Por Juan Felipe Molina
Foto: Guillermo Molina Fuentes
www.instagram.com/guillemolinaf
Hace unos días rescaté el recuerdo de una canción de Miguel Ríos titulada Los viejos rockeros nunca mueren. Cuando la escuché por primera vez en la radio, recién publicada (era el año 1979), sentí una dicha repentina, una poderosa descarga de energía reforzada, seguramente, por el entusiasmo propio de la edad adolescente que entonces vivía. Nada comparable, sin embargo, con el éxtasis que me invadió cuando, en el verano de 1980, la vida me concedió el privilegio de asistir a un concierto del artista en el Auditorio del Parque de Atracciones de Madrid. Miguel Ríos cantó allí esa canción, otras del LP homónimo y varias de su discografía anterior, iniciada en 1969. Pero lo decisivo de ese día, lo magnificente e inolvidable, fue contemplar a un artista poner en pie a todas y cada una de las personas que allí estábamos para hacernos cantar, bailar y vibrar con el arrollador poder de su música. Aquella fue una de esas experiencias iniciáticas que conforman el carácter y pueden determinar el transcurso de toda una vida.
Hablar en una canción de finales de los 70 de “viejos rockeros” suponía una declaración de intenciones tan osada como clarividente. Por un lado, se concedía el atributo de la senectud a los pioneros de un género musical, el rock and roll, que había nacido apenas treinta años antes. Por otro, el propio Miguel Ríos, que entonces tenía 35 años, quizás ni imaginase que se convertiría no ya en viejo rockero, sino en el formidable abuelo del rock español, en un tipo tan incombustible como imprescindible al que la inspiración, las fuerzas y el talento no han abandonado en su más de 60 años de carrera.
Les decía que reviví el recuerdo de la canción Los viejos rockeros nunca mueren hace poco. Sucedió mientras ojeaba en mi móvil las fotos de este año 2025 que ya agoniza, justo cuando llegué a las que mi hijo (también excelente músico) hizo del concierto de la banda de rock AC/DC al que asistimos este mes de julio en el Estadio Metropolitano de Madrid. Y, oigan, qué quieren que les diga: ver sobre el escenario a unos tipos tan alejados de los dulces años de su juventud tocar, cantar y moverse al intenso ritmo del rocanrol durante más de dos horas, casi sin pausa, casi con la vitalidad de unos chavales, le hace a uno reconciliarse con las bondades de la vejez, sus perspectivas y derivadas. Especialmente si te fijas en el alma de la banda, el bueno de Angus Young: cumplidos los 70 este mismo año, más de medio siglo a los mandos del hard rock, es un músico capaz de seguir afinando, con hermosa precisión algebraica, punteos y acordes que son arquetipo en la historia de la música. Un tipo a quien, si no conoces y te lo cruzas por la calle sin su guitarra eléctrica al hombro ni su traje de colegial anglosajón, probablemente tomarías por un guiri jubilado que disfruta del sol meridional o por un abuelo que va a recoger a sus nietos al colegio. Y justo ahí está el quid de la cuestión: en admirar a unos veteranos ejecutar esplendorosamente bien su trabajo y hacer disfrutar con él a miles de personas de todas las edades. Precisamente en unos tiempos como los actuales, en los que la adultez, y no digamos ya la vejez, a menudo se conceptúan como circunstancias cuasi reprobables que conviene ocultar, disimular o corregir mediante bisturí, tratamientos rejuvenecedores, capas de maquillaje o filtros fotográficos. Unos tiempos en los que sólo la juventud certificada por el DNI es considerada la quintaesencia de la modernidad, el aval inapelable para estar en boga, mientras a la voz de la experiencia (ya sea ésta vital o laboral) se la llega a obviar, como si fuera un obstáculo para el progreso, o se la silencia, colgándole sin más el cartel de “No molesten”. En estos tiempos en los que, si se te pasó el arroz y no eres ni milenial nigeneración Z (la generación Alfa ya está calentando en la banda), te puedes dar prácticamente por descatalogado (salvo honrosas excepciones) del inventario de marcadores de tendencia y excluido para ser influencer, creador de contenidos o referente social, uno de esos con muchos likes y followers, porque también serás un cero a la izquierda para “el algoritmo”. En fin, que en unos tiempos como estos de ahora mismo (aunque quizá fuera siempre así a lo largo de la historia, con los usos, matices y convencionalismos propios de cada época, y aquellas sean precisamente las reglas) que unos viejos, hablando claro, continúen siendo capaces de hacer cosas como las que hacen Angus Young y tantos otros como él, o aún mayores (Miguel Ríos, Paul McCartney, Ringo Starr, Mick Jagger, Keith Richards o Rod Stewart son ya octogenarios y siguen en activo) a mí me resulta conmovedor, gratificante e inspirador.
Hacia la mitad del repertorio de aquel concierto de AC/DC este verano en Madrid procuramos buscar una zona menos concurrida desde la que poder disfrutar del espectáculo con más espacio y comodidad. Pero, sobre todo, un lugar donde los móviles del público no se alzasen tan abigarradamente obstinados que hiciesen casi imposible alcanzar a ver el escenario. Y allí, en el fondo del estadio, pasó varias veces junto a nosotros una niña que no tendría más de cuatro años. Aquella criatura bailaba, saltaba y correteaba entre la gente al ritmo de las canciones, bajo la atenta mirada de sus padres (que le habían colocado unos cascos antirruido para protegerla del torrente decibélico) y en su rostro siempre sonriente se manifestaba, con la saludable espontaneidad de la infancia, un disfrute absoluto. No me sorprendió la escena, pues la música es intemporal y trasciende generaciones, pero sí me enterneció que una cría tan pequeña se divirtiese tanto con unas canciones concebidas hace tanto tiempo, en el siglo pasado ni más ni menos. Y me pregunté si esa niña, cuando fuese adolescente o joven, seguiría escuchando ese tipo de música o, por el contrario, sucumbiría a otras modas. Lo mejor de todo, pensé, es que no pasaría nada si así fuera, pues está bien que cada generación decida sus reglas y sus gustos, duren éstos lo que duren.
El paso del tiempo es implacable con las obras humanas, a cuya inmensa mayoría pone fecha de caducidad o de reciclaje. Aunque algunas, las elegidas, logran encumbrarse al olimpo de la inmortalidad y convertirse en imperecederas. Como esa música que viene sonando en nuestros oídos desde hace décadas, siglos, y nunca enmudecerá. De modo que siempre será emocionante ver a los jóvenes de cada generación componer sus himnos y seguir sus propias banderas musicales, hasta donde el tiempo los lleve. Tal como escuché cantar a Miguel Ríos aquel lejano día del verano de 1980 en Madrid: "Buscando formas para subsistir, los músicos van inventándose el porvenir.” Tal cual.