Carta desde Puertollano VII ( Verano, dehesa boyal, piscinas...)

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Son las 00:04 del Jueves, 24 de Octubre del 2019.
Carta desde Puertollano VII ( Verano, dehesa boyal, piscinas...)

My dear friend, Sullivan:

Te escribo desde la oscuridad de mi estudio. No es que sea de noche, ni mucho menos, pues son las cuatro de la tarde: la hora de la sacra siesta española. Pero a mí nunca se me han dado bien las siestas —y si te soy sincero, tampoco lo sacro—. Esto me supuso numerosos enfrentamientos con mi madre durante la niñez. Cuando hace tanto calor, lo mejor es cerrar ventanas, persianas y cortinas a cal y canto durante el día, para que la casa parezca una cueva. Ya habrá tiempo de abrirlo todo durante la noche, si corre un poco de aire fresco. Aunque tampoco hay que esperanzarse demasiado en ello. Todos los días miro las previsiones del tiempo en Internet, como si Internet pudiera influir en una bajada de temperaturas generalizada. Para colmo de males, descubro que vosotros allí disfrutáis de temperaturas máximas por debajo de 22 grados centígrados. Sin embargo, los ingleses os venís en masa hacia mi país en verano. Supongo que nadie sabe apreciar lo que tiene.

Reconozco que el calor me acobarda ahora mucho más que antes, debe ser la edad. Hace años tenía un trabajo más duro que el actual y, aún así, me quedaban fuerzas para irme al final de la jornada laboral con mi familia a la Dehesa Boyal, esa gran extensión arbolada a escasos kilómetros de la ciudad, que te gustó tanto cuando estuviste aquí. ¿Te acuerdas?... Te dije: esto es “el pulmón de Puertollano”. Y tú contestaste: ¡all right!, pero alargando el “right” para enfatizar lo acertado de la metáfora. Luego te llevé a la última curva, antes de llegar al puerto de Mestanza y, como estaba oscureciendo, se veía la impactante imagen del complejo industrial iluminado. Fue allí donde me preguntaste: ¿Has visto la película “Blade Runner”?... Sí, la había visto…  Bueno, a lo que iba. Allí nos llevábamos la  cena y disfrutábamos con los niños del atardecer y las primeras horas de la noche (ya sabes que aquí anochece más tarde, porque a los españoles nos tienen la hora cambiada, como a los pollos en las granjas industriales). Es ese momento mágico en que los pájaros se acomodan para dormir, comienza a correr una brisa fresca y fragante, el silencio es casi absoluto, si acaso se escucha el relajante “cri-cri” del grillo, el cielo presume de estrellas… Entonces puede ser que de repente llegue un coche y de él se baje un grupo de personas. En principio esto no tiene nada de particular, pensarás. Pero cuando constatas que entre ellos se hablan a voces, que no cesa el tintineo de botellas y latas de bebidas y, sobre todo, cuando abren el portón trasero del vehículo y comparten su música preferida con nosotros y todo aquel que se halle a 3 kilómetros a la redonda, sabes que se ha acabado la magia. Jamás entenderé esa vocación tan generosa y extendida de hacer partícipes a los demás de la última canción del verano, alguna rumba, temas disco o latinos de la más rabiosa actualidad o las eternas y entrañables coplas de El Fary. Mira que a mí me gusta, como sabes, “El Concierto de Aranjuez”. Sin embargo, me niego en redondo a conducir mi coche por las calles del pueblo, con las ventanillas bajadas y el volumen a tope, para que todos disfruten de tan excelsa pieza música. Al que le guste, que la escuche en su casa. ¿No te parece?...

Debido a nuestro origen sureño y la cercanía de nuestro hogar al mar, mis hermanos y yo estábamos acostumbrados a pasar la mayor parte del verano en el agua. Nos costó adaptarnos a la nueva situación, aunque lo conseguimos, pues Puertollano ya contaba con una magnífica piscina olímpica, y lo digo sin hacer uso de vuestro peculiar sarcasmo. El agua estaba siempre limpia y fría, como a nosotros nos gustaba. Es verdad que había bastantes personajes de esos que van haciendo gala de lo abultado que tienen los bíceps, adoptando posturas artificiosas y forzadas de modelo trasnochado que busca bronca. También fue en la Olímpica donde aprendimos a cuidar de nuestros objetos personales, pues había por allí quien andaba más atento a ellos que nosotros mismos. Tuve la mala suerte de observar desde el agua de la piscina, como una señora cogía tranquilamente mi toalla y la  metía en su bolso. Con más vergüenza que otra cosa, me dirigí educadamente a la señora para pedirle que me la devolviera. ¡En qué mala hora! De pronto me vi rodeado de gente voceándome… No me partieron la cara de milagro (supongo que me vieron demasiado pequeño). Me marché con un fuerte temblor de piernas y casi pidiendo perdón… Como decía aquel, una retirada a tiempo es una victoria. Aunque en aquella ocasión fueron otros los que se quedaron con el “trofeo”.

Fuera de nuestra ciudad también había maravillosas piscinas, como la Hawai en Cabezarrubias o la de Aldea del Rey. Entonces no había tantas normas de seguridad, así que podías hacer todas las locuras que se te ocurrieran saltando desde trampolines, jugando con pelotas o recámaras hinchables que hacían las veces de flotador gigante, etc. Mi padre, natural de Jaén y enemigo íntimo de cualquier actividad relacionada con el agua —excepto el aseo personal—, nos llevaba a los 3 hermanos a la piscina de Aldea del Rey. Jamás vi a mi padre en bañador, ni siquiera vistiendo un atuendo mínimamente calificable de “veraniego”. En una ocasión se le ocurrió comentarle al señor que vendía las entradas, si tendría a bien dejarle pasar sin pagar la entrada, puesto que él no iba a bañarse, ni tan siquiera a tomar el sol y, si acaso, se tomaría algún refresco en el bar. El señor contestó impertérrito que, siendo así, debería cobrarle aún más, ya que si no se bañaba tenía más tiempo para mirar y no perderse ni un detalle. Entonces yo era muy inocente y no entendí que quería decir con eso…

Pero, y refiriéndome de nuevo a Puertollano, ¡cómo olvidar las horas de piscina en los Salesianos! Aunque también es cierto que ya te he hablado largo y tendido sobre esta piscina en una carta anterior. Me referiré entonces a otra: muy cerca de donde vivo en la actualidad, estaba ubicada la piscina Solís con su solárium, en la calle Menéndez Pelayo. Nunca faltaba en su banda sonora los temas musicales del momento, como las Grecas o los Boney M… Aunque la piscina que más despertaba el interés del grupo de amigos, que deambulábamos por las tórridas calles puertollaneras durante el verano (no se trataba necesariamente del grupo habitual de amigos, pues el verano desviaba nuestros vínculos) era una de REPSOL o ENPETROL o como se llamara entonces. Creo que era la B. Aparte de ser una estupenda piscina con césped bien regado, tenía la peculiaridad de que ni a mis amigos ni a mí nos dejaban entrar (sólo podían pasar los hijos de trabajadores de la empresa), con el consiguiente atractivo que ofrecía el hecho de tener que saltar una tapia y tumbarte seguidamente sobre la toalla con naturalidad, como si llevaras allí todo el día. El contraste entre el Poblado y el resto de la ciudad era mucho más obvio en verano. En cuanto traspasabas la calle Palafox o Méjico, te invadía un olor profundo con matices a tierra y hierba mojada. La temperatura bajaba varios grados. Los aspersores estaban regando los jardines y casas particulares durante toda la noche y gran parte del día.

En el resto de la ciudad, los vecinos se conformaban con salir a la puerta de sus casas para sentarse y “tomar el fresco” por las noches. Aún se practica esta costumbre, aunque en menor medida debido a la proliferación de bloques de viviendas. Incluso en algunos barrios ha degenerado en una fuente de ruidos y discordias entre vecinos. Sí, algunas cosas han cambiado en los veranos puertollaneros. Las calles se ven más vacías de peatones y tráfico. Mucha gente tiene “su campo” o, mejor aún, tiene un amigo o familiar que le invita a “su campo” con piscina y, especialmente los domingos por la tarde, Puertollano parece una ciudad fantasma de locales y negocios cerrados. Hace años, a partir de la media noche, comenzaba un desfile de lugareños que se encaminaban hacia la Fuente Agria, acompañados del traqueteo producido por los carritos repletos de envases. Allí llenaban las botellas de vidrio teñido de ocre, provocado por las propiedades ferruginosas del agua. Tampoco era nada extraño que hubiera alguna trifulca, causada por algún malentendido en el turno de llenado. Hoy en día, casi nadie va a por agua. Digo “casi”, porque un librero amigo mío sigue ejerciendo tan ancestral costumbre. Quizá precisamente él no sea un buen ejemplo, pues lleva a cabo tantas excentricidades, que cualquiera pensaría que ésta es una más. De todos modos reconforta pensar que aún queda alguien dispuesto a llevar regularmente agua agria a su hogar. Y aunque estuviera un poco loco. Al fin y al cabo… ¿Quién no lo está?

Bueno, ya te advertí que en verano dispongo de más tiempo, por lo que me resulta mucho más fácil escribirte. Además, a mí me viene de maravilla para llenar estas largas horas de calor vespertino, mientras me esfuerzo en rememorar historias de nuestro pasado. Algunas de ellas, relativas a esta estación del año, se me han quedado en el tintero, como los baños fluviales que nos dábamos en el Guadiana y el Bullaque, o ese ambiente tan genuino y excepcional que se vivía en los cines de verano. Ya te contaré, ya… Tiempo al tiempo. Entre tanto, recibe como siempre un “caluroso” abrazo de éste, que se siente habitante de la misma región geográfica que tú. Ese territorio definido por la  amistad y la admiración mutua, que ningún “Brexit” podrá jamás romper.

Best Wishes!

Antonio Carmona

 

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Antonio Carmona

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