CARTAS DE UN BRITÁNICO A UN PUERTOLLANERO (I)

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Son las 22:22 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
CARTAS DE UN BRITÁNICO A UN PUERTOLLANERO (I)

 

 

Dear Antonio:

Recuerdo cómo se reían tus amigos cuando te llamaba en voz alta, pues a veces era incapaz de entenderme con ellos en español y necesitaba tu ayuda de intérprete. Mi acento británico les debía parecer de lo más hilarante: “¡AnTÓuniou!” También tus cartas son recibidas aquí con expectación y cariño. Suelo leérselas a mi mujer en voz alta, mientras tomamos el té en el jardín. Así ambos disfrutamos de todos los pormenores y anécdotas que nos cuentas de Puertollano y de España. Supongo que le he contagiado esta afición que siento por lo vuestro.

Mentiría si dijera que me agradó el agua agria de aquella fuente con cuatro caños que tenéis en el centro de vuestra ciudad (¡vuestro Picadilly Circus!) Ya me contaste que el agua tuvo más calidad y era mucho muy apreciada años atrás, cuando se hacían largas colas para embotellarla e incluso se organizaba algún que otro altercado por desavenencias en cuanto al turno de llenado. Ahora bien, con toda sinceridad puedo asegurarte que me fascinaron los jardines de ese gran parque, que llamáis el Paseo de San Gregorio. Supongo que allí estarían esos pequeños kioscos verde donde comprabais cigarrillos sueltos, siendo aún chavales, y os recargaban el gas de los mecheros (ambas cosas impensables por estas tierras). Todavía más sorprendente me pareció que se vendieran pipas al peso (hasta entonces, siempre pensé que era un alimento para pájaros exóticos), equilibrando la balanza con unas monedas. Y que el dueño tuviera las paredes de su puesto forradas con pensamientos filosóficos de su propia cosecha sobre la mujer, la droga y la vida en general. Eso sí que me parece algo único, yo diría hasta increíble si no fuera porque eres tú quien me lo cuenta. Aunque pensándolo bien, ¿qué menos cabe esperar en una tierra de caballeros y reputados escritores?...

Después de escuchar tus descripciones, casi puedo imaginarte siendo un mozalbete, sentado con tus amigos en un banco o en un bordillo de los jardines, comiendo pipas y esperando a que pasara la chica que te hacía “tilín”, para simplemente cruzar una mirada o, en todo caso, intercambiar un “¡hola!”, como, según dices, era costumbre en vuestra adolescencia. Subir y bajar, bajar y subir ese sombreado bulevar con la nada fácil labor de saber interpretar en un gesto, si aún cabía mantener viva la esperanza o no.

¡Sí! Se está de maravilla en uno de aquellos veladores, tomando una cervecita fresca acompañada siempre de algo para picar. Una “tapa”, creo recordar que se llama así, ¿verdad? ¡Qué gran idea! Con unas cuantas “cañas” nos íbamos cenados a casa. Me dispuse a pagar cuando nos pusieron las bebidas sobre la mesa. Quería compensar cuanto antes tu hospitalidad. Entonces me explicaste que no es costumbre saldar la cuenta hasta el final, una vez concluida la consumición. ¡Qué diferente a lo que hacemos aquí! Ya sea de pie junto a la barra o en una mesa, las consumiciones se pagan  en cuanto recibes lo que has pedido, te conozca el dueño o no. Como ya te indiqué, me parece más práctico nuestro hábito, tanto para el dueño del “pub”, como para el parroquiano. La vuestra quizá sea una costumbre más elegante, pero también mucho más proclive a posibles confusiones, que no pueden llevar sino a situaciones desagradables. En este caso, prefiero nuestras normas. Lo que no acabo de comprender es que, según me cuentas, muchos ciudadanos de allí podrían incluso sentirse ofendidos, si se les pide el desembolso al servirles, tal como hacemos aquí. Aunque me parece exagerado eso de que “en todo español sigue residiendo un pequeño aristócrata con ciertas ínfulas de hidalguía”, como tú dices. Y que, llegada la ocasión, puedes escuchar increpaciones del tipo: “¡Tú no sabes con quién estás hablando!” “¿Es que te crees que nos vamos a ir sin pagar?”

Pero si he de recordar algo que nos causó gran sorpresa y una tremenda carcajada, todo hay que decirlo, fue aquella mañana que pasamos en Almodóvar del Campo. Estábamos aparcando el coche para echar un vistazo a sus iglesias (ya sabes que no soy muy religioso, aunque  tengo que reconocer que me estremece la atmósfera recogida y de apacible mutismo que se respira en vuestras iglesias). Queríamos también visitar el Museo Palmero y, sobre todo, las bodegas. Cuando cuento por aquí, que en una de ellas abríamos un grifo y llenábamos los vasos de vino en el otro extremo de la manguera, se creen que exagero.

Bueno, seguro que tú también te acuerdas de la anécdota. Estabas aparcando el coche después de conducir desde Puertollano a Almodóvar. Durante el trayecto te estuve hablando sobre esos clichés que en mi país se han fraguado sobre España, y que resultan tan difíciles de erradicar, como que todos los españoles sabéis tocar la guitarra o que os gustan los toros, etc. No son pocos los británicos convencidos de que en todos los pueblos y ciudades españolas habitan cientos de asnos y mulas. Quizá vosotros mismos ayudáis a mantener este malentendido, pues no dejáis de ofrecer paseos a horcajadas de estos pobres animales en las ciudades turísticas. Y bien es sabido que la mayoría de mis paisanos no sienten la menor curiosidad por conocer otro lugar que no sea la ciudad turística que visitan, si es que salen del complejo hotelero. Creo que te acaloraste un poco con este tema, afirmando que eso era radicalmente falso. Que cuando llegaste a Puertollano, aún se repartía el pan en carros tirados por una mula y ésta sorteaba el tráfico como podía. Pero que en apenas una década desaparecieron tantos asnos, que en la actualidad se están empezando a proteger en ciertas áreas del sur de la  Península, por temer su extinción. Aseguraste con vehemencia que nos resultaría muy difícil ver uno, por mucho que nos lo propusiéramos. Fue justo en ese momento, cuando de repente apareció de la nada un burro, caminando por la calle en donde estábamos aparcando, y profirió un sonoro rebuzno como para dar cuenta de su presencia y de su existencia. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos riendo. Ni siquiera supimos mantener las formas en aquel lugar de clausura, donde unas monjitas nos vendieron aquellas dulces exquisiteces.

En cuanto al tiempo, ¿qué quieres que te diga? En mi ciudad no se echa de menos la “fuc.…” lluvia. Y creo que tú tampoco lo harías si vivieras aquí. De vez en cuando compruebo en internet que estáis atravesando un verano infernal, si bien ahora os han bajado un poco las temperaturas (Dios aprieta pero no ahoga). En esta comarca tenemos hoy 19 grados de los vuestros (no Fahrenheit). 83% de humedad (mis huesos te lo pueden corroborar) y precipitaciones con algunos intervalos de claros (los menos), que las féminas aprovechan para tender sobre el césped sus pálidos y pecosos cuerpos. Recibe un fuerte abrazo de tu amigo británico, que nunca ha puesto sus pies en aquella colonia y jamás ha reivindicado la posesión de Gibraltar (¡por cierto, un día podíamos pasarnos por allí! Creo que no tienen asnos, pero sí monos). Lo dicho: un fuerte abrazo and best wihes!

Sullivan

Antonio Carmona

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