El mal en un cuadro

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Son las 17:40 del Viernes, 13 de Diciembre del 2019.
El mal en un cuadro

PREFACIO

     La historia que aquí les traigo se desarrolló en una población no especificada por su autor. Por otro lado, cualquier puertollanero que tenga a bien dedicar unos minutos para leer estas líneas, caerá de inmediato en la cuenta de que la ciudad no puede ser otra, sino Puertollano. No les puedo revelar el nombre del escrito, ni de quien puso esta narración en mis manos, así como tampoco debo explicar el por qué de una actitud tan reservada por mi parte. Ojalá se conformen con la manida excusa de que todo eso, en realidad, poco importa. Del mismo modo, importa poco si los acontecimientos que aquí se relatan ocurrieron verdaderamente o no. Sería inútil corroborarlo en las hemerotecas, pues esta historia es una historia de vivencias interiores, las cuales rara vez encuentran cabida entre las columnas de un periódico. Si mi opinión personal fuera de algún interés, diría que casi prefiero que nada de esto hubiera ocurrido. Así tendría alguna probabilidad de adquirir visos de leyenda, pues bien es sabido que las leyendas arraigan con mucha más fuerza en el inconsciente colectivo que los acontecimientos reales.

 

I

     Hijo de rabadán, mensajero e intérprete incansable de la verdad cósmica y salvadora, Tedis Fuvi nació cuando discurría aquella lejana época de los prolegómenos infinitos, en una población algo destartalada y sucia. Desde joven, con su engolada voz, remejía las farragosas conciencias de sus oyentes: “¡Esto es punible, y aquello no!” Así de truculenta era su realidad. Con el tiempo, lo engolado se hizo trémulo y añoso. Fue entonces cuando su piel añoró unos brazos maternales que nunca le anearon. Luego, lloró hasta que murió, y cubrieron su cuerpo con un lienzo de gro. Sobre dicho lienzo algún resentido prendió una nota que decía tal que así: “Quiso ser juez y a leguleyo ni llega, quiso ser rey y se quedó en polichinela”.

     Sus escasas propiedades materiales quedaron huérfanas al no contar el difunto con familia o amigos, más allá de unos pocos advenedizos, de los cuales ninguno mostró el más mínimo interés por dichas antiguallas. Fue así como sus pertenencias quedaron arrumbadas en el rincón de una sacristía. Objetos como una lupa con mango de madera desgastado; una brújula cuyo cristal estaba tan rayado que resultaba difícil distinguir la orientación de su aguja; algunas piedras clasificadas en un desvencijado maletín con compartimentos, siguiendo alguna extraña tipología de texturas o formas. También había legado —a nadie o a cualquiera— un nutrido grupo de libros, entre los que se hallaba un viejo tratado sobre el universo, escrito por Camilo Flammarion a finales del siglo XIX y titulado “Las Maravillas Celestes”; un estudio acerca de la cosmología e interpretación de los grabados y pinturas sobre superficies rocosas durante la prehistoria, y decenas de librillos mal encuadernados, con hojas color sepia y concernientes a antiguos cuentos con moraleja. Había una colección completa de los Cuentos de Calleja y las Fábulas de Samaniego. “El Puñado de Trigo” era el título de uno de esos cuentos, escrito por Manuel Marinel-Lo a principios del siglo XX y que parecía estar en mejor estado de conservación que el resto. Lo mismo ocurría con “El Joven de Carácter” del Monseñor Tihamér Tóth, que tan honda huella dejó en su impresionable espíritu.

     Nada de esto merecería probablemente haberse mencionado, si no fuera porque todos estos libros estaban repletos de apuntes, manuscritos, tachaduras y correcciones llevadas a cabo por Tedis Fuvi. El tono de tales añadiduras era irónico, sarcástico, en ocasiones, divertidamente cínico. Parecían los comentarios de alguien desengañado, tristemente decepcionado, brutalmente desencantado y mortificado por una verdad atisbada demasiado tarde como para encauzar un nuevo estilo de vida.

     Aquella sacristía estaba en una iglesia que había quedado camuflada entre bloques de edificios. Ese tipo de fenómenos urbanísticos ocurren en ciudades que crecen demasiado aprisa y de forma caótica. Esta ciudad, en concreto, prosperó mientras sus habitantes horadaban sus entrañas extrayendo carbón o infectaba sus aguas y sus cielos en un empecinado afán en la destilación de un líquido negro y espeso. Pasados  los años comenzaron las obras de reforma en dicha iglesia y, puesto que nadie quería hacerse cargo de las pertenencias de Tedis Fuvi —ya ni siquiera le recordaban—, el encargado de la obra introdujo todos los libros y demás enseres en el interior de unas cajas de cartón. Ese mismo día llamó a su amigo Juan Carlos, dueño de una conocida librería e interesado en libros antiguos —en todo tipo de antigüedades, a decir verdad—. Las cajas cabrían en el maletero de cualquier coche. No así el cuadro… Era una suerte —o una desgracia— que Juan Carlos tuviera una furgoneta para poder transportarlo.

     Sí, soy consciente de que hasta ahora no había mencionado el cuadro. Es especialmente paradójico este lapsus, si tenemos en cuenta que el cuadro es, en cierta medida, el verdadero protagonista de esta historia. A decir verdad, nadie podría ya asegurar que el cuadro —el lienzo, pues ni siquiera estaba enmarcado— perteneciera a Tedis Fuvi o que, tal vez, hubiera estado allí desde tiempos inmemorables. La obra pictórica de 2 metros x 1.30 representaba —y continúa aún representando— una escena amenazante y angustiosa. Una gran bestia de fauces y zarpas desgarradoras parece haber abatido a un hombre. Éste permanece sentado en el suelo, derrotado, desnudo, sin la más mínima intención de defenderse. Ni siquiera fija su mirada en la bestia. Con la cabeza inclinada hacia el cielo, se diría que espera resignado su destino fatal, mientras dirige su vista a las alturas. La bestia, sin embargo, mira a la cámara, que diríamos en la actualidad. Pero, puesto que se trata de una pintura, mejor podríamos decir que está mirando al autor del cuadro, a su creador, como pidiendo permiso para arrebatar a zarpazos y dentelladas la vida de su frágil y malograda víctima. Evidentemente, el hecho de no mencionar este lienzo desde el principio no fue un lapsus. También yo estaba evitando mirar de frente a la bestia, pero para relatar esta historia no me quedará otro remedio.

     La mayoría de los  libros y demás enseres fueron colocados con esmero en las estanterías de la trastienda. Sin embargo, Juan Carlos llevó el cuadro a una vieja casa vacía en las afueras, al borde de antiguas explotaciones carboníferas. Necesitaba tiempo para decidir el lugar donde ubicar definitivamente el cuadro. Entretanto, disfrutaba a solas de la contemplación de aquella imagen. Aunque quizá la palabra “disfrutar” no describa con exactitud sus sensaciones, pues tras esos períodos de observación, no podía negar cierto estremecimiento interior, cierta inquietud… Algo así como si el cuadro estuviera, de alguna manera perturbando sus pensamientos. Con el paso de las semanas aumentó su obsesión, hasta el punto de que llegó a soñar con aquella representación. En el sueño, el cuadro estaba en su casa deshabitada, pero no dejaba de percibir algún tipo de presencia. Las habitaciones y pasillos aparecían más oscuros y lúgubres de lo que ya eran, y la superficie de sus pasillos y habitaciones se había sobredimensionado, de forma que había puertas y estancias que jamás habían existido antes. Puertas que ansiaba abrir en el sueño, pero que no se atrevía a hacerlo. También durante estas visiones observaba absorto el lienzo, sobre el que los dos personajes “cobraban vida” o “se movían”. Ahora era la víctima, el hombre desnudo, el que miraba al autor de la obra o a quien quiera que fijara su mirada en el cuadro, con una sonrisa sardónica y desafiante, mientras que la bestia alzaba su cabeza, sus fauces y su mirada al cielo.

     Al despertar sintió la imperiosa necesidad de ir a verlo de nuevo. Las vivencias del sueño —podríamos denominarlo pesadilla— habían sido tan verídicas que ahora tenía que comprobar cuál de los dos cuadros era el real, si el soñado o el que pasaba allí interminables horas apoyado contra una pared desconchada y rodeado de trastos desechados. Tal como cabía esperar, los dos protagonistas del cuadro seguían en su pose original. Consideró Juan Carlos que había llegado el momento de llevar el cuadro a su librería. Allí podría ser testigo de las amenas tertulias celebradas en la trastienda, concertadas de forma espontánea las más de las veces. Antes deseaba, no obstante, examinar detenidamente el lienzo. Fue así como encontró un pliego de papel raído e incrustado en una de las esquinas tras la tela. Casi se le desmenuza al desdoblarlo. Entonces leyó en voz alta, como impelido por una fuerza exterior, una poesía manuscrita con una caligrafía cursiva, inquieta y enfebrecida:

“EL TRÁNSITO”

La muerte es una casa sin puertas,

sin luz en la escalera.

Anoche me soñé desnudo

en una iglesia de piedra

y sentí vergüenza.

Me soñé postrado ante

la muerte serena,

la muerte chirriante,

la muerte altanera.

 

Donde los grillos cantan a solas

y se aburren de la Luna Nueva.

En esas noches de perros,

que se ladran y no se ven.

En esas noches ciegas

de bostezos, que acaban en canción;

de canciones, que se rezan con fe.

 

La muerte es una casa sin ventanas,

sin fogón, ni mantas.

Donde Le sonreiremos

y ante Él diremos:

¡Patata, patata, …!

Y borrará nuestros recuerdos,

y nos construirá

un pasado nuevo.

 

Dime si es verdad,

—ahora que vamos despacio,

vamos a contar verdades—.

dime si la tristeza es una casa,

en la que sopla el viento

y crece la maleza.

Una casa llena de barro y humedades,

donde cada huella es un recuerdo.

 

Anoche me deletrearon

la palabra “Muerte”

a mazazos

y, con todo,

nada entiendo.

Si acaso, siento

su sabor a entrañas.

Si acaso, intuyo

su fiel abrazo.

 

Anoche, con la guadaña,

me cortaron de un tajo

en dos, en tres, en cuatro…

Me cortaron en mil pedazos.

Y con todos

han cimentado una casa nueva.

Tendrá ventanas y puertas,

y luz en la escalera.

Una casa con fogón y mantas,

y sin goteras.

 

     Ninguna firma daba la menor pista sobre quién podría haber sido el autor del siniestro poema.

 

 

II

 

     Los días se sucedieron, así como las pesadillas del cada vez más obsesionado y confundido librero. Se levantaba angustiado y agotado tras largas noches, en las que parecía haber estado deambulando durante horas por las calles de la ciudad y sus afueras. En sus sueños se sentía atraído por enclaves en altura, altozanos desde los que podía otear el trazado irregular de una ciudad que se extendía como un tumor sobre las faldas de las formaciones montañosas. Gustaba especialmente de una gran loma de  origen no natural, sino fruto del amontonamiento durante años de las escorias y escombreras resultantes de la actividad minera. Aspiraba hasta lo más hondo de sus pulmones el olor a azufre y pizarra, los efluvios contaminantes de un inmenso complejo industrial… Oteaba, apostado sobre los hombros de una gran estatua representando a un minero en la montaña, y se relamía del sabor de los rencores, las envidias, los más bajos instintos, la maledicencia y, sobre todo, el temor que muchos de los habitantes experimentaban ante un futuro incierto. Sentimientos que parecían materializarse ante sus ojos como bituminosos perfiles que flotaban en el aire y se retorcían, víctimas de su propio dolor.

 

     Lo que más horrorizaba a Juan Carlos al volver a la vigilia, era la gran satisfacción y regocijo con que se desenvolvía durante el sueño. ¿Cómo podía disfrutar de eso? ¿Cómo podía saciar ese apetito ignominioso y abyecto, otrora oculto en lo más profundo de sus entrañas, con aquellas ensoñaciones espectrales? Se había visto a sí mismo saciando su sed a orillas del río, como una alimaña, allí donde éste presentaba su imagen más infecta con vertidos de todo el detritus que rezumaba la ciudad y la industria. Ese no podía ser él. No podía ser él quien elegía como guarida los abrigos rocosos de  las sierras para sentirse cobijado. —Ahora tenía la sensación de comprender el sentido de cada uno de los trazos milenarios que ancestrales pueblos habían esbozado sobre sus paredes cuarcíticas—. No podía ser él quien se quedaba absorto mirando al fondo de los profundos pozos mineros que horadaban el valle con interminables galerías en laberinto, lanzando piedras y contando los rebotes que éstas propinaban a las paredes del abismo, hasta alcanzar la superficie de unas aguas corruptas, profundas y ennegrecidas. Había bajado a esas simas como quien baja con delectación al infierno, para regocijarse de todos los artefactos, criaturas y cadáveres allí arrojados. Cada uno de ellos, testigo mudo de un secreto inconfesable, de un acto atroz. Cuerpecillos de cachorro humano no deseados, y venidos al mundo sin más perspectiva que un precipicio hacia el horror y la muerte.

 

     Aquello tenía que parar. Juan Carlos era cada vez más consciente de que sus pesadillas estaban íntimamente ligadas a la posesión del cuadro. Aquella pintura, cada una de sus pinceladas, albergaba algo maligno. Podría destruirlo sin más, hacerlo trizas, quemarlo y así acabaría con esta amarga historia. Pero algo le impedía llevar a cabo tan drástica decisión. En el fondo se sentía atraído por las vivencias de una bestia que en realidad no era él. Comenzaba a acostumbrarse a ser parte pasiva, aunque nunca juez, de actividades repulsivas, enmascarado bajo un disfraz grotesco. En su deambular nocturno visitaba garitos a los que no se habría jamás atrevido a ir en la vida real —aunque a estas alturas… ¿qué era lo real?—. Se cruzaba con gente que se apartaba de su paso horrorizada por su aspecto. La bestia personificaba la  lujuria, la lascivia, la violación, el miedo, ¡el Mal!... Por eso cada persona le veía —le concebía— de manera diferente. Había, incluso, quien le dedicaba a su paso una leve sonrisa, y el librero se sentía aterrado ante la posibilidad de que alguien pudiera reconocerle bajo la piel de la bestia, incluso en aquel mundo de ensoñación.

 

Fue durante una fría mañana de invierno —los primeros copos de nieve acolchaban los tejados y las tapas de los contenedores de basura—, cuando el librero por fin se dispuso a transportar el cuadro a su trastienda. Estaba deseando comprobar la reacción de los contertulios ante la presencia de esta singular pintura. Presentía que podría disipar el poder que estaba ejerciendo sobre él compartiéndolo con sus amistades. Le sorprendió la indiferencia con la que se admitió a estos dos nuevos invitados —el hombre y la bestia sobre el lienzo, colgado éste en la superficie más destacada de la estancia—. Alguien sugirió la posibilidad de colocarlo en el escaparate. Quizá algún cliente caprichoso se hiciera con él. “¡Este cuadro no está a la venta!”, fue la lacónica respuesta de Juan Carlos. El temor a que le tomaran por un lunático impidió al librero referirles sus obsesiones y angustias que le había ocasionado la posesión de este cuadro. Más difícil aún le resultaría, en ese caso, explicarles por qué no quería deshacerse de él, pues ni él mismo podía comprenderlo. Lo cierto es que a partir de aquel día menguaron sus pesadillas y ensoñaciones hasta el punto de quedar todo en un confuso y nebuloso recuerdo.

 

     La mente humana tiende a buscar una explicación para todo, incluso para aquello que parece habitar regiones donde descarrila el entendimiento. El librero quiso creer que su instinto le había guiado hacia su liberación. Amigos, conocidos y contertulios le visitaban regularmente, al tiempo que traían ilusión, entusiasmo, creatividad y un sinfín de nuevas historias. “Si la música amansa a las fieras, la imaginación y la intriga deben de distraer a la bestia” —pensaba. Nadie puede ni podrá jamás acabar con el Mal. Nadie puede matar a la bestia que, en cierto modo, mora en lo más recóndito de cada uno de hombres, igual que siempre hay un hombre en lo más recóndito de la Bestia. A lo más que podemos aspirar es a distraerla, a sosegarla, a domarla, Si acaso, vale la pena intentar acostumbrarse a vivir con ella…

 

En aquella trastienda perdurarán para siempre los ecos surgidos por cientos de anécdotas divertidas, historias improvisadas y narraciones cortas. Como la de aquel tren lento y de ritmo acompasado, que pasa sin detenerse en las estaciones y cuando por fin se detiene, resulta ser una estación sin nombre. Narraciones de árboles centenarios, vecinos de solitarios valles, que siempre tienen algo que contar al viento. Versos sobre los amores eternos en los fondos lacustres del Precámbrico. Historias de viajes a lugares insólitos, a mundos que nunca han existido. Descripciones topográficas de geografías imposibles y olvidadas.

 

Entre tanto, Juan Carlos dirigía de vez en cuando alguna que otra mirada de soslayo al cuadro. Le reconfortaba la sensación que ahora sentía de tranquilidad, como si en realidad el lienzo siempre hubiera estado allí, como si el Hombre y la Bestia fueran dos invitados más, perfectamente integrados a estas charlas informales. Ya formaban parte de un paisaje familiar e inofensivo.

 

Y así continuó una cadena incesante de relatos sobre vidas ficticias y vidas reales; se impartieron conferencias relativas a los recuerdos que nos deparará el futuro y las consecuencias de una inocente guerra de bolas de nieve. Se hablaba sobre esos lugares de paso, donde algunos se quedan a vivir para siempre; de cómo el frío acaba por remitir y dar paso a refrescantes brisas, que empujan a la savia aletargada bajo la piel de todos los seres animados e inanimados. Y, al final, acaban floreciendo briznas de vida entre escorias y escombreras, late con más fuerza el pulso del río y el cielo espejea anhelos renovados de esperanza.

 

Creo recordar que fue uno de aquellos días, cuando nuestro librero.  Tras mirar una fracción de segundo  al cuadro, tomó la palabra y con voz segura, pausada y profunda comenzó a contar una historia que llevaba varios meses macerando en su interior y decía así: “Hijo de rabadán, mensajero e intérprete incansable de la verdad cósmica y salvadora, Tedis Fuvi nació cuando discurría aquella lejana época de los prolegómenos infinitos, en una población algo destartalada y sucia…”

 

Antonio Carmona

 

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