Paisajes no caminables

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Son las 06:55 del Sábado, 27 de Noviembre del 2021.
Paisajes no caminables
     El camino que lleva a la recuperación del camino público, a nuestros caminos y a nuestro patrimonio, es un camino tortuoso, un galimatías jurídico, un Laberinto de Creta en el que siempre triunfa el Minotauro. Hablas por ahí con algunos que intentan domarlo para comprobar que han salido trasquilados (“Mentiras que ganan juicios tan sumarios que envilecen”). Lo intentan con todas las de la ley y quizá ese es el problema que la ley, la Nación (“¡País!”, que diría Forges) hace ya mucho que dio la espalda a esta complicación y le pasó el marrón (¡porque esto es un marrón de muy señor mío!) a los pueblos, a sus ayuntamientos y alcaldes, incentivando así el vaciado de la “España Vaciada”. Hablas por ahí con alcaldes que litigan, que se pasan la vida litigando sobre el asunto y acaban frustrados, quemados. Ya ni siquiera desean hablar del tema. Lo dan por zanjado, es decir, por perdido. 
 
     Para que un ayuntamiento recupere sus caminos, a día de hoy, no le queda más remedio que hacer las cosas bien. Si es posible, mejor que bien, para no acabar como el Camino de Andalucía desde El Hoyo o tantos otros que constituyen un patrimonio perdido ya para siempre con sentencia firme. En primer lugar hay que elaborar un inventario. Un Inventario de Caminos, como Dios manda, conviene encargarlo a una empresa profesional y especializada que repare en los caminos históricos y cartografiados en mapas topográficos con solvencia (esto supone una inversión económica). Luego viene la etapa de Publicación y Depuración, seleccionando aquellos tramos más interesantes para el término. Durante estas fases y las venideras es imprescindible la colaboración de un equipo jurídico (¡más dinero!). Cuantos más datos y detalles se aporten, más posibilidades hay de que un juez dictamine una sentencia favorable. De ser éste el caso, se procederá, en el Registro de la Propiedad, a la inscripción de dichos caminos para la titularidad del término municipal en cuestión (¡mucho más dinero!). De este modo el ayuntamiento consigue con todas las de la ley su Catálogo de Caminos Públicos, de los que ahora, por cierto, se hace responsable de todos los gastos de deslinde y mantenimiento (¡mucho, muchísimo más dinero!). Bastante tienen estos pequeños pueblos con sus problemillas cotidianos, como quedarse sin asistencia sanitaria y tantos otros servicios de primera necesidad, por poner un ejemplo.
 
     Entre tanto, Castilla la Mancha aprueba una ley “pionera” (¡toma ya!) contra la despoblación. Para que no se nos deshabiten esos pueblos que participan en concursos sobre cuál es el más bonito, el más atractivo para una escapada. Pueblos con paseos ribereños que van a dar a una hoz espectacular, pueblos con un volcán, o con restos arqueológicos de primer orden, o infraestructuras mineras de nuestro pasado, o pinturas prehistóricas, o formaciones geológicas, o parajes únicos… Tienen, en definitiva, cientos de enclaves que NO se pueden visitar, porque más allá del último descampado, en los alrededores del pueblo, hay un perímetro que los aísla, un cordón sanitario (y este sí que funciona) que salvaguarda al propietario de cualquier incursión de indeseables por caminos que llevaban siglos siendo públicos y que en cuatro días se han desvanecido para siempre. ¿Alguien de los que han participado en la redacción de tan pionera ley ha salido de verdad al campo?... ¿Conoce de primera mano sus problemas?... ¿Ha visitado periódicamente los enclaves de los que alardea en sus folletos turísticos?... ¿Sabe en qué estado se encuentran los paneles interpretativos, la señalización o si el acceso está “permitido” de facto?
 
     Sean bienvenidas cuantas leyes se promulguen a favor de las áreas rurales, aunque más nos valdría que fueran leyes efectivas, en vez de leyes pioneras o efectistas. Es posible que ni siquiera haga falta ley alguna, si simplemente nos ocupáramos de cumplir y hacer cumplir las antiguas que, por cierto, vemos pisotear por toda nuestra Ancha Castilla, con cañadas anchas pero de accesos bloqueados o cañadas reducidas a unos exiguos 70 centímetros de ancho, tras sufrir la implacable dieta de la usurpación y la codicia impúdica e impunible. En nuestros cursos fluviales no se respetan los cinco metros de servidumbre más allá de la última crecida, ni siquiera en los montes públicos. ¡Y no pasa nada! Vallas que no cumplen las normas de biodiversidad a sabiendas de que nadie va a atreverse a decir ni pío, selección y depuración de fauna y flora, siguiendo ciertos intereses (económicos, claro), etc, etc…
 
     Sean bienvenidas cuantas nuevas rutas se inauguren: rutas volcánicas, carboníferas o mineras. Aunque más nos valdría mantener, consolidar, rematar y dar a conocer las ya instauradas. La Ruta del Quijote se proyectó con el lema “Mil kilómetros para mil ideas” (consultar hemeroteca). Pasados seis meses, aquello acabó en 2.500 kilómetros y ni puñetera idea de por qué se antepuso ese “café para todos”, la chapuza, la gran carpa de presentación con jugosas viandas y refrigerios a tutti pleni para autoridades, políticos, prensa y demás personajes influyentes a inmortalizar en “la foto”. En realidad, todo se antepuso al primer proyecto de elaborar una auténtica Ruta de Don Quijote, que en la actualidad tiene sus paneles interpretativos y señalizaciones en estado de ruina, quemados por el sol y por los suelos. No existe una página oficial de internet sobre la ruta, ni una capa digitalizada sobre Google Maps con los diferentes trazados, como ocurre con muchas rutas en otras autonomías. Hay aspectos sagrados en la manera de actuar de nuestra Junta, pero ninguno de estos aspectos es, sea cual sea el color político que lo presida, ni el mantenimiento ni la constancia.
 
     Tenemos el Parque Natural Valle de Alcudia y Sierra Madrona en el sur de nuestra provincia (tampoco aparece en Google Maps, por cierto). No hablaré aquí de su valor y encanto. Eso ya lo he hecho cientos de veces, siempre que tengo ocasión. Si diré que ya hay por ahí quien lo llama el “Parque Sobrenatural”. Supongo que se refieren a que es un parque “fantasma” con escasísima señalización, ninguneado por una Administración que no parece interesado en el proyecto. Un Parque Natural en el que los autóctonos, ante esa extrema penuria de señalización, hacen de Cicerone: Sí, hombre, sí. Allí se va por ese camino, luego a la derecha y luego, si te dejan, subes por la monda.” Porque también tenemos autóctonos empeñados en interpretar a rajatabla el papel de “espanta-turistas”, incluso en rutas hacia enclaves declarados BIC, con todas las bendiciones legales. Un Parque, en definitiva, donde lo poco que se consigue hacer, nos consta que se hace a pulmón, luchando contra todos y contra todo con lanza en astillero, yelmo de Mambrino y a lomos de rocín flaco (¡pero flaco, flaco!), que es como acaba luchando en nuestra querida tierra cualquier hijo de vecino que se empecine en tomarse las cosas en serio, desfaciendo agravios y enderezando entuertos. 
 
     ¡O mejor NO! Que no sean bienvenidas ni más leyes ni más rutas. Dejemos ya de congratularnos por algo venidero, cuando todo lo sembrado se está marchitando antes de espigar. Nadie se ocupa de regarlo, ni de abonarlo. Hagamos todo de modo diferente, aunque solo sea por ver qué pasa. Apoyemos, por ejemplo, a ese alcalde que se está esforzando por llevar adelante un proyecto sugestivo en su término, sea del partido que sea (ya sé que eso es pedir un imposible). Llevemos a cabo planes eficaces, que no tengan por qué suponer una gran inversión, aunque eso conlleve deslucir el “escaparate” del gobierno de turno. Dejemos de ser tan como somos, como siempre hemos sido. Levantémonos de nuestras poltronas y salgamos a caminar, a conocer nuestros campos, nuestras gentes (aunque no se celebren elecciones) y nuestro patrimonio. Comencemos a hacer las cosas medio bien, a ver si así conseguimos que nuestros paisajes sean caminables. 
   
Antonio Carmona

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