Por Isabel Castañeda
Las altas temperaturas y los proyectos vacacionales parecen ser el eje alrededor del que todo gravita.
El paréntesis veraniego, más bien responde a un anhelo de que sea un estado permanente.
Se pasan por alto los problemas de todo tipo, que nos acechan personal y globalmente, evitando la realidad para sumergirnos en un sueño de entretenimiento, sol, playa y movimiento de masas.
Es natural que esto ocurra. Los seres humanos necesitamos salir de la rueda del hámster en el que el sistema nos ha instalado.
Todo se cimenta en el trabajo para poder vivir, pero se le ha dado la vuelta y se ha creado la necesidad de vivir para trabajar.
Trabajar desarrollando las potencialidades dignifica y contribuye a que las personas se sientan realizadas.
Este concepto se ha desvirtuado.
El trabajo, para muchísimas personas, se ha convertido en una carrera de obstáculos. Es difícil entrar en este mercado y conseguirlo no es garantía de poder cubrir las necesidades básicas.
Cada familia tiene sus propias dificultades: vivienda, hijos con los que es difícil la conciliación, falta de tiempo para el descanso, afrontar el cuidado de enfermos y mayores, etc.
Se intenta suavizar este trasfondo, creando un gran escaparate.
Vivimos rodeados de opulencia, de productos atractivos, potenciados con luces, colorido y músicas subliminales sugerentes, con el mensaje de que en su posesión está la felicidad: belleza, juventud sin edad y la ilusión de una vida sin caducidad.
No sólo esto, hay que llevar el cuidado corporal hasta el extremo. La vida sana en cuerpo sano ha perdido su verdadero sentido y se ha convertido, para algunas personas, en una obsesión por lo saludable.
El culto al cuerpo es una especie de religión, donde la musculatura es un trofeo para exhibir.
El yoga, que es un concepto de vida, en el que se busca el equilibrio cuerpo - mente, se ha adulterado y se toma como un método más para buscar la forma física y, como mucho, para relajarse.
La obsesión por la salud y la belleza crea mucha frustración, que es la gran enfermedad de la sociedad actual.
Despierta expectativas que no podemos cumplir. Todo eso provoca abatimiento, rabia, depresión, etc.
Se intenta dar la espalda al envejecimiento y la muerte.
Es signo de salud mental ser conscientes de que envejecemos y de que somos finitos.
Esta realidad no es obstáculo para que nuestra vida sea gratificante, que disfrutemos de lo que nos vaya ofreciendo, como un regalo.
Hay que fluir con ella, soltando rigideces, llevando dieta variada, practicando ejercicio razonable y dándole al cuerpo el descanso necesario.
Es imprescindible añadir más amor y atención a los demás y buscar momentos de contacto con la naturaleza, para encontrarse con una misma.
Las recetas sencillas son las más sabrosas.