CARTA DESDE PUERTOLLANO VIII “VOLVER A NACER”

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Son las 22:09 del Miércoles, 16 de Octubre del 2019.
CARTA DESDE PUERTOLLANO VIII “VOLVER A NACER”

My dear Friend, Sullivan:

¡Mira! lo he estado dando muchas vueltas y al final te lo voy a contar. Perdona si no comienzo la carta usando las acostumbradas expresiones epistolares. La verdad es que no sé por qué, siendo un episodio tan importante de mi vida y que aconteció en esta ciudad, no te lo había contado antes. Supongo que algún mecanismo de defensa en nuestro subconsciente nos hace esquivar los temas más espinosos… Ya sé que los “Brits” no sois muy dados a hablar de asuntos demasiado personales. Vuestra reputada flema británica os hace detestar el victimismo y la compasión. Bien, te aseguro que tampoco yo pretendo infundir dichos sentimientos. Cuando narramos algo del pasado, creo que descubrimos matices que pueden resultar novedosos hasta para el propio partícipe-narrador, matices que van cambiando con el paso de los años y la transmutación de nuestra propia perspectiva. “¡Hay que ser objetivos!”, se oye decir por ahí. ¡Qué gracia!... Como si eso estuviera al alcance del ser humano.

No sé si te acordarás de aquel edificio alargado, de hormigón y estilo sobrio —por no decir feo, sin más—, con una amplia marquesina en la entrada, cuando íbamos de camino a Almodóvar. “Ahí —te dije— nacieron mis niños”. Bueno, pues ese es el Hospital Santa Bárbara de Puertollano y su comarca desde 1973. Allí NO nací yo en primera instancia —en aquellos tiempos nos traía la cigüeña a casa de nuestros padres, al menos en España—, aunque SÍ volví a nacer en este hospital a los 17 años de edad.

También te he mencionado en más de una ocasión la Avenida Primero de Mayo, llamada en el pasado de los Mártires. Creo que en la Historia de tu “Vieja Inglaterra” —como a ti te gusta llamarla— no podéis alardear del número de mártires que nuestro país ha dado a luz, es decir, de personas que murieron defendiendo sus creencias religiosas. ¡Somos así, qué le vamos a hacer! Imagínate que hasta en nuestra Guerra Civil, el Alzamiento Nacional —los que se sublevaron contra la Segunda República— fue definido como una “Santa Cruzada”. Bueno, de sobra sabes lo que pasa cuando se mezcla religión y política: ¡la hecatombe está servida! Así que, por extensión, a los caídos en esta Santa Cruzada —los vencedores, por cierto—, se les llamó mártires. Los que murieron en el otro bando… Pues eso, que murieron y punto. Ni siquiera sabemos por dónde andan los restos de miles de ellos. Tampoco los de uno de nuestros mejores poetas. Pensarás que ya hemos pasado página ante unos acontecimientos que, aunque trágicos, ocurrieron hace casi ochenta años. Te puedo asegurar que no es así, ni mucho menos. Su siniestra sombra planea sobre los descampados hispanos e incluso, en ocasiones, toma asiento en nuestro arco parlamentario. ¡Sí, sí… Ya! Me vas a decir que si concedieran un premio a la divagación, lo ganaría yo, o al menos estaría entre los finalistas…

Como te estaba diciendo, esta avenida me ponía —y aún me pone— en contacto con el centro de la ciudad. Es lógico que ahí me hayan ocurrido muchas historias, y la que hoy te traigo no es precisamente de las más halagüeñas. Fue una tarde de mayo de 1980. Salía de mis clases en el Instituto Fray Andrés con una carpeta bajo el brazo —un “cartapacio”, como diría mi  madre: “¡Antoñito, que se te olvida el cartapacio y el macuto!”—. Mi hermano, que acababa de llegar de Barcelona, me estaba esperando en el Paseo  de San Gregorio con una Vespa 200 para llevarme a casa. Te puedes imaginar cómo me sentía yo, subiendo a una scooter flamante —aunque fuera de paquete— en presencia de mis compañeras de clase. Otro motorista amigo se nos unió a aquel carrusel frenético que nos conducía por el paseo hacia la avenida, sorteando vehículos a toda velocidad. La avenida estaba entonces convenientemente adoquinada y bacheada en todo su recorrido, que por cierto no llegamos a concluir, pues a la altura de una conocida farmacia, se ralentizó hasta congelarse la foto fija de mi destino. Había turismos parados en ambas direcciones, un camión y un autobús, sin dejar un hueco por el que escabullirnos. Ni una pesada ancla habría podido parar nuestra trayectoria, aunque sí lo hizo un turismo contra el que chocamos. Mi hermano tuvo la suerte de salir despedido por los aires sin colisionar con ningún obstáculo. No así yo o, mejor dicho, mi pierna derecha, que fue a impactar con el parachoques de dicho turismo, partiéndose a la altura del fémur. No recuerdo haber sufrido en mi vida sensación más espeluznante ni dolor más intenso como el que sentí cuando me fui a incorporar y vi mi propia pierna en una postura tan inverosímil. Apenas soy capaz de rememorar escenas sueltas sobre mi llegada precipitada al hospital. Supongo que los calmantes que me administraron me permitieron fijar mi atención en el primer proceso que practicaron sobre mi extremidad. Consistió en taladrar la tibia justo debajo de la rótula, me introdujeron un eje atravesado al que sujetaron una pletina en forma de “U”, de la que a su vez colgaron unas pesas a través de unas poleas. Esta tracción llevó el hueso a su sitio, los músculos del muslo cesaron sus espasmódicos movimientos y comencé a sentirme mucho mejor.

Quizá fuera por la edad, quizá la total confianza que sentía por las personas que comenzaron a atenderme en el hospital. El caso es que dos días después entré al quirófano en un estado de ánimo plenamente optimista, como quien entra a un parque temático. Total, sólo había que abrir la cadera y el muslo como si fuera un boquerón, introducir unos cuantos hierros y tornillos y volver a cerrar. Ya sabes, lo típico: llegó el momento de la cuenta atrás y cuando quise acordar, ya estaba inconsciente. Me desperté en una sala con una luz muy tenue. Tenía una sensación embriagadora de bienestar. Creo que vi las caras de algún familiar al otro lado de un cristal. No parecían adoptar un gesto satisfactorio. Una enfermera acercó su cara a la mía y me habló en tono confidencial y cuidando la vocalización de cada sílaba, mientras comprobaba el ritmo del goteo y posicionaba mi brazo para que no me incomodara la aguja del suero. “¿Ya estás despierto?… ¡En seguida viene el cirujano!”. No hubo ningún “¡todo ha ido bien!” o cualquier otra expresión reconfortante. El cirujano apenas tardó en llegar, o eso me pareció a mí. “¡Qué susto nos has dado!”, dijo sin disimular su estado de ansiedad. Me cogió una mano con las suyas. Eran unas manos cálidas de médico. “¡Por poco te perdemos!” Lo que pudimos averiguar días después era confuso y contradictorio: que si había perdido mucha sangre al abrir la pierna, que si había reaccionado mal a la anestesia… ¿Qué se yo? El caso es que estuve muerto —sí, lo has leído bien: “muerte clínica”, creo que fue el término que usaron— durante un tiempo indeterminado (nunca llegué a saber cuánto) y finalmente consiguieron “resucitarme”. Así que conservo todas las cicatrices de una operación, en principio sencilla, que no llegó a consumarse. Tampoco me pareció haber estado deambulando por ningún túnel con su inevitable luz blanca al final.

“Si eso te pasa ahora, les meto en un pleito que se cagan las patas abajo, y te consigo una buena tajada. ¡De eso puedes estar bien seguro!”, me decía el otro día un amigo que ejerce la abogacía. A lo mejor no le falta razón. Pero en aquellos tiempos todavía nos poníamos la ropa de domingo para visitar al médico. Mis padres sentían un gran respeto, que yo definiría más bien como “miedo” ante un conflicto contra cualquier estamento o institución de altura. Así que aquello lo asumimos con la misma resignación con que se asumen los terribles desastres naturales de los que nadie tiene la culpa.

Me instalaron en una habitación de la segunda planta al lado de la ventana, que daba a las espaldas del hospital. Se veía una pequeña  granja con un perro, ovejas, pollos y gallinas. El plan a seguir consistía en esperar con intensas dosis de paciencia a que el fémur comenzara a encallar a su amor, sin ninguna ayuda quirúrgica, como se había hecho “toda la vida”, con la tracción instalada en mi pierna al llegar al hospital. Me dio tiempo a aprender los nombres, horarios y movimientos de todo el personal de mi planta, incluyendo al servicio de limpieza. La rutina diaria del perro, las ovejas, pollos y gallinas de la granja y la evolución de su huerto. Yacía boca arriba durante cada hora del día y de la noche en aquella cama, sin poder apenas moverme. Ya antes era aficionado a la lectura, así que la ocasión me venía al pelo para intensificarla, incluyendo en el catálogo alguna revista pornográfica que traían mis amigos, y que mi madre simulaba no ver. Instalaron sobre la cama unos hierros del que colgaron una especie de manija a la que podía agarrarme e incorporarme unos centímetros de cintura para arriba. Estuve allí tanto tiempo que bastantes enfermeras en prácticas tuvieron la oportunidad de aprender a hacer las primeras curas, y a poner las primeras inyecciones sobre mi persona.

Jamás olvidaré las visitas de mis amigos y compañeros de clase. No se permitían más de dos personas por paciente, pero resultaba imposible frenar aquella ola pubescente que se colaba por cualquier rendija para alegrarme el día durante unos minutos. En una ocasión llegaron a juntarse más de quince. Creo que no supe agradecer debidamente aquellas muestras de cariño en su momento. Por fin, una radiografía mostró que la rotura había comenzado a soldar, así que se procedió a dar el siguiente paso. Me escayolaron desde las costillas hasta la punta del pie derecho, dejando un pequeño abombamiento sobre el vientre, para facilitar la digestión, y los huecos pertinentes para no obstaculizar los órganos excretores. Consideraron que sería mejor trasladarme ya a mi domicilio, pues tanto tiempo en el hospital podía afectar a mi estado de ánimo. Mi estado de ánimo, ya que hablamos de ello, se arrastraba por los suelos cuando me vi convertido en un fardo de escayola.

No obstante, todavía viví una secuencia desagradable en el hospital, aunque sus consecuencias las padecí en casa. Desde la frustrada operación, llevaban mi tratamiento dos especialistas en traumatología. Aquí me viene de maravilla ese dicho vuestro: “Too many cooks spoil the broth”. ¡Sí! Estos dos cocineros estropearon el caldo. Uno de los traumatólogos había estado de vacaciones. Al volver me hizo la visita matinal y habitual. Echó un vistazo al informe y casi gritó: “¿Quién ha dicho que se le suministre este medicamento?” Por supuesto, había sido su colega, tal como le confirmó la enfermera que le acompañaba. Aquel medicamente era el indicado para acelerar la calcificación. “¡Que lo anulen de inmediato!” Le tiró el informe a la enfermera y salió mascullando algo ininteligible, aunque se hicieron perceptibles algunas palabras ofensivas dedicadas, sin duda, a su colega. Quise saber qué estaba ocurriendo y la enfermera le quitó hierro al asunto, asegurando que simplemente se trataba de los típicos roces y piques entre profesionales. “¡Estás en buenas manos!” A los pocos días de llegar a casa —mis padres pusieron mi cama en el salón para hacerme sentir más acompañado—, un intensísimo dolor comenzó a invadir toda la zona riñonil, extendiéndose hasta las mismas partes nobles. Orinaba arenilla… Antes dije que la rotura de la pierna fue mi experiencia más dolorosa. No sé. Es complicado comparar dolores. Éste, desde luego, debe figurar en lo más alto del ranking, en lo que a dolencias se refiere.

Durante la juventud, da la impresión de que el tiempo transcurre más despacio… Aun así, llegó por fin el momento de quitar la escayola. La mía era tan inmensa que me la fueron quitando por fases. Comencé a rehabilitar la pierna izquierda, ya que después de tanto tiempo sin dar un paso, ni siquiera podía hacer uso de mi pierna sana. La primera vez que me puse de pie, me pareció que el mundo era extraño y desconcertante desde aquella verticalidad. Pasados unos minutos volví a refugiarme en la seguridad del punto de vista horizontal de mi cama. Pero supe que aquello era ya el principio del final. Recuperé la pierna izquierda mucho antes de lo que me habían augurado. Me sentí muy esperanzado. Más tarde, la esperanza se me hizo añicos al ver mi pierna derecha. Aquello que apareció bajo la escayola no podía ser una parte de mi cuerpo, ni por su color ni por su forma. La diminuta masa muscular que envolvía el fémur, dejaba ver a las claras lo que yo había sospechado desde que comenzaron a enyesarme: El hueso más largo de mi cuerpo estaba manifiestamente desalineado —“¡Pata Chula!”—. No es que yo fuera un gran deportista, pero aquello desde luego acababa con mis tímidas incursiones en el mundo del fútbol y las carreras a pie.

Cuando me llamaron a filas, no tuve que declararme objetor de conciencia, tan de moda en aquellos tiempos. Enseñar la pierna fue suficiente para que me enviaran a un hospital de Granada (me correspondía allí, por haber nacido en Almería). A pesar de las evidentes secuelas, tuve que presentarme en el Hospital Militar. Me dijeron que si tenía donde dormir en la ciudad, no sería necesario mi ingreso, aunque sí acudir a las diferentes pruebas para ratificar mi imposibilidad de prestar los consabidos servicios a la Madre Patria. Entonces tenía yo un buen amigo en Granada —afortunadamente, lo sigo teniendo— que hacía como que estaba estudiando Farmacia en la universidad. Con él conocí a fondo la vida nocturna de esa maravillosa ciudad. En el Hospital Militar viví situaciones tan kafkianas como la que me procuró un médico empeñado en medir mis piernas entre la rodilla y el talón. “¡Pues son idénticas!... ¡Eres apto!” “Ya. Pero es que el problema está en el fémur… Si mira usted el informe de mi hospital!” “A nosotros no nos vale ningún informe de ningún sitio…” En fin, luego todo se aclaró y yo me volví a casa con mi “Carta Blanca”. Esta peculiar vivencia en el mundo militar me dejó un poso de inquietud. Si todo lo demás funcionaba así, seguro que íbamos a matar al enemigo…, pero de risa. Creo que ya te he contado alguna vez que yo tuve mi particular “mili” en tu tierra, en aquellos inmensos campos de fresas y frambuesas —cantando todos los días aquello de “Strawberry Fields Forever”—, trabajando de jornalero, rodeado de gente de todos los países del mundo y durmiendo en incómodos catres dentro de grandes naves, donde parece ser que reteníais a los prisioneros alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

No estaría bien concluir este suceso sin contarte lo que pasó más de treinta años después del accidente. Me encargaba entonces de recepcionar a los clientes de nuestro propio taller de automoción. Uno de los dos traumatólogos que me trataron en Santa Bárbara llegó con su turismo. Por lo visto le habían hablado muy bien de nosotros. No dio ninguna muestra de reconocerme. ¡Normal! Después de tanto tiempo… Me pidió que le acercara a su casa en las afueras de Puertollano, usando su propio coche, y que le llamáramos cuando estuviera listo. No tenía prisa. Durante el camino mantuvimos una conversación muy amena. Me habló sobre sus problemas de salud y de cómo éstos habían cambiado sus planes de futuro. El diálogo derivó hacia el trillado tema sobre cómo tu destino puede cambiar en un segundo, cómo habría sido tu vida si en vez de haber ocurrido tal cosa, hubiera ocurrido tal otra, para finalmente convenir, a modo de conclusión, lo absurdo y estéril que, en el fondo, resulta dedicar el tiempo a pensar en ello. No sé cómo ni por qué me puse a hablar de pronto sobre mi afición a caminar y explorar los rincones de nuestra geografía. Podría haberle dicho que desde el accidente tomé la determinación de no dejar de caminar mientras mi pierna me lo permitiese. Como el que busca incansable el buen camino y nunca lo encuentra, o le parece que cualquiera de ellos lo es. Pero no lo hice. “¡Caminar es muy bueno para todo!”, afirmó categórico. Se produjo un silencio chirriante. Ya estábamos en la fachada de su casa. Sin mirarme, lanzó una pregunta al aire: “¿Puedes venir mañana a las nueve al Hospital Santa Bárbara, a mi consulta?” “¡Claro que sí! Pero para ir al especialista necesito ir primero al Médico de Cabecera… ¡Para el volante!” Meditó un momento con los ojos cerrados. “¡No es necesario!... ¡A las nueve, allí!...” Luego añadió: “He leído alguno de tus artículos sobre esos sitios a los que vas… ¡Un trabajo magnífico!” Y se despidió. Yo me volví muy pensativo al taller con su coche.

En el Hospital Santa Bárbara, a las nueve menos dos minutos oí mi nombre por megafonía. El traumatólogo estaba sentado frente a una carpeta que contenía muchas radiografías y hojas amarillentas. “Este es tu historial”, me dijo. No llegué a entender cuál era su propósito. Él sabía que yo había aprendido a convivir con mi “pata chula” y que ya no iba a someterme a ninguna intervención. De todas formas pidió que me hicieran un largo listado de radiografías de nueva generación. No puedo recordar los nombres técnicos, ni me apetece rebuscar ahora entre mis papeles. Total… ¿Qué más da? Supongo que fue su manera de reconocer que las cosas no se hicieron en el pasado como es debido, su manera de oficializar un cúmulo de errores que nadie quiso asumir como propios, o de pedirme perdón… O quizá no. La verdad es que no necesitaba pedirme perdón. Deben de ser muchos los defectos que me caracterizan, pero seguro que el rencor no es uno de ellos. No lo digo para vanagloriarme. Es una simple cuestión práctica. Me agobia más el sentimiento rencoroso que el  calor del verano… Y ya sabes tú cómo llevo yo lo del calor del verano. Especialmente el de este verano, que le ha dado por hacerse el fortachón a última hora.

Tal como afirmamos en aquella charla espontánea, la vida puede cambiarte en un segundo. O puede que, como algunos piensan, tu destino “esté escrito”. Yo prefiero creer que, de alguna manera, nosotros llevamos las riendas de nuestro sino, aunque eso no sea más que una cándida veleidad. Lo que me ocurrió será considerado por muchos como una simple anécdota sin importancia, comparado con las terribles experiencias que otros hayan podido sufrir en sus carnes o en la de sus seres queridos. Para mí fue un momento decisivo en una edad muy difícil, que me apartó de muchas personas y me acercó a otras. ¿Cómo habría transcurrido mi vida sin el accidente?... ¿Who knows? Y, sobre todo, ¿a quién le importa? Desde el primer momento tomé la determinación de seguir al pie de la letra eso que vosotros decís con tanta convicción: “The show must go on!”

Un fuerte abrazo de tu Spanish friend que no te olvida.

Antonio Carmona

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