Por Lourdes Carrascosa Bargados
Al levantarme esta mañana, tuve que poner una pastilla de jabón en la jabonera y su olor me ha llevado al recuerdo de mi madre. Sus pastillas de jabón de Sales de La Toja aparecían entre sus ropas en los cajones de su armario por lo que siempre evocaran su memoria, igual que a ella le recordaban a su amada Galicia.
Jabón en jabonera, jabón en dispensador, lo viejo, lo nuevo. Yo utilizo ambos, un equilibrio entre lo uno y lo otro.
Hace unos días que nuestras calles y plazas se llenan de estudiantes camino de sus escuelas, Institutos o centros de formación. Hoy muchas de sus carteras o mochilas son con ruedas y en su interior hay tabletas y teléfonos móviles de nueva generación.
Vuelvo la vista atrás y me veo a mí misma con mi cartera de mano con cremallera, mi querido plumier de madera de dos pisos, el lapicero, la goma de Milán, el sacapuntas, la Enciclopedia Álvarez y poco más. Me paro a pensar como pudimos aprender tanto con tan pocas condiciones materiales, pero creo tener la respuesta: teníamos ilusión, respeto, ganas de trabajar, queríamos ser alguien en la vida y también mis padres, como todos los de aquella época, después de todo lo que habían vivido, deseaban que sus hijos avanzaran, sacrificándose por darnos una formación, una educación que era lo prioritario, aunque no hubiera caprichos.
Vienen a mí olores de escuela: el de la goma de borrar, el de las virutas que hacíamos cada mañana al lapicero o a los lápices de colores, antes de empezar la clase, como nos había recomendado nuestra querida Conchita, mi profesora de esos cursos. Una curiosidad, antes guardábamos esas virutas en cajitas o botes de esos alargados en los que venían muchas medicinas, nos gustaba ver cómo se mezclaban los colores. ¡Cosas de niños ingenuos!
La escuela tenía pupitres con asientos abatibles y la parte que hacía de mesa, se podía abrir para dejar dentro los utensilios. Al principio no sabía para lo que servía ese agujero que había en todas las mesas, pero pronto lo descubrí cuando tuve que meter el tintero para hacer los cuadernillos de letra gótica con tinta china, en lucha constante contra los borrones y la correspondiente regañina.
Tuve suerte, porque desde primero de bachiller, cambié de colegio y allí ya todo era moderno: pupitres de color verde suave con sillas a juego, aulas con amplias ventanas y luz natural, e instalaciones de educación física, laboratorios, biblioteca, capilla. No puedo quejarme del colegio donde aprendí conocimientos y también me ayudaron a desarrollarme como persona, algo que ya habían iniciado mis padres
Hoy nuestros centros, en general están bien acondicionados, tienen materiales, instalaciones y buenos equipos de docentes. No cabe duda que en eso hemos progresado, pero si reflexiono sobre otras cuestiones y converso con docentes, con padres y madres, hay y muchas cosas que mejorar.
Si empezamos por lo material, este curso comienza con una verdadera revolución que yo creo muy necesaria: el control de móviles y tabletas en los centros educativos. Las tecnologías son extraordinarias, pero hay que saber usarlas y ponerlas en manos de los estudiantes a las edades adecuadas para que los efectos sean positivos en su aprendizaje, aunque de poco servirá si los padres y madres ponen en manos de sus hijos, sin ningún control, estas tecnologías.
Creo que la educación y la formación es la tarea fundamental si queremos desarrollar ciudadanos libres, responsables y que estén dispuestos a utilizar sus conocimientos para mejorar la vida en nuestro país. La educación no debe caer del lado de tal o cual ideológica política, por lo que un acuerdo de todos para lograr aspectos básicos importantes para el futuro me parece fundamental. Pero no se hace, se planea casi de curso a curso, se quita, se pone y al final tenemos resultados cada vez más decepcionantes: profesores cansados de su tarea; padres que se dedican a criticar, en lugar de cumplir con su papel de educadores y no dejar todo en manos de la escuela; estudiantes desmotivados, irrespetuosos y que no dan valor a tener que estudiar y forjarse un futuro, ya que sus modelos de referencia son una serie de indocumentados, faltos de todo conocimiento y que solo con su papel de influencers, introduciendo contenidos en redes, son imitados por cientos de personas, que lo único a lo que aspiran es a ganar dinero fácil.
Puede que esta sea la nueva revolución: la de poner en valor no saber nada, no querer leer, ocuparse solo del culto al cuerpo y poco más. Si esto es el futuro, será positivo para aquellos que quieran dominar un mundo lleno de individuos vacíos, fáciles de manejar, pero no para personas libres, maduras y con ideas.
Los centros educativos, la sociedad, los padres, los profesores y todos en general tenemos una difícil tarea, ya que no solo hay que enseñar, sino que colectivamente en actitud de diálogo, debemos establecer normas, valores y conceptos que sean la base de nuestra sociedad, tanto en el terreno de nuestra vida privada y familiar, como en la vida pública, procurando entroncar lo bueno de la experiencia de otras etapas, con todo lo que aporta el presente y el futuro que debemos proyectar como prometedor siempre