Un nuevo mirador en el Puerto del Calero

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Son las 19:11 del Lunes, 25 de Octubre del 2021.
Un nuevo mirador en el Puerto del Calero
Desde el nuevo mirador en el puerto del Calero se ven innumerables elementos de nuestros parajes: sierra Madrona al fondo poblada de enebros y encinas, el valle del río Robledillo, la campiña ondulada y montuna, aunque algo domada en hileras de olivos y huertos en las zonas más bajas y cercanas a Solana del Pino. Si lo piensas, están muy bien traídos estos miradores. Cada vez van a ser más necesarios. Bien pegaditos a la carretera, a la “civilización”. Es una especie de “desde aquí, todo lo verás. Pero no lo catarás.” 
 
Se distinguen muchos matices, como decíamos, y, debido a la distancia, también se dejan de ver otros tantos. No se ven las vallas, por ejemplo —esas divisorias de la Sagrada Propiedad, ese ideal idílico e ilusorio y tan dramáticamente humano—. Esas vallas que antaño servían para que no se desperdigara el ganado y hogaño, para que no pase la plebe. Tampoco se ve cómo el campo, la España Rural, la intemperie está, en realidad, más llena que nunca. Al próximo que hable de la España Vacía o Vaciada —tanto monta, monta tanto, pues a ningún lugar puedes ir andando— habría que lapidarlo (metafóricamente, claro está). Nuestros campos se han llenado de franquicias, de franquicias cinegéticas, de franquicias energéticas, de franquicias de ganadería intensiva, de cualquier cosa menos de campo y sus habitantes originales y originarios. Se ha llenado de derechos de propiedad y de impedimentos al libre tránsito, al disfrute de la naturaleza tal como lo hacíamos los que ya peinamos canas (algunos peinamos calvas). Incluso el escaso campo visitable nos lo quieren “vender” como un “pack”, una atractiva ruta trazada en un mapa virtual—por aquí, sí. Por aquí, no—. Se trata de otras tantas franquicias disfrazadas de parques naturales para uso y disfrute del urbanita, que nunca podremos comprender los que seguíamos el sendero marcado por los animales silvestres sobre la ladera de cualquier monte, nos llevara a donde nos llevara.
 
Seguramente, como decía mi padre, él siempre tan tendente a la resignación, “¡tendrá que ser así!”. Después de todo nada de lo hasta aquí escrito es una reivindicación. Este mirador es, en sí mismo, una maravillosa idea materializada de forma sencilla y un verdadero acierto. ¡Enhorabuena! Sin embargo, mirando el paisaje desde allí arriba no he podido evitar trasmitiros este lamento. Quién sabe si es más bien una advertencia. Las “franquicias” —léase, el Capital— lo están llenando todo, también las ciudades. Y, sí, parece ser que están dejando un mundo vacío de los valores que más nos importaban, de lo esencial que daba sentido a la vida. Puede que no sean nada más que conjeturas nostálgicas de alguien que se está haciendo mayor. Pero luego no os llevéis las manos a la cabeza si comprobáis, en un futuro no tan lejano, que todo nuestro mundo, nuestras raíces, nuestro terruño lo tenemos que ver desde un mirador.  
Antonio Carmona

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