Carta abierta a Dios: "un sueño"

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Son las 23:36 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
Carta abierta a Dios: "un sueño"

Señor Dios, soy yo de nuevo. ¡Hooola!
Han pasado varios meses desde la última carta que te envié. En realidad, ni siquiera estaba seguro de si volvería a escribirte, ni sé muy bien por qué lo estoy haciendo. Entiendo que Tú sí lo sabes, conocedor como eres de mis más íntimos mecanismo del pensamiento e incluso darás la carta por leída antes de que acabe de redactarla, así como habrás constatado los errores ortográficos que voy a cometer. Ya podías echarme una mano para continuar, porque esta carta es bastante complicada… En fin, lo intentaré yo solo.

A decir verdad, un sueño me ha empujado a escribirte otra vez. Anoche cuando dormía soñé, ¡bendita ilusión!, que una font… ¡Nooo! ¡Otra vez no! A veces creo que mi mente está poseída por la de Antonio Machado. Ya podía él también echarme una mano para componer algún poema digno. Aunque solo fuera uno, ¡coñ…ntra! Bueno, como Te iba diciendo. Yo tengo un sueño que contarte, ¡Arrea, mi madre! Ahora se me ha colado el “I have a dream” del Martín Lutero King. Así no vamos a ningún sitio…

A lo que iba. Quiero contarte este sueño, porque creo que Tú estabas en él. El caso es que estábamos los dos flotando en un lugar ingrávido. Nada había alrededor, excepto una pequeña esfera sobre cuya superficie brillaban millones, ¿qué digo?, millones de millones de puntitos brillantes. Me parece que Te dirigiste a mí cuando indicaste: “Mira, este es tu Universo.” “¿Tan pequeño?”, pregunté. “¡JA, JA!”, fue Tu respuesta. Y justo en ese instante la esfera comenzó a expandirse. Tú tenías pinta de juez o de inspector de hacienda o de algún personaje de este tipo, que siempre me ha infundido tanto temor.

Por dármelas de listillo (no puedo evitarlo ni en sueños), Te hice saber el gran chasco que nos llevamos por aquí, en la Tierra, cuando descubrimos que nuestra ubicación no se correspondía con la del centro del Universo. “Pero es que SÍ estáis en el centro del Universo”, soltaste un tanto airado. “Este, y no otro, es mi gran milagro, la portentosa prestidigitación que aún no habéis conseguido desentrañar. Cualquier rincón del Cosmos puede considerarse así mismo, y con razón, el centro del Universo. ¿Ves dónde estamos ahora?... Tardarías cien millones de años en volver a tu hogar a la velocidad de la luz. Si observas con detenimiento, verás que todos los astros se nos alejan, precisamente debido a que nos hallamos justo en el centro del Universo. Pero ahora…,” —apenas habías terminado de pronunciar la palabra “ahora”, cuando ya estábamos de pie en un lugar indeterminado sobre una superficie llana, nocturna y manchega—, “como podrás comprobar, ocurre exactamente lo mismo en este lugar tan cercano a tu casa.” Y vive Tú, que así era, al menos en el sueño. Tal como lo decías!

“Incluso eso de que la Tierra es plana…” “¡Ah. Eso sí que no. No me hagas comulgar con ruedas de molino!” Te interrumpí. “¡Vamos, vamos! No me digas que no se te ha pasado por la cabeza, cuando vas por esos caminos míos entre Tomelloso y Socuéllamos.” Dijiste en tono conciliador. “¡Basta!¡No! Eso no se lo cree ni… Tú. Jamás admitiré que la Tierra es plana.” “Antonio, hijo mío, nunca digas de este agua no beberé, ni este cura no es mi padre.”

Al escuchar esta última recomendación, no estaba seguro de si eras Tú el que compartía mi sueño o nuestro amigo “Luci”. Solo a alguien como a él se le ocurre recurrir a ese tipo de exabruptos barriobajeros. Pero ya que en ningún momento me tentaste con riquezas ni dominios (como en su día hizo “Luci” con Tu Hijo en el desierto), ni me incitaste a cometer tropelía alguna, quedé convencido de que, efectivamente, eras Tú. También es cierto que antes de despedirnos creíste conveniente concederme una especie de capacidad especial, no sin antes recordarme con una voz un tanto histriónica aquello de que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. A mí me sonó a película de superhéroes, la verdad. No me veo trepando rascacielos y lanzando telarañas con esta panza. Sin embargo, cuando Te insté a que me explicaras el significado y finalidad de tal poder y, ya que estábamos en faena, si es cierto o no eso de que el hombre pisó la Luna en julio de 1969, te disolviste ante mis ojos con un gesto infantil de suspense, mostrándome y agitando las palmas de Tus manos al tiempo que pronunciabas un largo “¡Aaaaaaaaaah!

Me desperté incorporándome como movido por un resorte, adoptando la postura típica de la alcayata sudorosa que acaba de tener un sueño traumático. “¿Qué estabas balbuceando todo el rato sobre la Luna?...” Me preguntó mi señora. Por supuesto, preferí no contestar. “¡Anda, duérmete ya y no des más el tostón!” No hará falta explicar que seguí su consejo, aunque me costó un buen rato conciliar el sueño. ¡Cuánta intriga! ¿Cuál sería ese poder a mí otorgado?... Ya en una de Tus cartas me dejaste clarinete que jamás me ayudarías en lo relativo a loterías y demás juegos basados en el azar. Entonces, ¿podré, a partir de ahora, comprender la quintaesencia de los mecanismos de la Creación y el Universo? ¿Seré acaso, por fin, capaz de acordarme de que me he dejado las llaves dentro de la casa antes de tirar definitivamente de la puerta? ¿Estaré alguna vez preparado para discernir, no ya lo que dice, sino lo que realmente y en el fondo “quiere decir” una mujer?... Ya sé que en este último punto me he venido arriba, pues, sin ánimo de ofender y con el debido respeto, no creo que ni Tú mismo las entiendas del todo.

Recibe, como siempre, mi más sincero Amén y haz, por favor, todo lo que puedas por extinguir los incendios en el Amazonas y demás áreas en plena chamusquina a lo largo y ancho de nuestro maltrecho planeta. En verdad Te digo que como no lo hagas Tú, no creo que nadie lo haga.

Antonio Carmona

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