarse en su cantina la famosa “PENÚLTIMA”.

Con el paso de los años, Juáncar se fue convirtiendo en esposo —perteneciente a esa especie en extinción que sigue con la misma mujer hasta el día de hoy—, en padre de tres hijos y en el librero más dicharachero a este lado del Ojailén. Si deseas conocer a alguien incoherente, contradictorio, paradójico… te invito a que charles un rato con él. Descubrirás a un ateo-religioso, a un hombre de izquierdas que adora la tradición y la liturgia. A un revolucionario que calza chancletas la mayor parte del año y, al mismo tiempo, domina el arte del nudo de corbata. Es decir, un hombre como cientos de miles, sólo que él es así, sin tapujos, y ha hecho de la antítesis su bandera, que hondea sin complejos ni prejuicios.

Buen amigo de sus amigos, aunque su generosidad llega más allá, pues también escucha a cualquier conocido. Esos vecinos que se han dado cuenta de su vocación de “escuchante”. Y van allí a contarle sus pesares, sus problemas, sus “cantinelas”. Y él ejerce una función de servicio social en el barrio a cambio de nada, y dudo que nadie en ese mismo puesto y con nómina lo mejore. Escucha con resignación de santo, de autónomo, siempre con una banda sonora de fondo a todo volumen de zarzuela, canto gregoriano, música clásica, el himno nacional, la internacional socialista, rock sinfónico, cantautores, en fin, ¡todo cabe! Cuando está inspirado puede que hasta le conceda la absolución… Y sin penitencia. La penitencia ya la cumple él mismo escuchando. Es más, ni siquiera los compromete a un propósito de enmienda, ya que, al contrario de cualquier confesor al uso, él despide a su interlocutor al grito de “¡sigue pecando, pecar es maravilloso, me encanta el pecado!” Si la reunión le ha resultado especialmente provechosa puede que te suelte su: “¡Tú puedes volver por aquí cuando quieras!”

Juan Carlos, ya sabes que un buen día has de morir. Eso no es ningún secreto. Todos lo haremos más tarde o más temprano. No lo digo sólo por recordar a todos que quieres un entierro tradicional, nada de cenizas esparcidas por ahí ensuciando el campo, sino una buena tumba con lápida y un epitafio ocurrente a lo Groucho Marx… Insisto en que un día has de morir, para advertirte de que si lo haces antes que yo, quedes apercibido de que ese día NO pienso hablar bien de ti. Sobre las personas que aprecias, conviene hablar bien cuando están vivas. Por eso quiero confesarte mi deseo y el de todos los aquí reunidos de que siga viva en ti la magia, la magia de tus escaparates, la magia de los espejos, de Harry Potter, de Tim Burton, de los cortometrajes, la magia de este POEMARTE. Cualquier excusa es buena, si pone en marcha los engranajes de tu pensamiento, continuamente sincronizados en un perfecto y sorprendente caos.

No querías que mencionara esa exclamación histriónica tan tuya: “¡Todo es maravilloso!”, porque, según me dices no todo ha sido tan maravilloso en tu vida. Vale. Si así lo prefieres, ni la menciono. Pero déjame acabar esta intervención afirmando que tú, con tus contradicciones, tu caos, tu magia… ¡ERES MARAVILLOSO!

Antonio Carmona
Juan Carlos Gómez y Antonio Carmona frente al escaparate

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