La cueva del Lechuga

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Son las 21:44 del Miércoles, 16 de Octubre del 2019.
La cueva del Lechuga

El camino de los “Quinientos Metros” une la aldea de Ventillas con una pista de 22 kms, que va desde el Puerto de Valderrepisa a la Solana del Pino, pasando en primera instancia por la famosa Fuente del Almirez. Nuestro excursionista hoy está solo. Uno de sus compañeros tenía que asistir a una boda, otro tenía unos problemillas con su mujer..., nada serio, lo típico. En fin, se ha levantado temprano como siempre y ahora tuerce a la izquierda en dirección a la Solana del Pino. Pone la radio para entretenerse en algo mientras conduce y los dígitos corren vertiginosos sin encontrar ninguna emisora entre aquellas sierras salvajes y deshabitadas.

El excursionista tiene una casa en la aldea de Ventillas. La noche anterior se reunieron en ella varios vecinos y estuvieron hablando largo y tendido como otras muchas noches ventillanas, sin luz eléctrica, sin televisor y sin otros tantos objetos al uso relativos a la civilización. Se abordó el tema del final de la Guerra Civil en la zona y los últimos “maquis” que aguantaron en las covachas de aquellas sierras hasta que finalmente fueron detenidos por la Guardia Civil. Sin duda fue el “Lechuga” uno de los más recordados en el lugar por sus correrías y aventuras, aunque desgraciadamente no contamos con datos fehacientes para documentar con seriedad a este personaje. Cuevas que al mismo tiempo guarecieron a tantos bandoleros del siglo XIX y anteriores. Por supuesto, las opiniones estaban divididas entre los que describían a estos bandoleros como unos altruistas dispuestos a enmendar las injusticias institucionales de aquellos tiempos (latifundismo, concentración de toda la riqueza en unas pocas manos, miseria, etc.) y los que los tachan de sinvergüenzas, egoístas y siempre dispuestos a beneficiarse de todo lo que les rodea, con el falso pretexto de rebelarse en pos una sociedad más justa. Son las dos caras contradictorias y posiblemente ciertas al mismo tiempo de estos personajes casi mitológicos, que siempre han protagonizado alguna página de nuestra historia.

Durante unos kilómetros ha pasado al lado de la cuidada finca de Cerrocasillas, más adelante cruza el arroyo de Nueveveces, que separa esta finca del Cerro Cervigón. El dial de la radio a veces se para en una emisora de Radio Nacional y se escucha Canto Gregoriano. Más tarde, una voz suena con ese eco dominical característico de recintos amplios y trascendentales: “...No podemos venir aquí a darnos golpes de pecho, a poner caras de víctimas y arrepentimiento, para luego, ahí fuera, seguir nuestras vidas tal como las dejamos, con las mismas envidias, los mismos rencores, las mismas brutalidades cotidianas. Es ahí fuera donde tenemos que cambiar...” Pero una multitud de interferencias hace imposible seguir la locución, por lo que el excursionista decide finalmente poner su música, al tiempo que pasa junto a la gran Casa de Nueveces. En ese momento salen por el camino de la casa seis o siete todoterreno de lujo, seguidos de un deportivo de la marca Porsche. La casa debe tener innumerables habitaciones, cada una con su chimenea y está toda ella pintada en unos colores desagradables y chocantes con el entorno. Pasa despacio al lado de unas ruinas de varios caseríos al lado del camino, sobre los que ha preguntado en varias ocasiones a los lugareños e increíblemente nadie sabe nada sobre quién vivía allí, cuándo dejó de ser habitado, etc. La que sí está habitada es la Casa de Coquiles, unos kilómetros más allá, y el Cortijo de la Nava a unos quince kilómetros de Ventillas, donde hay que desviarse a la izquierda para tomar un camino que nos lleva muy cerca del Estrecho de Valdoro, es decir, la garganta que traza el río Montoro a su paso entre las sierras de Valdoro y Solana para salir al Valle de Alcudia junto al Molino Flor de Rivera. Este estrecho alberga muchas cuevas y abrigos, pero una de ellas está en la misma entrada sur del estrecho y desde ella se debe controlar una extensa panorámica del valle del Montoro.

Tras cruzar el río hacia su margen oeste, vertiente del estrecho en que se halla la cueva, comienza a subir a pie un sendero que le lleva hasta la misma. Ésta tiene un rellano amesetado frente a su puerta, rematado en sus bordes con un escalón de unos dos metros. La entrada es magnífica y espaciosa, de unos cuatro metros de altura por diez de ancho. Junto a la entrada hay una gran roca con su cara superior plana, que el excursionista usa a modo de mesa y sobre ella coloca su mochila y comienza a sacar el plano topográfico, el GPS, la cinta métrica, los prismáticos, el bocadillo de chorizo, las naranjas, etc. La cueva está perfectamente orientada hacia el Sur y se va estrechando conforme te introduces en sus once metros de profundidad, sin embargo es una cueva muy iluminada en su interior debido a su orientación y a la disposición de sus paredes. “Si tuviera que vivir en una cueva, elegiría ésta” —piensa el excursionista, y junto a la mesa de roca granítica, echa mano a los prismáticos y comprueba lo bien controlados que tendría el “Lechuga” a cualquiera que pretendieran acercarse al estrecho para echarle el guante. Abre su cuaderno de notas y escribe: “Cueva del Lechuga, en la hoja cartográfica 835, con las coordenadas 38º 30.014´N y 04º 11.665´W, a 860 metros de altura, en el término municipal de Hinojosas de Calatrava”. Luego se dedica a merodear por los alrededores intentando encontrar algún resto cerámico o lítico que le pueda dar alguna pista sobre una antigua ocupación de la cueva, aunque sin fortuna (o buena vista). Por un lateral de la cueva se puede subir una rampa hacia un mirador desde el que se observa de maravilla buena parte de la imponente garganta. Al bajar la rampa ve algo en el interior de una de las múltiples grietas que presenta la pared ciuarcítica: es un pequeño zurrón de cuero. Lo abre con cuidado, pues su estado es deplorable y halla en su interior unas hojas amarillentas enrolladas. Se dirige hacia su mesa de operaciones en ese balcón natural y soleado que hay frente a la cueva y extiende las hojas delicadamente sobre la mesa pétrea. Son unas hojas manuscritas con una serie de poemas sobre la naturaleza, viajes, etc. Pronto le llama la atención uno titulado “SIERRA MORENA” y que dice así:

“Toro gris de Luna Llena,

agua clara y montaraz,

virgen de soledades y piedra.

¿Qué te contó la aliseda?

Secretos que resuenan

entre bóvedas de adelfas,

cuentos con olor a jara

y que saben a tierra.

Sierra gris de espuma quieta,

mirada torva de alma en pena,

senda muerta en estío.

¿El mar adónde queda?

Recuerdos de aquel valle

salpicado de encinas,

sueños de altas crestas

sin vocación marina.

Lobo vil a duras penas,

sobre el lomo una mochila

y el hombre en su guarida.

Dime: ¿Aúllas o cantas?

Hay una garganta

que hacia el Norte mira,

hacia el Sur, un camino

y un enebro con espinas.

Toro gris de Luna Nueva,

mirada torva de alma en pena.

Cuentos con olor a jara

y que saben a SIERRA MORENA.

¿Y el mar...?

¿Y la aliseda...?”

El excursionista piensa que seguramente debió de pertenecer a algún bandolero o algún “maqui”, que no tuvo más remedio que huir a toda prisa, dejando abandonado este preciado tesoro, cuyo valor literario deberá ser dictaminado por un entendido. Desgraciadamente ninguno de los manuscritos está firmado, ni tiene fecha, por lo que nunca sabremos el nombre de su autor. Lo guarda todo con mucho miramiento en su mochila y se dispone a volver al coche.

Son algo más de veinte minutos los que se tardan desde el Estrecho de Valdoro a la aldea de Ventillas. La radio sigue sin escucharse bien, por lo que continúa sonando un antiguo tema de Rock Sinfónico. En concreto el tema “Crime of the Century” con unos acordes secos e insistentes de piano, como si estuviera recitando un listado de atrocidades, de olvidos inexplicables, encuadrados en una percusión lenta, pesada, intencionadamente monótona, sobre la que finalmente acaba asociándose el sonido cristalino y melancólico de un saxo, que parece arrepentido, deseoso de encontrar una excusa que le lleve a creer que, a pesar de todo, aún existe una esperanza. Se diría que la música llena en ese instante el paisaje que le rodea de quejigos, robles, arroyos y montañas.

“Ya no se hace música como ésta” —–piensa nuestro excursionista y, un segundo después, repite la misma frase en voz alta: —“¡Ya no se hace música como ésta!” — se da cuenta de que acaba de decir justo lo que siempre había reprochado a las personas mayores, cuando él aún era un chaval. Y comprende que los pensamientos apenas cambian con el paso de los años. Seguramente es él quien ha cambiado y ahora se siente un poco más viejo.

Antonio Carmona

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