Transbordo

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Son las 22:03 del Miércoles, 16 de Octubre del 2019.
Transbordo

¡Otra vez el mismo sueño! Ha sido un sueño recurrente desde que tengo uso de razón. ¡Con lo bien que me oriento durante la vigilia! No recuerdo haberme perdido nunca, ni durante las largas excursiones en el campo, ni en los laberínticos trazados de las ciudades. Puedo enumerar de memoria y en orden todas las estaciones de cualquier línea de metro. Me llevo bien con los planos callejeros y los mapas topográficos. Sin embargo,  en este sueño las estaciones no tienen nombre, las puertas del vagón nunca se abren o lo hacen justo cuando no deberían: En mitad de un túnel, por ejemplo.

A veces experimento ligeras variantes que lo convierten en pesadilla. Puede ser que ni siquiera me introduzca en un vagón de metro, sino en un ascensor… Sin embargo, el ascensor no se mueve de arriba a abajo, como haría cualquier ascensor en la vida no onírica, sino en horizontal. Entonces, siento cierto temor —percibo la compañía de alguien, aunque no sé de quién se trata—. Más tarde acabo por aceptar, sin más, que en realidad estoy viajando en un vagón de metro. El convoy se detiene en estaciones que no conozco. Estoy realizando el trayecto de una nueva línea representada en negro sobre el planillo sudoroso que arrugo en mi mano. Nos bajamos impelidos por una decisión espontánea e irracional en una gran estación repleta de ruidos y personas, quizás para llevar a cabo un transbordo,  —el nombre de la estación está rotulado sobre las paredes pero, por algún motivo, me resulta ilegible, o alguna columna se interpone en el campo de visión—. Cuando intentamos dirigirnos —sigo percibiendo la presencia de alguien junto a mí— a las correspondencias con otras líneas, volvemos invariablemente al mismo andén. ¡Ansiedad! Durante el transcurso del sueño — ¿o puede que en ese momento ya no esté tan dormido?— opino que todo es una representación simbólica de algo obvio y casi tangible.

Mi temor va en aumento. Comienzo a fijarme en otra gente que también deambula sin rumbo por los pasillos. La luz es amarillenta. Hay entre ellos un niño de pérfida mirada. Pienso en la palabra “pérfida” durante el trayecto. ¿Pero, quién me acompaña en este ensueño?... Algunos pasillos subterráneos apenas están iluminados. Tengo una espantosa sospecha, precisamente por eso no me atrevo a mirar a mi lado, ni a mi espalda. No quisiera confirmar mi recelo. Siento su aliento en mi nuca y su mirada clavada en mí. Me aterra la idea y disimulo como puedo, entretenido en interpretar el trasfondo de la pérfida mirada del niño. Yo le sonrío en un intento desesperado por caerle bien. Seguramente la palabra “pérfida” la he leído no hace mucho en algún libro, y me tiene obsesionado. Algunas veces me ocurre.

Una vez en la superficie exterior —conseguimos, aún no sé cómo, salir a la calle—, me paro para hablar con personas a las que no conozco o creo que no conozco, mejor dicho. Tengo prisa. Quiero llegar a casa cuanto antes. Mis esfuerzos por concluir la conversación y marcharme son en vano. Estas personas sí que me tratan como si me conocieran de toda la vida y, durante el trascurso de la conversación, comienzo a sospechar que posiblemente sea así. En un paso de cebra me he cruzado con una chica joven y preciosa. Me ha dedicado una mueca cómplice. No sabría decir qué hay de familiar en ella que me reconforta. Posee ese ademán de superioridad, pero sin afectación, con que te dota una juventud bien llevada. “¿No se te habrá olvidado hoy tacharlo?”, me pregunta, casi riendo, desde la acera de enfrente sin apenas volver la cabeza.

¡Pero hoy todo ha cambiado! Todavía no he decidido si el sueño que tuve anoche me sirvió de alivio o no. Sí puedo asegurar que su trama y contexto fue completamente distinto. En ningún momento me sentí perdido, ni podría ser catalogado como pesadilla. Sabía a ciencia cierta hacia dónde me dirigía, las palabras eran legibles y las conversaciones tenían sentido. Me he despertado con la sensación de haber dado comienzo a una nueva etapa de mi existencia.

 Lástima que la ilusión se me haya desvanecido a los pocos minutos. Habría resultado estupendo, si no fuera porque al dirigirme a la calle, como hago cada día, me ha parecido que mi calle era una calle extraña, que yo mismo era ajeno a mi calle, a mi domicilio, si comprendéis lo que quiero decir. Me he topado con conocidos, familiares y amigos que me ignoraban o, al mirarme, miraban más allá de mi presencia. Me es imposible calcular el tiempo que llevo en esta inacabable vigilia. Seguro que me está ocurriendo esto por haber olvidado tachar el día en el calendario, colgado en la pared de mi despacho, como hago cada mañana. También a día de hoy, aunque bien despierto, recorro largas galerías de luz amarillenta y, por cierto, me divierte acompañar a alguien en su recorrido, o poner caras de niño con pérfida mirada a los viandantes. ¡Imaginaros qué locura! He llegado incluso al punto de sorprenderme a mí mismo preguntándome en voz alta… ¿Qué digo?... ¡Gritando!: “¿Quién diablos está soñando este maldito sueño en el que yo ahora habito?”

Antonio Carmona

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