Carta desde Puertollano IX “Navidad"

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Carta desde Puertollano IX “Navidad"

My dear Friend Sullivan:

Cada vez que se acerca la Navidad, se  me agolpan los recuerdos de aquella que compartí en vuestra compañía. “Make yourself at home!” fue lo primero que me dijisteis nada más cruzar el umbral de vuestro hogar, lo que equivale a nuestro “¡Tú, como si estuvieras en tu casa!”. Me sentí reconfortado, a pesar de lo duro que resulta estar lejos de la tierra natal durante estas fechas. ¿Cómo iba a afrontar un fin de año con campanadas, pero sin uvas; con christmas pudding, pero sin turrón (ni duro, ni blando); con Santa Claus, pero sin Reyes Magos?... La verdad es que las novedades se me presentaron en tropel y apenas me quedó tiempo para la nostalgia. Antes de dirigirnos a tu pueblo, pasamos el día en un Londres vestido para la ocasión. Hay que admitir que allí sabéis crear el mejor de los ambientes navideños. Aquel año, la película musical y de fantasía “Labyrinth” vino a añadir magia a las calles de Londres con la presencia de sus personajes y la música de David Bowie.

El muérdago sobre la puerta y el hecho de poder besar a quien allí se parara, fue la tradición más chocante de todas las que descubrí en la siempre sorprendente Inglaterra. Claro que también debió resultar algo novedoso para vosotros ver a un español haciéndose el sueco bajo el dintel de cada puerta con muérdago para comprobar qué pasaba. La verdad es que no se me dio nada mal, si exceptuamos a un par de indeseables que habían repostado más combustible del recomendable en el pub de la esquina. No creas que aquí no lo intenté también, sustituyendo el muérdago por la jara o el romero, más asequible por estas latitudes, pero todo fue en vano.

Era la primera vez en mi vida que experimentaba unas White Christmas. Y no es que en Puertollano no nieve… Aunque si algún año lo hace, nunca coincide con la Navidad, que yo recuerde. La niebla es un fenómeno atmosférico bastante más acorde con estas fiestas en nuestra tierra. Los últimos días de clase en el Fray Andrés, antes de las vacaciones de Navidad, eran siempre días de niebla. Todavía no me explico cómo nos aguantaban los profesores, cuando cantábamos —eran alaridos, más bien—, y golpeábamos arrítmicamente nuestros pupitres, aquellos temas reivindicativo-navideños, como el de: “(…) que nos den las vacaciones /y si no nos las dan / que no nos las den / abrimos la puerta / y echamos a correr”. Después salíamos huyendo como energúmenos Paseo de San Gregorio abajo, y un grupo de amigos hacíamos un alto en los “coches topes” —que se instalaban por aquellas fechas cerca del quiosco de Paulino— a escuchar la música que emitían unos bafles enormes…, y a pelar la pava.

Pensándolo bien, la Navidad me sabe, entre otras cosas, a viaje de retorno. Eran viajes en tren desde la capital. Viajes largos de atardecer frío y sombrío sobre los campos  manchegos. En la Estación de Atocha no crecían plantas exóticas como ahora, pero los acompañantes venían a despedirte al andén, te ayudaban a subir las maletas y se quedaban hasta el último momento en que se cruzaban unas miradas de adiós a través de los cristales empañados por el desaliento. Cada compartimento del vagón era un mundo. En una ocasión coincidí con un grupo de jóvenes haciendo la mili con permiso para la Navidad. Volvían a su pueblo. A bordo de un tren te atreves a compartir historias que jamás contarías en ningún otro lugar. Sé que mantuvimos una conversación transcendental durante todo el viaje, aunque no recuerdo ni una sola palabra. Si lo recordara todo, tampoco serviría de mucho. Aquellas conversaciones ferroviarias y algo surrealistas sólo tenían sentido en su contexto, en una penumbra que velaba las facciones de los interlocutores tras una neblina de tabaco negro y olor a alcohol barato, mecidos por un traqueteo rítmico, que era como el pulso de la vida que nos llevaba —no respetando jamás el horario— a nuestro hogar.

La Navidad suponía para mí la compilación de todo aquello que me gustaba durante el resto del año, pero enmarcado en un hálito especial. Mi primer libro “Marcelino Pan y Vino” me ayudó a afianzar mi hábito a la lectura antes de cumplir siete años. Tenía —tiene, mejor dicho, pues aún lo conservo— unas tapas duras y satinadas. Quizá fue el olor de la encuadernación o el colorido de las láminas —la parte fetichista de la literatura— lo que me hizo caer en una adicción de la que me ha sido imposible liberarme desde entonces. Así hubo Navidades con cuentos de Andersen, con libros de poesía como “El Silbo del Aire”, con Mafalda, con lobos esteparios y gaviotas que buscaban la perfección… ¡Pero qué te voy a contar que tú no sepas!... Si fuiste precisamente tú, durante aquellas Navidades, quien me regaló esa preciosa edición en inglés de “El Hobbit”, cuando en España apenas habíamos oído hablar de ese relato ni de su autor. Sí, las mañanas de Reyes las pasaba leyendo, mientras mis hermanos construían o montaban algún juguete: el Ibertrén, el Scalextric, el Mecano… Pero a todos nos unía la música. Jamás se me olvidará la sensación al “desvirgar” las cintas de casete y escuchar por primera vez aquel “Music was my first love / and it will be my last…” de John Miles, o aquel primer elepé que compramos de Supertramp —comprábamos cosas a medias—con un gran piano en medio de un paisaje montañoso y nevado; por no mencionar a Cat Stevens, Neil Diamond, Simon & Garfunkel, la ELO, Genesis, Pink Floyd, Led Zeppelin, Deep Purple y tantos otros que sentaron las bases de nuestra particular banda sonora, aliñada con el sabor de las monedas de chocolate y el carbón dulce.

Me encantó la buhardilla de tu casa, donde me ofreciste acomodo durante aquellas navidades de los 80. Incluso tenía mi propio árbol con sus adornos y luces titilantes. Lástima que no hubiera un belén en toda la casa. En la mía nunca ha faltado. Sabes el desapego que siento en general por las tradiciones, pero tengo que admitir que ésta arraigó en mí desde la infancia. Era como crear una especie de pequeño mundo —mi pequeño mundo— con elementos naturales que siempre me han gustado: un arroyo con su puente, montañas, árboles, cielos de charol, estrellas, molinos, animales y todo tipo de personajes bucólico. No puedo separar en mi mente la Navidad del belén, los recortables, el olor a pegamento Imedio, la nieve artificial. Su larga estancia en el salón provocaba que mis hermanos y yo nos tomáramos a veces ciertas licencias, como las de convertir el nacimiento en una especie de campo de batalla. Un escenario donde interactuaban soldaditos de plástico que se escondían detrás del establo, se apostaban tras el pesebre o dentro del pozo. Incluso tuvo lugar alguna incursión aérea y siempre había un avión al que se le incendiaba un ala de la que caían gotas de plástico incandescente sobre la superficie de serrín. ¡SÍ! Mi madre era/es una santa y tiene, desde entonces, el cielo ganado…

Pues sí, Sullivan, fue durante las navidades cuando nos quedábamos embelesados mirando a unas chicas, que habían cruzado la difícil frontera de la adolescencia, junto a un grupo de amigos del que yo formaba parte. Nos reuníamos en cualquier casa y ellas practicaban la coreografía del “Stayin’ Alive” de los Bee Gees ante unas caras de chicos alelados a los que se les descolgaba la mandíbula inferior y les hervía la sangre de su virilidad buscando posicionamiento entre los pliegues del pantalón. Nosotros nos atrevíamos con el “MA-MA-MA-MÁ… MA BAKER” de Boney M. Por fin llegaba la hora del “lento”, que no era sino una excusa para tener entre los brazos, para palpar, para acariciar, para sentir el tacto, la tersura de un vestido que envolvía formas aún más tersas e incipientes. Hacíamos incursiones inocentes e inexpertas en una geografía palpitante apenas explorada. Experiencias tan intensas que apenas se hablaba de ellas al día siguiente, como si nunca hubieran ocurrido, aumentando así la magia del momento vivido. Pues sí, Sullivan, fue durante aquellas Navidades cuando nos sentíamos el centro del universo.

Quería contarte cómo es la Navidad en mi pueblo y creo que no he hecho —una vez releída la carta hasta este párrafo— sino hablarte sobre “mi Navidad”. Pero la Navidad ha ido evolucionando con nosotros, por supuesto. No sabría decirte en qué momento ocurrió. Supongo que es un proceso paulatino. Vas perdiendo, digamos, ese papel estelar de presunto protagonista en la película de la existencia que te ha tocado vivir. Creo que el punto de inflexión comenzó aquella noche en la Calle Vélez: Yo llevaba a mi niño sobre los hombros para que viera con todo detalle la Cabalgata de los Reyes Magos. Mi hija luchaba enconadamente, junto a mi mujer, para atrapar los caramelos que lanzaban desde las carrozas. Luego dejaron caer miles de globos desde los balcones de la Calle Vélez… Imagino que es así como vas pasando de protagonista a actor de reparto. Creo que ya vamos pasando a la fase de simple figurante y quién sabe si nos tendremos que acostumbrar a no aspirar más que a mero espectador. Estamos llegando a ese período en el que la Navidad ya no nos hace tanta ilusión. Ya no entonamos el “si no nos las dan / que no nos las den / abrimos la puerta / y echamos a correr.” Más bien estamos deseando que todo esto acabe antes incluso de que empiece. Quizá porque comenzamos a percibir de manera fehaciente las sillas que se van quedando vacías alrededor de la mesa.

¡Vaya hombre! Te aseguro que no era mi intención acabar la carta con un tono apesadumbrado. Ya sabes que en casa brindaremos por ti y tu familia. Y que reiremos, discutiremos y, quizá, hasta lloremos, aunque sean lágrimas de emoción y alegría. ¡Feliz Navidad, Sullivan! We wish you a Merry Christmas and a Happy New Year!

Antonio Carmona

Antonio Carmona
estación de atocha

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