La otra navidad

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Son las 07:56 del Sábado, 7 de Diciembre del 2019.
La otra navidad

 

 

A juzgar por las bolas, los espumillones, la nieve artificial —¡siempre artificial!— sobre el cristal de la ventana y demás zarandajas, debe ser Navidad. La Navidad es triste porque…

—¿Te encuentras bien?... ¿Necesitas algo?...

La miro sin acabar de comprender a qué viene esa pregunta. Además… ¿quién es?

—¡Que si te encuentras bien!

Ahora la escucho con más nitidez. Me suena su cara. Hay quien piensa que estoy cada vez más sordo. Quizá no les falte razón. Aunque lo cierto es que “pierdo el hilo” con demasiada frecuencia, como solía decir mi padre. Bueno, ahora la he oído perfectamente, y también he percibido el estrépito de mi propia respiración. ¡Claro!, por eso precisamente me está preguntando esta mujer que si me encuentro bien. A veces me dejo llevar por mis pensamientos, y los vivo con tal intensidad que la emoción aumenta mi ritmo cardíaco y me provoca un ligero sofoco. Al escuchar este jadeo —¡mi jadeo!— se me ha venido a la cabeza la imagen de un fuelle de fragua avivando ascuas. Como si las ascuas fueran recuerdos.

 

No sé por qué tiene nadie que adornar mi estudio con motivos navideños. Lo prefiero tal cual: libros, luz y austeridad, como siempre. La Navidad es triste porque evidencia el paso del tiempo con más contundencia que otras épocas del año. Hablando de tiempo, no sé cuánto hace que no me doy un largo paseo por las calles de esta ciudad. De buena gana me iría ahora mismo a recorrer sus avenidas de niebla. Pero no creo que me dejen. Tampoco estoy seguro de que me atreva, en el improbable caso de que me lo permitan. Prefiero no intentarlo. ¡Es todo tan confuso! La última vez me perdí y no fue por la niebla. Recorría las calles con paso seguro. Una joven morena y risueña me saludó en un semáforo al otro lado de un cruce e incluso me pareció reconocerla. Entonces hice mentalmente una sencilla cuenta aritmética para relacionar las edades —la suya y la mía— y… NO podía ser ella. No, no era ella. Creo que me orienté bastante bien por las calles, pero quizás me confundí de ciudad. No, no era esa ciudad tampoco. Seguro que no. Ni era ella…

 

En la otra ciudad, yo fui niño y había una ventana con los cristales cubiertos de escarcha. Me gustaba jugar a derretir el hielo calentando una moneda en una estufa de leña, para luego aplicarla sobre la superficie de cristal. Así se plasmaba un círculo lo suficientemente grande como para ver la calle, la gente, el frío, el cielo, el mundo entero a través de aquel agujero. O quizá eso en realidad le pasó a un personaje de un cuento de los Hermanos Grimm, y no a mí. Lo mismo da. Hay historias que las haces tuyas y las recuerdas como si tú mismo las hubieras vivido. También hay otras historias que has vivido y prefieres olvidarlas. Además, los Hermanos Grimm me saben a Navidad. Huelen a Navidad los tebeos de Flash Gordon, de Asterix, de Snoopy, la Colección Dumbo, y el libro “Dime Cómo Funciona” o “Los Grandes Inventos”, y todos los demás libros de viajes, naturaleza, geografía física y mapas que aún conservo con alguna que otra mancha de chocolate y sobrasada. Aun así, siguen oliendo a Navidad. Y la Navidad —no sé si ya lo he dicho antes— es triste porque evidencia el paso de tanta gente por el tiempo…

 

En aquella ciudad —o en ésta, no sé— yo era un niño y un adolescente que caminaba a paso rápido por las aceras, pisando las baldosas rojizas de cuatro en cuatro, porque las blancas representaban un profundo abismo. Echaba carreras imaginarias con unos transeúntes que no sabían que estaban participando en mi competición. Casi siempre ero yo el que cruzaba primero por la meta que sólo yo veía, entre el quiosco y la señal de tráfico. Había un gran colegio con curas buenos, curas malos, un cocinero con una debilidad inconfesable por la carne tierna e inocente, grandes patios, una gran iglesia y un cine oscuro y destartalado. En una ocasión, un profesor me echó una bronca monumental. Me acababa de corregir una redacción y había subrayado por triplicado las dos primeras palabras en la frase: “A mí lo que más me gusta de la Navidad….”

—¡A mí, a mí, a mí…! ¡Nunca se debe comenzar una redacción con “a mí”. ¡Muy mal!... El resto, sin embargo, está bastante bien. Tienes madera de escritor. ¡Sigue así!—. Desde entonces procuro comenzar mis escritos evitando el “a mí” y tocando madera.

 

También aprendí a tocar la guitarra en el despacho de otro sacerdote. Éste individuo tan peculiar era un auténtico pozo de sabiduría. A veces se unía a nosotros una profesora de primaria con un cabello perfumado de oleaje y unos ojos que producían vértigo. Entonces ambos me invitaban amablemente a que siguiera practicando en mi casa aquel arpegio que empezaba a dominar y allí se quedaban ellos dos solos. “Ya puedes irte a casa. Lo estás haciendo muy bien. Tienes madera de músico.” Luego supe que mi sacerdote favorito era en realidad un devoto de los deportes de riesgo, del oleaje y del vértigo. Yo aún conservo la guitarra y de vez en cuando la toco, es decir, paso la mano por su superficie pulida de madera barnizada.

 

También recuerdo a un joven —quizá fuera yo mismo— que vivía en la ciudad más grande de todas. Un buen día de Navidad se sintió tan solo que decidió huir. Huyó con nocturnidad y alevosía, dejando estudios a medias, trabajos a medias, vidas a medias. Huyó en metro, en autobús, en tren y no descansó hasta que pudo ver por el rabillo del ojo como dejaba atrás una gigantesca cúpula de luz titilante y de bruma espesa. Y por fin llegó a esta ciudad, donde continuó su vida, sus estudios, y un trabajo que le embotaba las manos con un dolor placentero al final de cada jornada de taller…, para finalmente volver a dejarlo todo a medias, pues no hay navidades suficientes en el calendario como para completar la vida de nadie. Con el paso del tiempo —la Navidad, creo haberlo mencionado antes, evidencia el paso del tiempo con una gran contundencia, y por eso es tan triste— te vas dando cuenta de que lo que realmente te angustia es que todo acabe en nada.

 

De un tiempo a esta parte me cuesta más recordar lo que pasó después. Hubo un matrimonio y una casa recién estrenada. Hubo niños, tortugas, peces, perros… Tenían nombres… Tantos detalles acaban por desgarrar la memoria, y por eso tengo que echar mano del fuelle de fragua para avivar las ascuas. Resulta que hay lugares en el mundo donde no saben qué es, ni jamás oyeron hablar de la Navidad. En algún lugar recóndito del Amazonas, supongo,  o en Corea del Norte. El mundo es lo suficientemente grande para que ocurran cosas así. Ni yo mismo reconozco ya la Navidad en esta sociedad de bazares chinos, donde han sustituido los jarrones excesivos por portales de belén en oferta. De ahí mi sofoco, y el ritmo cardíaco acelerado, y la tensión por las nubes… Algo no debe marchar bien, pues o bien jadeo o me olvido de respirar sin darme cuenta, y necesito concentrarme para respirar con normalidad… La Navidad es triste porque evidencia el paso del tiempo,  evidencia —no sé si ya lo he dicho antes—el paso de tanta gente por el tiempo… Y esta mujer —me suena su cara, pero seguro que no es la morena del semáforo—, esta mujer que no me deja en paz con tantas atenciones.

 

—¿Te encuentras bien?... ¿Necesitas algo?... Bueno, ahora descansa que esta noche tienes que estar fuerte —me indica con un tono persuasivo y aleccionador, casi regañándome—. Ya sabes que hoy cenamos juntos y en familia, como todos los años por estas fechas, PAPÁ.

 

Antonio Carmona

Antonio Carmona

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