La leyenda del Guerrero

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Gastronomía

Son las 17:46 del Sábado, 26 de Septiembre del 2020.
La leyenda del Guerrero

Escrito publicado en redes sociales de la Plataforma Vive Puertollano:

 

A finales de la década de los años cincuenta la calle San Gregorio recorría el camino que llevaba desde el paseo hasta la ladera del cerro de Santa Ana. Las puertas de las casas permanecían abiertas durante los calurosos veranos de Puertollano. Eran otros tiempos.
María, su hermana y su madre acudieron raudas a la casa de sus primos, situada al lado de la suya. Algunas vecinas se unieron a la comitiva, advertidas por el llamamiento de su madre. Al pasar a la vivienda de sus primos, la pequeña María se apartó de su madre y de su hermana, atendiendo al instinto curioso que despertaba en su interior la presencia de un peculiar personaje en el interior de la casa. Las vecinas se arremolinaban a lo largo del pasillo que conducía al patio.
Leocadio Guerrero se encontraba sentado en el centro del patio, con los pies descalzos hundidos en una palancana llena de agua con sal que había preparado su tía. La niña se acercó, atraída por la melena que lucía el hombre y la túnica blanca que vestía, de un color blanco radiante, que reflejaba los rayos de luz que se colaban a través de la estancia abierta.
Guerrero se percató de la presencia de la pequeña, sin querer darse cuenta de la comitiva que la acompañaba. El hombre levantó la mirada, dirigiéndola a los ojos de María. La niña percibió dulzura en las pupilas de aquel personaje del que todo el pueblo hablaba y se sintió tranquila, ya que había oído muchas historias sobre él. Ahora ella sentía paz y esa serenidad que solo las personas de bien son capaces de transmitir. Toda esa mezcla de sensaciones florecían gracias a la forma en que aquel hombre la observaba.
Sin pronunciar palabra, Leocadio estiró su mano sin levantarse hasta alcanzar un macuto de cuero situado a los pies de su asiento. Introdujo su otra mano dentro del mismo, siempre bajo la atenta mirada de María, que intuía que aquella bolsa debía tener un cierto peso, ya que el hombre hizo una mueca de esfuerzo al levantarla.
La niña miró de reojo a su madre y a su hermana mayor, que observaban la escena con atención desde un rincón a la sombra en el pequeño patio. Cuando volvió a dirigir sus pupilas hacía el hombre, vio como este le ofrecía con el brazo estirado una estampita de una virgen. María tomó la imagen impresa y le dio las gracias al señor de la larga cabellera, recibiendo un callado gesto de asentimiento como respuesta.
La cría dirigió sus pasos hacia el rincón donde se encontraban su madre y su hermana, mientras el hombre se levantaba del pequeño taburete y sacaba sus pies descalzos y ya menos hinchados de la palancana que presidía aquel improvisado cónclave vecinal de la calle San Gregorio.
Su tía le ofreció un vaso de agua y un par de piezas de fruta al hombre. Guerrero dio buena cuenta del líquido y tras un educado gesto de agradecimiento a la mujer tomó las viandas, introduciéndolas en su bolsa de cuero. Después de recorrer el pasillo de la casa y sin pronunciar palabra alguna, no sin antes dedicar un gesto de despedida a todos los allí presentes, Leocadio reanudó su camino, agachando la cabeza y dirigiendo su mirada hacia el final de la calle, que le acabaría conduciendo a la ladera del cerro de Santa Ana.
María siguió atentamente los pasos de aquel hombre, que caminaba descalzo, con la túnica blanca cubriendo su espigado cuerpo y su larga melena, que caía por su espalda y se movía parsimoniosa al compás del ritmo marcado en su ascenso, buscando uno de los refugios que el cerro había sabido prestarle sin pedir nada a cambio.
El paso del tiempo no hizo mella alguna en el recuerdo de aquel encuentro de María con Guerrero. Buceando entre los objetos de cualquier cajón de su casa y después de toda una vida en Puertollano, con sus luces y sus sombras, la que fue niña y ahora es mujer madura curtida en cientos de batallas cotidianas, encuentra casualmente la estampa que aquel día le fue entregada. Al observar la imagen de la virgen y la oración impresa en su reverso, María recuerda como aquel día encontró la paz en la mirada de aquel hombre, como un gesto tan sencillo pudo dejarle tanta huella y como un instante de tiempo se puede transformar en toda una vida.
La historia de María se ve reflejada en muchos puertollaneros y puertollaneras que conocieron o tuvieron algún encuentro con Leocadio Guerrero, el anacoreta que plasmaba su existencia en la contemplación y en la lectura, al que muchos encontraban caminando descalzo hacia el cerro de Santa Ana por cualquiera de las calles que serpenteaban hacia ese enclave del pueblo, siempre aseado, vistiendo su túnica blanca y luciendo su larga cabellera allá por donde discurría su alargado semblante, siempre educado y agradecido con aquellos que le ofrecían agua, cobijo y comida.
Mucho se ha contado sobre este personaje, muchas cosas ciertas y algunas no tanto, incluso detalles que nunca conoceremos y que incluso sus propios descendientes directos desconocen. Todo este anecdotario y la propia esencia de su personalidad, discreta a la vez que educada, quijotesca y misteriosa, han hecho que la leyenda del “Guerrero” de Puertollano perdure hasta nuestros días.
✳️ ACLARACIÓN: La fotografía que acompaña al texto de la publicación ha sido cedida por parte de las bisnietas de Leocadio Guerrero, siendo la primera que se publica hasta la fecha. Desde estas líneas queremos expresar nuestro agradecimiento a sus descendientes por toda la información que nos han aportado y por la cesión de su imagen. La historia que contamos en la publicación es totalmente verídica y ha sido corroborada.
 
 

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