El peso de la vida

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Son las 07:41 del Jueves, 19 de Febrero del 2026.
El peso de la vida

 

Por Lourdes Carrascosa Bargados

 

A Celia, Marili y Nieves

 

Me siento como una hoja que pende de un árbol, ya casi amarilla, preparada para iniciar un nuevo e incierto destino. La vida va pasando tan rápido que no me doy cuenta, casi no he sido consciente de este veloz fluir del tiempo. Cualquier cosa en la que pienso o recuerdo parece que sucedió ayer y cuando hago recuento temporal, salen doce, quince o treinta años desde el suceso.

Cada mañana, cuando me levanto de la cama y me pongo en pié, o me miro al espejo, me veo más amarilla, soy consciente que pronto solo seré una más al viento, que me llevará no sé dónde y para algo a lo que no estamos preparados. No voy a engañarte, no voy a decir que no tengo miedo, pese a entender el envejecimiento y la muerte como parte de la vida, porque si lo tengo. Nadie nos prepara para esto, ni nos explica nada.

Cierto es que has ido viendo envejecer a los tuyos, si es que, como en mi caso, algunos han llegado a edades avanzadas, pero ninguno ha contado nada fuera de frases sueltas como las que ocasionalmente salían de boca de mi madre: “Esto que me pasa no me había pasado nunca”, ante un dolor o una dificultad para hacer algo o ese tan frecuente “el paso de la vida” que tampoco aclara mucho.

Recuerdo una conversación con mi madre que ahora yo vivo en mis carnes. Me hablaba que ella, pese a su entonces ya octogenaria edad, se miraba al espejo y se veía mayor, pero en su interior me decía que se sentía como antes. Parece que el tiempo, el día a día nos engaña. Cada amanecer nos vemos en el espejo, pero solo una vez al día y eso apenas lo notamos, aunque sí nos damos cuenta del devenir del tiempo sobre nosotros si vemos una foto, por lo que muchos mayores no quieren retratarse, ya que en las imágenes ven los hechos del paso del tiempo que nuestra realidad oculta.

Todos vemos envejecer a los demás y siempre decimos, yo estoy mucho mejor porque los años los apreciamos en los otros y no en nosotros. Y cuando nos dicen “Que bien estás”, nos lo creemos a pies juntillas.

A partir de los sesenta (cada persona a su ritmo, ya que, igual que crecemos diferentes también vamos envejeciendo distinto) empezamos a sentir cosas nuevas. De pronto un día, igual que todos los anteriores, algo pasa que tus pies no pisan como pisaban días antes. Aunque no has sido consciente hay indicios: me duelen los pies, no aguanto los tacones, llego a casa deseando quitarme los zapatos, pero solo cuando notas que te sientes insegura sobre esos pies y piernas que te han sostenido toda la vida, comienza el miedo y te das cuenta de lo sencillo que resulta perder el equilibrio, hacerte alguna lesión… Pero lo principal es que se abre la puerta de la inseguridad y comienzas a ir mirando al suelo para ver donde pisas, te cuidas lo que calzas y sientes que ya no eres como antes.

Otro día notas que para ponerte los pantalones tienes que apoyarte, ya sea en una pared, en una puerta o luego, más adelante, sentada. Y a los pantalones le siguen las medias, los calcetines, la ropa interior, atarte los cordones. Pese a todo tu mente te dice que nada ha cambiado, pero tenemos una mente engañosa.

Otra batalla es el pelo. Recuerdas con enorme añoranza tu pelo, su color, su textura, su fuerza. Ahora se ha vuelto fino, sin cuerpo, además de ver que, en ciertas zonas, sobre todo en el flequillo y la parte alta de la cabeza, va clareando. Aunque acudas a todo lo que el mercado tiene disponible, no hay remedio. Por contra, al tiempo que perdemos pelo, se inicia otra batalla ante esos pelos enloquecidamente tiesos y super energéticos, a veces blancos, a veces negros, que aparecen como por encanto de un rato para otro en barbilla, labio superior y obligan a estar vigilante para no llevar pelos de bruja, ya que crecen como demonios.

Y qué decir de esas patas de gallo o ese código de barras que luce sobre nuestro labio superior, que de pronto, un día ahí están.

El cuerpo va siendo un elemento pesado cada mañana. Parece siempre igual, pero un pinchazo aquí, un calambre allá, el estómago que se queja de lo que comes o de lo que no comes, el intestino que tiene días generosos y días agarrados; te das cuenta que tienes rodillas, huesos. Antes tenías los mismos componentes, pero no daban señales de su presencia o tu no eras consciente de su existencia.

Vuelve el miedo, un miedo silencioso, oscuro, un temor interior del que no hablas con casi nadie, pero que viene a tu cabeza de cuando en cuando, y te agobia con ese pensamiento de que esto se va acabando, pero, sobre todo con la idea de no desear ser una carga para nadie y no querer perder la cabeza.

De nuevo recuerdo a mi madre. Vivió sola casi treinta años después de la muerte de mi padre y de que todos nos fuéramos de casa. Yo iba a verla a diario, pero nunca me hablo de este temor, quizás cada uno lo adormece a su manera al ir pasando la vida.

La hoja amarilla se desprenderá del árbol y quién sabe que será de ella.

Foto: Pixabay