Agosto

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Son las 03:24 del Viernes, 23 de Enero del 2026.
Agosto

Agosto es el mes de las vacaciones de verano por antonomasia. Da igual que hayas disfrutado las tuyas en julio, lo vayas a hacer en septiembre o no tengas vacaciones este año, pero si escuchas la palabra “agosto” se enciende al instante una lucecita en tu cerebro que ilumina a su compañera de viaje, la palabra “vacaciones”. Será porque en agosto el calendario entra en un paréntesis muy acorde con el sopor veraniego y vacacional: en las calles hay menos gente –por pura supervivencia– a ciertas horas del día, quienes transitan por ellas lo hacen a otro ritmo más perezoso –salvo cuando se cruzan de acera en busca de la sombra–, muchas empresas cierran y muchas más acortan sus horarios de trabajo. Así, no es de extrañar que si se te estropea la lavadora te digan: “Uy, qué malas fechas para encontrar repuesto. Mejor cómprese una nueva”. Hasta algunas camas de los hospitales se van de vacaciones en agosto. Eso sí, con las carreteras, trenes, aviones y autocares haremos una excepción: ahí no hay vacaciones que valgan.

 

El otro día dos conocidos conversaban acerca de sus planes para las vacaciones de verano y uno, involuntaria y calladamente, no pudo evitar compartir la cuestión. Por contextualizar, ciñéndonos al mes de agosto, sin ánimo ejemplarizante alguno, ni intención de dar lecciones a nadie –a saber lo que cada cual pueda o le dejen hacer con sus vacaciones, si es que las tiene, en estos tiempos tan dispersos– he aquí, de forma sucinta y esquemática, la siguiente propuesta. A saber: leer, al menos, un buen libro; releer, al menos, un clásico; escuchar buena música, y hacerlo sin prisa; escuchar buena música, y bailar al ritmo; asistir a una función teatral, si es posible al aire libre; comer con los amigos y hacer una larga sobremesa sin parar de hablar; ver en el cine una buena película, si es posible en un cine de verano; nadar en el mar; caminar descalzo por la arena; caminar descalzo sobre la hierba húmeda; pasear un rato cada día, sin prisa, sin rumbo fijo, ni destino definido, observando las cosas y las personas con la mirada de un niño; contemplar el cielo estrellado a esa hora de la noche en que el aire empieza a moverse y a refrescarse y aún no apetece irse a la cama. Por último, hacer todo lo anterior –o la mayor parte posible de todo ello– junto a tus seres más queridos. Qué mejor regalo se podría desear de este mes de agosto.

 

Fotografía: Guillermo Molina Fuentes

Juan Felipe Molina Fernández
Foto: Guillermo Molina Fuentes