¿Galgos o podencos?

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¿Galgos o podencos?

Pocas veces estuvo más de actualidad la fábula de Tomás de Iriarte, que en los tiempos que vivimos.

 

         "Miré por allí, vuesa merced, se aproximan dos galgos", decía hace pocos años un tal Rajoy (de nombre Mariano). "Que va, que va, este ud tranquilo, son podencos no hay cuidado", le respondía un tal Zapatero (de nombre José Luis).

 

         "El estado del bienestar, que tanto costó  construir, se lo está ud cargando", comentaba un tal Sánchez (de nombre Pedro). ¡Uyuyuy! que disparate!, volvía a la carga el mencionado Sr. Rajoy (ahora subido en el machito).

 

         "No son peligrosos (por los perros), es preciso incluirlos en la lista de especies protegidas", añadía un tal Iglesias (de nombre Pablo). A lo cual (y a lo anterior), les respondía un tal Albert, (de nombre Rivera): reunámonos con ellos y hagamos un picnic.

 

         Y en su aldea, la Sra. Fernández (bautizada como Maite) estaba muy contenta, "mira hasta donde he llegado", pensaba. Miraba su sillón consistorial y se hacía cábalas "¿para qué servirá este armatoste?, ¿donde lo puedo colocar que me haga juego?".

 

         Y a todo esto la ciudadanía, ¿que?. Pues perplejos, desconcertados, anonadados, confusos y desilusionados. "¿Para esto les hemos votado?", pensaban unos. "Son unos sinvergüenzas", añadían otros. Y veían como, poco a poco, todo se iba desmoronando a su alrededor.

 

         Los más jóvenes abominaban de un sistema democrático en el que no se veían reflejados. Y los que tenían ya una cierta edad, miraban perplejos en lo que se había convertido aquello por lo que lucharon sus mayores y en lo que ellos mismos habían creído y defendido.

 

 

         Y en esto estaban cuando los canes enfurecidos, rabiosos, hambrientos y espoleados por sus amos (esa es otra cuestión), les alcanzaron. Pudieron haber escapado, o mejor aún, podrían haberse hecho fuertes y haberse defendido. Pero no lo hicieron. No supieron, no quisieron, quien sabe...

Pepito Grillo

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