Cartas desde Puertollano (X): Animals

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Son las 22:21 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
Cartas desde Puertollano (X): Animals

My dear Friend Sullivan:

Cuando he visto una tarjeta postal en el buzón, me he imaginado que el remitente no podía ser otro sino tú. Ya es casualidad que ambos estemos viviendo experiencias similares en estos momentos. Tampoco yo me encuentro ahora mismo en mi pueblo. Tienes toda la razón: cuando más valoras tu “hometown” es precisamente cuando resides en cualquier otro lugar. Yo también me he sentido tentado a enviar una tarjeta postal desde aquí a algún amigo de Puertollano, tal como se hacía hace años. ¿Te acuerdas?... Aquello de las tarjetas postales era parecido al Facebook de ahora (¡mira cómo estoy disfrutando, y tú no!), aunque mucho más lento. A veces volvías de vacaciones antes de que llegara la tarjeta a su destino. O se te olvidaba enviarla. Entonces siempre te quedaba la socorrida excusa de que se habría extraviado en Correos.

Como sabes, comienzo a sentirme en mi tierra en cuanto atravieso el Despeñaperros. Sí, ese desfiladero, que tanto te impresionó, por donde se entra a la meseta castellana desde el sur. Imagino que te llamó la atención el paisaje y el nombre del paraje a partes iguales. Los británicos tenéis fama de cuidar a vuestras mascotas con sumo celo. Bien, para tu tranquilidad te diré que dicho nombre no tiene nada que ver con el maltrato animal, ni consta que allí hayamos despeñado a ningún perro. Parece ser que tras la batalla de Las Navas de Tolosa contra los árabes, que los cristianos ganamos por goleada, algunos se dedicaron a despeñar a todo musulmán (“perro infiel”) que se topaba en el camino… Aunque, pensándolo bien, no sé si esta explicación es fidedigna, ni creo que vaya a tranquilizarte. En todo caso, no conviene difundir demasiado esta teoría, puesto que en la sociedad tan “políticamente correcta” en la que vivimos, igual nos veríamos obligados a cambiarle el nombre de Despeñaperros, por cualquier otro, como Desfiladero de la Concordia o del Buen Rollito.

Pero cuando me siento del todo como en casa es al pasar por Almuradiel y el Viso. Ahí la gente ya habla “mi idioma”. Desde Aldea del Rey sería capaz de llegar caminando a mi hogar. De hecho, he recorrido ese trayecto a pie más de una vez, cruzando la sierra de Puertollano. No tiene pérdida, pues las columnas de humo que arrojan las chimeneas de la refinería te orientan en todo momento. Me gusta llegar a mi pueblo caminando, como si fuera la primera vez que lo visito y así poder analizarlo con los ojos de un forastero. Entonces no puedo evitar acordarme de la verdadera “primera vez”, cuando llegué a Puertollano siendo aún un niño de 7 años. Aquella noche dormimos en el Hotel León. Al día siguiente comimos arroz con pollo en El Coto y nos instalamos en nuestro piso de La Sevillana, en la avenida de los Mártires, prácticamente en la “frontera” con el barrio de El Poblado. El piso estaba vacío. Un camión de mudanzas llegó unas horas más tarde desde Almería con nuestros escasos enseres y con “Pirata”, nuestro perro.

Me entristece pensar el tremendo trauma que debió causar al pobre animal —pequeño y blanco con un parche negro en el ojo izquierdo— aquel cambio tan radical de vida. Allí vivía casi como un perro callejero en las afueras de Almería, entre unas huertas que llamaban “bancales” y el mar a escasos metros con una playa sin turistas. Más aún me apena el desenlace de los sucesos. Supongo que mi madre también sufrió aquel deprimente síndrome del emigrante. Debió de ser muy duro abandonar su tierra, familiares y allegados, hacerse cargo de 3 hijos pequeños sin la ayuda de mi padre (entonces un hombre no ayudaba en casa. Ir al trabajo era suficiente para tener la conciencia tranquila), y un perrito que cuidar. La cadena se rompió por el eslabón más débil. Pasados unos meses, un buen día y sin previo aviso, al volver de Los Salesianos, no noté su hocico húmedo en mis pantorrillas, exigiendo sus caricias. “¿Dónde está “Pirata”? “Pirata” ya no estaba en casa. Había sido desahuciado. Mi madre traspasó la “frontera” y lo abandonó en una de aquellas casas de ensueño con jardín y aspersores incesantes, habitadas por una burguesía que olía a césped recién cortado.

Ahora que lo pienso, mi vida siempre ha estado marcada por la presencia de algún animal. En Almería, aparte de “Pirata”, de vez en cuando había algún gato que pasaba por allí, al que los 3 hermanos poníamos a prueba para comprobar si era verdad eso de que siempre caen de pie o lo de las 7 vidas. Pero nunca se me olvidará aquél camaleón de ojos grandes y globosos con visión estereoscópica. Sus parsimoniosos movimientos contrastaban con la rapidez y precisión para atrapar con su larga lengua a aquellas moscas almerienses, a pesar de pertenecer éstas a una especie mucho más espabilada y molesta que las manchegas. Por no mencionar cómo nos quedábamos ojipláticos cuando al bicho le daba por cambiar de color.

Aquí, en Puertollano, comencé a tener mis primeros contactos con la naturaleza en el puerto de Mestanza y en “Los Muros” junto a la orilla del río Ojailén. Allí nos llevaba mi padre y nos “soltaba” a nuestro libre albedrío. En una ocasión vimos a lo lejos grandes aves volando en círculo a baja altura, supongo que serían buitres. Nos acercamos a la zona y nos topamos con un pequeño chivo que apenas se tenía de pie con “la tripa” aún colgando de su vientre. Nos lo llevamos a casa, por supuesto. Le dimos biberones y todo lo que hiciera falta. A él le gustaba echarse debajo de las 4 patas de una vieja silla. Pero como iba dejando la casa sembrada de “conguitos”, sabíamos que aquello no podía durar mucho. Un hombre se presentó en casa y nos prometió que se llevaría al chivo a un lugar adecuado para él, una especie de paraíso para chivos, donde conocería a otros tantos como él para poder jugar. Pasado un tiempo, fui al mercado de abastos con mi madre. Los tenderos ofrecían sus productos y te exhortaban para que los compraras a voz en grito. Mi madre saludó al dueño de uno de los puestos. En cuanto le vi me di cuenta de que era el hombre que nos visitó y se llevó al chivo. Tenía un puesto de carnicería en el mercado.

Sí, mi madre era siempre la encargada de tomar las decisiones más peliagudas, era la que “se comía el marrón”, que diríamos ahora. La pobre bastante hacía con soportarnos. A veces traíamos renacuajos y ranas del Ojailén o de la Bachillera,  los metíamos en un barreño del patio para estudiar la evolución de renacuajo a rana. Un par de ranas de San Antón que atrapamos, acabaron adaptándose a vivir en la planta de una gran maceta. Nosotros cazábamos moscas y les cortábamos las alas para ponerlas al alcance de las ranas y ver cómo se las comían. ¡Eran implacables!

Recuerdo aquella ocasión en que disparé a un gorrión. ¡Cómo nos pondríamos de pesados para que mi padre acabara comprándonos una escopetilla de plomos!, a pesar de que estaba totalmente en contra de la idea. Tras un duro y prolongado entrenamiento afinando la puntería con botes, latas o cualquier otro objeto inerte, pensé que sería buena idea disparar a un gorrión que se había posado sobre una rama cercana. Para mi desgracia, acerté el disparo, pero con tan mala fortuna que le rompí los huesecillos de un ala, por lo que se quedó aleteando en el suelo, sintiendo la terrible ansiedad de ver cómo mi mano se aproximaba a su cuerpecillo sin poder poner alas en polvorosa. Lo introduje en un bolsillo del suéter y corrí a casa con la intención obsesiva de curar a aquel pequeño ser. Nada más llegar, mi madre se percató de mi desesperación. Le mostré el gorrión y ella lo cogió con suavidad. ¡Huuuy, animalico!”, dijo. Tal como habría hecho un buen prestidigitador, ocultó la figura del gorrión repentinamente entre sus manos. Cuando lo volví a ver apenas una fracción de segundo después, ya no se movía. Su cabeza estaba exageradamente inclinada para un lado y el pico entreabierto. “¡Ahora ya no sufre!”, afirmó categórica. El gorrión formó parte del plato combinado que cené aquella noche. Si he de serte sincero, aquel pajarillo frito y ronchón estaba delicioso. Eso sí, jamás he vuelto a disparar a un pájaro, ni a ningún animal, como no sea con una cámara fotográfica.

Los roedores constituyen un tema aparte en mi personal experiencia con los animales. Me alegra decirte que la primera vez que tuve un hámster fue en tu país. En España no había “pet shops” cuando yo tenía 14 años, al menos no las había en Puertollano. En cambio en Inglaterra los encontrabas en cualquier pueblo. Yo me quedaba embelesado mirando los escaparates de aquellas tiendas de animales. Sabíamos que no nos podíamos llevar ningún animal a nuestro país, por lo que ya nos habían advertido que no se nos ocurriera comprar ninguno. Hice caso omiso y, sin pensar en las consecuencias, compré un hámster que parecía mirarme de un modo especial con aquellos ojillos tan vivarachos. También me llevé comida, pero me negué a comprar una jaula que el tendero me ofrecía. No era ya sólo cuestión de dinero, simplemente no podía presentarme en la casa de la familia nativa que me acogía con una jaula y un hámster bajo el brazo. Una vez en mi habitación, agujereé una caja de zapatos que sirvió de improvisado domicilio para “box”, mi ratón. Todo marchaba tal y como lo había planeado. Mientras me ausentaba para ir a mis clases o de excursión, el ratón permanecía en la caja. Cuando volvía a casa, enseguida subía a mi habitación y le permitía campar a sus anchas por toda la “carpet”. Hasta que un día… El matrimonio compuesto por Mr and Mrs Swift estaba haciéndome la espera con caras de circunstancia. Parece ser que el hámster se había escapado de la caja, dando un susto de muerte a la señora y causando una total indiferencia al rollizo gato que siempre estaba durmiendo en el sofá. Querían hablarme en tono serio, pero al marido le resultaba imposible contener la risa, sobre todo cuando quiso saber cómo pretendía llevármelo a España “inside your pocket?” Dentro del bolsillo sólo conseguiría que me mordiera los “kiwis”. Esta apreciación le costó un codazo que le propinó la señora Swift en todo el costado. Finalmente, sacaron una preciosa jaula para instalar a “box”, y no tuve más remedio que despedirme de él cuando volví a mi país. Por fin, la historia de una de mis mascotas acababa relativamente bien.

Han sido muchos más los ratones, chinchillas, perros que han compartido o están compartiendo mi vida y la de mi familia. Ya te contaré las aventuras y desventuras de “Corchito”, de “Trotsky”, de “Sky” y de “Patuka”, por ejemplo. Ahora nos vamos a un lugar que tiene fama por sus platos de pulpo a la gallega, aprovechando que estamos en el norte. ¿Te acuerdas de lo que te gustó el pulpo a la vinagreta en aquel bar de Puertollano? “Oooh, OCTOPUS!”, dijiste asombrado. Lástima que te pusieras tan cabezón con lo de probar el “tumbalobos”. Y mira que te lo advertí. Casi acabamos en Urgencias de Santa Bárbara para hacerte un lavado de estómago. Tú, erre que erre, que estabas acostumbrado al picante, que si no sería para tanto… En cuestión de segundos se te encendió la cara como un halógeno, las glándulas lacrimales entraron en una orgía desenfrenada de lagrimones, por no hablar de los mocos que surgían indómitos por tu nariz, y la velocidad con que se te empañaron las gafas que te acababas de poner para leer el listado de tapas. “Fucking hell, fucking hell!”, no parabas de repetir, cuando ya por fin fuiste capaz de articular palabras. En fin, espero que hayas sabido perdonar nuestras estruendosas carcajadas y las de los parroquianos allí presentes, mientras estabas pasando ese mal rato. ¡Los españoles somos así! Espero que disfrutes de lo que queda de verano y te animes a escribirme cuanto antes. Recibe, como siempre, un fuerte abrazo de tu Spanish friend.

Antonio Carmona

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