Carta desde Puertollano VI

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Son las 21:25 del Lunes, 9 de Diciembre del 2019.
Carta desde Puertollano VI

Dear Sullivan,

Si he tardado algo más  en responder a tu carta, debo achacarlo al  fin del curso escolar, hecho que me ha mantenido algo más atareado que de costumbre. Ya sé que allí el curso acaba más tarde y comienza también antes. Este detalle no tendría la menor importancia si los resultados académicos de los estudiantes españoles estuvieran a la altura de los de cualquier otro país europeo, aunque parece ser que no es  este el caso.

España ya no es aquel país profundamente religioso que fue en su día (“La reserva espiritual de occidente” —clamaba Unamuno, un escritor vasco. “¡Que inventen ellos!” —añadía). No obstante, algunas cosas se siguen considerando sagradas, como por ejemplo: los días de fiesta. Tenemos tantas celebraciones que resulta casi imposible mantener una regularidad adecuada. A duras penas conseguimos el ritmo adecuado, cuando ya hay que pararlo por no sé qué santo, patrón, virgen o rememoración de algún acontecimiento histórico.

La educación académica en nuestro país es un tema muy controvertido. No sabría decirte cuantos sistemas educativos hemos tenido en las últimas décadas —sin que jamás se haya contado con los docentes, padres o alumnos—, seguramente tantos como gobiernos han pasado por la Moncloa. Aún así, el asunto va de mal en peor. Con muchos más medios que hace cuarenta años apenas se aprecia mejoría alguna. Es más, a veces pienso que si pudiéramos llevar a cabo el experimento —ya sé que imposible— de examinar a un alumno con un expediente académico medio de 8º de EGB (sistema educativo de mis tiempos) con otro de 2º de la ESO (sistema actual), ganaría el primero por goleada. Y entonces estábamos más de 40 en clase, no había pizarras electrónicas, ni ordenadores, ni nada de nada. Todo se hacía a pulmón y con mucha imaginación. ¿No te resulta chocante?... Es cuando menos extraño que un alumno te diga el nombre y la altitud del pico más alto de Castilla-la Mancha (dato geográfico totalmente irrelevante) y que sin embargo desconozca conocimientos básicos de cultura general, a no ser que lo hayan mencionado en “Los Simpson”.

Pero si hay algo que ha cambiado radicalmente es la implicación de los padres en la enseñanza de sus hijos. Esto, en principio, podría parecer un rasgo positivo, aunque mucho me temo —en mi humilde opinión— que no ha hecho sino empeorar las cosas. También es cierto que muchos de nuestros padres sólo sabían “leer y las cuatro reglas”, como ellos mismos decían, así que malamente nos iban a ayudar. En cualquier caso, lo del colegio se consideraba nuestra responsabilidad, pues bastante tenían ellos “con lo suyo”. Te aseguro que ahora la actitud de algunos padres roza la obsesión. Creo que allí llamáis “Helicopter Parents" a esos padres que se ofuscan con los entresijos de las instituciones docentes, pero olvidan inculcar a sus hijos esa educación básica, que sólo ellos pueden impartir y pretenden dejarlo en manos de los profesores (disciplina, respeto a los mayores, etc).

Sorprende, así mismo, la cantidad de coches que acuden a los colegios e institutos todos los días para llevar o recoger a los niños. Sobre todo si llueve. ¡Como si los estudiantes encogieran con la humedad! Antes íbamos a pie a todos lados. Yo vivía a casi dos kilómetros del Fray Andrés y pateaba el recorrido diariamente y por duplicado, pues en BUP teníamos horario de mañana y tarde. Poco importaba si llovía, hacía frío, calor o cualquier otro inconveniente meteorológico. En realidad, recuerdo aquellos trayectos con agrado, y con el convencimiento de que gran parte de nuestra formación docente estuvo enmarcada en aquella monótona peregrinación. Durante el recorrido nos íbamos encontrando unos con otros en los lugares acordados. Apenas nos mirábamos. El saludo consistía muchas veces en un simple gruñido o era inexistente, como si hubiéramos permanecido juntos desde el día anterior. Es así como de forma espontánea e inopinada daba comienzo una conversación. Aunque nadie diría que el tono era el de un diálogo que daba comienzo, sino la continuación de un tema tratado hacía apenas tres minutos. No existían los móviles. El uso del teléfono fijo —en los domicilios que lo había— estaba restringido solo para ocasiones capitales. Sin embargo, los amigos permanecíamos en contacto de un modo que actualmente sería imposible de concebir.

Fue a lo largo de esos trayectos como aprendimos a hacernos un hueco en la pandilla, a comprar cigarrillos sueltos en Paulino y cartuchos de pipas en Juanito, a solucionar nuestras diferencias y escaramuzas por nosotros mismos, sin la intervención de nuestros padres, que no habrían conseguido sino complicar aún más el conflicto. Aprendimos a escupir por el colmillo con una puntería soberbia, a decir “picardías” con naturalidad, a dar una patada en el tronco de un árbol después de las lluvias, y apartarnos corriendo para reírnos del más despistado, que permanecía allí con cara de idiota, calándose hasta los huesos. A veces, uno de nosotros se agarraba a una de las piñas metálicas que rematan la barandilla de la fuente agria y hacía creer a la concurrencia, con movimientos espasmódicos y gritos desesperados, que estaba muriendo por electrocución —aunque a veces era cierto que recibías una pequeña descarga eléctrica—. Siempre había algún ingenuo miembro del grupo que caminaba inocentemente al lado de los setos de los jardines, sin sospechar que le esperaba un empujón causante del repentino e irrisorio desplome de su presencia.

Creo que muchos de nosotros aprendimos a tragarnos el orgullo y a perdonar las afrentas. Nos dimos cuenta de lo bella que es la vida más allá del rencor. Supimos reírnos de nosotros mismos. Conseguimos superar ese sentimiento de envidia y odio que profesábamos sobre aquel que se atrevía a traicionar el grupo para verse a solas con una chica. Practicamos el arriesgado arte de correr con el guarda pisándonos los talones, tras la consecución de alguna gamberrada. Disfrutamos esas sabrosas horas “haciendo toros” con el fin de culminar nuestro particular “Master en Naipes y Cuatrola” bajo la sombra, y alrededor de una mesa de los veladores en el Paseo de San Gregorio, al grito de “¡LAS CUARENTA, QUE NO JODEN, PERO ATORMENTAN!” También comenzamos a degustar nuestras primeras cañas con bravas en el Macías, o con sopas de atún en el Galicia

Ahora recuerdo que fue así como la conocí… Todos los días subía la Avenida de los Mártires a la misma hora y allí estaba ella, frente a la academia de mecanografía. El cruce de miradas dio paso, con el transcurrir de los días, a una sonrisa cómplice. Estos asuntos funcionaban con una cadencia mucho más lenta que la actual. No había ninguna prisa… Todos los días me esperaba —al menos eso me parecía a mí— una fifteen year old girl, “resuelta en luna”, como decía el poeta. Por fin me atreví a pararme frente a ella y le pregunté “¿Cómo te llamas?” “Ana”, me dijo. Tras unos breves segundos de inquietante silencio, seguí mi camino a casa. Entonces me di cuenta de que ella no había querido saber mi nombre. Si hubiera reflexionado durante un instante, habría deducido que aquello no auguraba nada bueno. Por suerte, a esa edad se reflexiona bien poco. Por eso volví sobre mis pasos y pregunté con un ligero tono de reproche “¿Pero no me vas a preguntar cómo me llamo?” “¿Pues cómo te llamas?” Y le dije mi nombre… Ni siquiera recuerdo cuántos días pasaron hasta que volvimos a entablar una de estas amenas conversaciones, tan carentes de palabras como cargadas de intención.

Te pido disculpas si te he aturrullado un poco con tantos detalles del  pasado, expuestos casi sin orden ni concierto. Los he ido relatando tal como me venían a la cabeza. No sé donde he leído que los sueños que tenemos mientras dormimos, acontecen en una región del cerebro, que apenas tiene capacidad para retenerlos en la memoria, y por eso los olvidamos con tanta facilidad sin que apenas nos quede una vaga imagen o sensación. Creo que mis recuerdos se hallan en un conglomerado de neuronas muy cercanas a dicha región. Procuraré escribirte más a menudo durante el verano, I promise! Entre tanto, recibe, como siempre, un fuerte abrazo de tu Spanish friend que no te olvida.

Best Wishes!

Antonio Carmona

Antonio Carmona
Pintando el Guernica en la fachada del Fray Andrés

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