Viajando en bicicleta por el Sudeste asiático

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Son las 05:50 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
Viajando en bicicleta por el Sudeste asiático

Aún no soy muy consciente pero hace ya dos meses que he vuelto de este gran viaje, tres meses recorriendo el Sudeste asiático en bicicleta en solitario, un viaje que por cierto he ido contando en el Instagram @dosruedasdospedales. Me acuerdo de esas primeras palabras que me decía la gente, ¿pero estás loca? ¿por qué te vas tu sola? ¿y tanto tiempo? Ten mucho cuidado.

 

Así fui al aeropuerto de Barajas a comenzar esta aventura, con más miedo que otra cosa. Creo que es normal, el miedo a lo desconocido es algo difícil de controlar. Sin embargo, una vez que puse los pies en tierras Tailandesas, donde pensé que todo iban a ser problemas y que me iba a resultar muy complicado llegar al alojamiento que tenía reservado para pasar mis dos primeras noches, resultó todo lo contrario. Viajaba con una alforja como maleta de mano, con una mochila y con una caja casi más grande que yo en la que iba mi querida Pegasus, mi bicicleta. 

 

Mi pensamiento inicial era empezar recorriendo el sur de Tailandia y sus playas, pero cuando llegué a Bangkok, aún estábamos en época de monzones. Llovía mucho por el sur y prácticamente todos los días había tormentas eléctricas. Decidí cambiar el plan y comenzar por el norte del país, en ese mismo momento me di cuenta que mi viaje iba a estar ligado a la improvisación y era mejor no planear nada. La primera semana del viaje, cuando llegaba al destino que había decidido el día anterior, me pasaba horas delante del móvil buscando la ruta iba a seguir el día siguiente, acercando el zoom al máximo de Google Maps para intentar comprobar cómo eran los caminos: si eran carreteras asfaltadas o sin asfaltar, o si se trataba de caminos. Mientras montaba en bici iba mirando a todos lados por si acaso aparecía una serpiente, o incluso un lagarto enorme (me pasó muchas veces). Iba alerta a todo, no estaba disfrutando la ruta, ni de los paisajes, ni de los templos que me encontraba por el camino.

 

Pero pronto me acostumbré a los animales, a no llevar la ruta planeada, a que no todo saliese según lo esperado. Sabía que quería llegar a Chiang Rai (en el norte de Tailandia), para cruzar ahí la frontera con Laos. Así que empecé a dejarme llevar, cuando alguien me recomendaba visitar un sitio, aunque me tuviese que desviar del camino más directo, seguía el consejo.  No tenía prisa, quería disfrutar y conocer la cultura tailandesa.

 

Esta fue mi primera parte del viaje, mi toma de contacto, en la que empecé a comprender el país y a entender a sus gentes. Entendí que era normal que la gente te ofreciese su casa para dormir, que cuando paraba en una tienda a comprar agua la mayoría de las veces no me dejasen pagar y, además, me ofrecían algo de fruta para reponer energías.

 

Y así pasé al país vecino, a Laos, donde noté un gran contraste nada más cruzar la frontera. Las vacas estaban por todas partes, tenían prioridad en las carreteras principales, los pueblos eran diminutos, por no decir que eran simplemente casas sueltas. Un país que aún sigue teniendo una dictadura comunista, y se notaba. Pero la gente era feliz, los niños gritaban Sabaidee (hola en laosiano) a mi paso y la hospitalidad seguía siendo igual. Nada más entrar en Laos pasé dos días en un barco para evitar las grandes montañas del norte, ahí me dio tiempo a conocer a gente maravillosa que a día de hoy seguimos teniendo contacto. Pegasus viajaba en el techo del barco atada con unos pulpos.

 

Cuando llegué a la capital,Vientián,un chico francés que llevaba seis años viviendo ahí me acogió en su casa, me recomendó un sitio de escalada y me dijo que no podía saltármelo, que si me gustaba la naturaleza era un sitio ideal. Seguí su consejo y fui. Descubrí que me encanta escalar, fue uno de los grandes descubrimientos de este viaje y ahora estoy practicando este deporte en España. Además, ahí conocí a Pere, un chico que me acompañaría en mi viaje en bicicleta alrededor de 20 días y con el que recorrí el sur de Laos y parte de Camboya.

 

Ya me había acostumbrado totalmente al Sudeste Asiático, desayunaba arroz o noodles, me guiaba por las horas de sol y los días parecían eternidades porque mi rutina estaba llena de anécdotas. Continuamente estaba conociendo a gente, me di cuenta que viajar sola era sinónimo de estar casi todo el tiempo acompañada. La gente se me acercaba a hablar curiosa y las amistades eran en muchas ocasiones tan intensas que parecía que nos conocíamos desde hacía mucho tiempo.

 

Terminé mis andanzas por Laos, que lo había recorrido de norte a sur y pasé a Camboya, donde una vez más, el contraste fue brutal incluso en la frontera. Desgraciadamente la corrupción afloró desde el primer momento y nos hicieron pagar, de manera ilegal, algunos dólares para dejarnos pasar al país.

 

En ese momento llevaba más de dos meses de viaje y estaba ya acostumbrada a las adversidades que pudiesen surgir en el día a día. Seguí la ruta, en un país en el que los Jemeres Rojos habían matado hace tan solo 40 años a una quinta parte de la población en tan solo tres años. Eso se notaba, había mucha más pobreza y muchos más niños trabajando. Las carreteras también fueron las peores, la carretera principal no estaba totalmente asfaltada. Según avanzabas podías ir por un tramo asfaltado y de repente diez kilómetros de carretera sin asfaltar, el problema es que las leyes de conducción tampoco parecía que estuviesen muy reguladas y los camiones eran el medio de transporte que circulaban a mayor velocidad, levantando un polvo que hacía que nos resultase imposible respirar y obligándonos a usar unas mascarillas improvisadas.

 

En Camboya también fue el primer sitio donde vi las playas asiáticas, exactamente en Kep, donde hay un mercado que venden cangrejos recién cogidos del mar y luego te los cocinan ahí mismo, si alguien está pensando viajar a este país no debería perdérselo. También fue la ciudad donde se me rompió la bicicleta, tuve un pequeño percance y se me dobló la rueda. Kep era una ciudad muy pequeña y ahí nadie tenía material para arreglármela, así que hice 20 kilómetros con la rueda moviéndose hacia todas partes hasta que llegué a Kampot, una ciudad mucho más grande en la que nadie supo (por no decir quiso) arreglarme la bicicleta. No podía continuar hasta las siguiente ciudad que estaba a cien kilómetros y arriesgarme a que nadie me la arreglase, así que me vi obligada a cogerme un autobús que me llevase hasta la frontera con Tailandia y ahí buscarme la vida. Pero una vez pisé tierras Tailandesas todo fue mucho más fácil.

 

Esto me dio la oportunidad de conocer a Proat, el dueño de una tienda de bicis de Bangkok que al principio me odió y acabó portándose conmigo como un padre. También pude conocer el sur de Tailandia, algo que posiblemente no me hubiese dado tiempo a hacer si hubiese continuado mi ruta por Camboya. Me permitió seguir conociendo a gente maravillosa, volver a escalar y encima en uno de los mejores lugares del mundo, descubrir playas en las que yo era la única turista, y a veces la única persona, conocer a más cicloturistas, charlar con tailandeses, ¡ah! y a coger una gastronteritis.

 

Y ahora me pregunto, ¿por qué me fui con billete de ida y vuelta? Si no hubiese sido así aún seguiría pedaleando por el mundo, y quién sabe cuál hubiese sido mi próximo destino o mi próxima aventura.

 

 Laura Rincón Sanz  (Periodista)
 

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