Por Lourdes Carrascosa Bargados
Mi niño no nació un veinticuatro de Diciembre, para alegría de su abuela gallega, vino al mundo un veinticinco de Julio, festividad de Santiago Apóstol, entonces Patrón de España, por lo que era día festivo. La criatura pesó cuatro kilos y doscientos gramos, de una madre que entonces era delgada, aunque, como antes no se seguían los mismos protocolos que ahora con las embarazadas, ni las mismas indicaciones para evitar el peso, él creció y engordó lo que le pareció. Por supuesto, no voy a contar el parto, que tampoco era como los de ahora, con marido al lado para dar apoyo y atención personal empatizando con la futura madre, entornos serenos y con música relajante. En mi tiempo todo era, aguantar y respirar.
Durante bastantes meses después de su nacimiento, tenía pesadillas por las noches y me despertaba sudorosa y tensa, con el miedo que tuve durante todo el parto, ya que no me hicieron la cesárea y fue un parto largo, con fórceps y ventosas, por lo que temía por la integridad de mi hijo pensando que podría nacer con algún problema. Gracias a Dios no fue así y aunque yo lo pasé bastante mal, él vino al mundo grandote y guapo. Se lo llevaban las enfermeras del hospital para mostrarlo, ya que recién nacido parecía tener meses. También lo note en la canastilla preparada para su nacimiento, que no se pudo estrenar, pues su peso y talla hacían imposible meterlo en esas ropas chiquitas, pero como era verano, amigas queridas me hicieron preciosos faldones fresquitos con los que mi niño pasó los meses calurosos.
Después de un nacimiento viene la fase difícil, aunque como dicen los mayores “Un hijo tiene un ratito bueno, nueves meses de temores, un mal momento y toda una vida de preocupación”. Toca criar, cuidar, educar y hacer persona, que no es poca tarea y todo eso haciéndolo compatible con tu trabajo, la casa y el resto de la familia.
Recuerdo, como si fuera ayer, su primer diente; la primera laringitis que nos llevó de madrugada de urgencia al hospital con el miedo en el cuerpo por no saber lo que le estaba ahogando; sus primeros pasos; la primera palabra que no fue ni mama ni papa, sino mapa, digo que asociando las dos; su primer cumpleaños con ese dedo índice hacia arriba, que aún miro en una foto, con el que aprendió a decir que tenía un año.
Miles de recuerdos emotivos se agolpan en mi mente: su primera experiencia en el mar (en Gandía un Septiembre), el agua le gustaba, la arena no tanto, pero la dentición hizo terminar mal el viaje, con una fuerte gastroenteritis, por lo que hubo que ingresarlo en la Fe de Valencia, precisamente el día de mi cumpleaños. ¡Que dolor el de unos padres que ven a su hijo en esa situación!
Esos Reyes Magos antes de cumplir los tres años, con su chándal rojo y sus zapatillas de paño de invierno, sentado en el suelo con sus dos regalos favoritos, que todavía tengo en mi casa: un caballo de madera en el que se podía montar, que le hizo su padre con la ayuda inestimable de su amigo Manolo el tallista, y un muñeco, entonces casi tan grande como él, que fue durante años su compañero de juegos.
La guardería de Albores, con el cariño de los cuidadores y escenas como esa en la que me decía que él quería llevar galletas para comer en la papelera como todos los niños. Sus disfraces de dormilón, de árabe, de pastorcito, risas, regalos, felicidad.
Luego se empieza el colegio y vienen otras experiencias, otras dificultades, pero los padres estamos siempre ahí, para lo que pueda pasar. Un agradecimiento especial a Loli, que, para permitir mi horario de clase por la tarde, lo recogía del colegio, le daba de merendar y lo llevaba a jugar a la plaza, para disfrutar con otros niños.
La vida va pasando y llega el instituto, la adolescencia, el meterse más en el cuarto, el hablar menos, el dar más importancia a los amigos que a los padres, las dificultades, el no saber cómo llegar a ellos. Lo normal de la educación y de las relaciones.
Y, casi sin darte cuenta, el niño se ha hecho un hombre, tiene ya su vida y abandona el nido. El mío tuvo que hacerlo a una gran distancia, casi sin sentir, lo vi vivir en Washington para poder organizar y lograr un avance en su carrera profesional. Decían entonces algunas personas que dejar España era positivo, si claro, para quienes no han tenido que vivir sin cumpleaños, sin domingos en los que viniera a comer, sin compartir Fiestas Navideñas porque no se podía venir tanto a España, eso hay que vivirlo y sentirlo en tu piel. Pero claro, también hay cosas buenas. Yo he recorrido lugares que quizás no me hubiera atrevido si mi hijo no hubiera estado allí.
Por suerte el trabajo le permitió volver a España y organizar aquí su vida, que le deseo feliz.
Los hijos crecen y olvidan. Su mente ya no recuerda esas experiencias de los viajes, las excursiones, los cines, compartir el partido de fútbol o las carreras de automovilismo con Alonso, que nos hacía muchas veces madrugar. Las consultas médicas, las preocupaciones diarias, los pequeños accidentes y muchas otras cosas. Las experiencias vividas con los hijos pequeños no se pueden olvidar por parte de los padres que las hemos compartido, pero sus mentes son frágiles y ya no recuerdan, seguramente eran demasiado pequeños.
Ser padres es una tarea hermosa, pero tiene un punto de ingratitud. Lo das todo a cambio solo de cariño, y es frecuente que cuando pasa el tiempo muchos hijos ya no recuerden los sacrificios y momentos malos que han vivido sus padres y creen que todo ha sido fácil.
Lo importante es verlos salir adelante, sabiendo que son dueños de sus propias vidas, A nosotros solo nos queda sentirnos orgullosos.