El valor del miedo

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Son las 14:34 del Sábado, 7 de Diciembre del 2019.

«Aprendi que la valentia no es la ausencia de miedo

                           sino el triunfo sobre el miedo"  

                                                                                                           Nelson Mandela

 

 

Hay quien piensa que miedo y valor son dos estados antagónicos, incompatibles. Muy al contrario, son las caras de una misma moneda. Casi siempre aparecen indisolubles reflejando, juntos, la expresión global de la condición humana ante el peligro o símplemente ante las dificultades que entraña vivir en estos tiempos tan paradógicos.

Esta magistral fotografía realizada por Dorothea Lange muestra el impacto que la « Gran depresión » de 1929 tuvo sobre los pequeños agricultores estadounidenses, abocados, tras la implacable ruina a emigrar a otras tierras, errando sin saber ni dónde ni cómo establecerse. En la fotografia, el miedo y el  valor aparecen en una sola imagen. Un miedo inocente que se rinde al incierto destino y un valor sereno que se sobrepone a la duda y que protege.

Sentimos miedo cuando nos invade la inseguridad, la amenaza y el desconcierto. Pero también cuando no encontramos el rumbo. En estos casos, solemos encontrar un responsable, un enemigo que nos permita conocer el origen de nuestro desequilibrio. Este, con frecuencia, lo encontramos en el que definimos como contrario a nuestros valores y lo que es más,  nunca de manera confesada, a nuestros intereses. Un culpable declarado como enemigo que nos afanamos en buscar fuera de nosotros y de los nuestros. Lo hacemos con escenificada firmeza para que no se vean las carencias del discurso en el que se fundamenta. Casi siempre nos debatimos en la dificultad para encontrar un equilibrio entre libertad y seguridad. En efecto, la libertad no se puede ejercer plenamente sin seguridad. Pero la seguridad convertida en obsesión nos impide ejercer plenamente la libertad.

En las sociedades occidentales, la diversidad siempre fue un valor. Hoy, tras la crisis, esta se ha convertido en una amenaza. La seguridad que necesitamos nos la da, en principio, la identificación y la lucha contra los culpables. Así quedan justificadas todas las acciones, desculpabilizándonos y negando que, en el fondo, estamos transgrediendo nuestros propios valores. Así en nombre de los dioses, de la libertad, del progreso o del orden se han cometido las mayores atrocidades inimaginables : muerte, odio, persecución, marginación, tortura, secuestros, violaciones. Todo aquello que encontramos en las guerras por muy justificadas y bendecidas que estén desde las instituciones religiosas o desde las Naciones Unidas.

Hoy, desde las esferas de la alta política, se ha llamado de manera despectiva « buenismo » a la actitud ciudadana basada en el fomento de la no violencia ante los conflictos bélicos. Estos dirigentes preconizan la guerra como la única respuesta posible ante la pretendida provocación. Y además suelen ser militantemente religiosos, cristianos en este caso. Trasgredir los valores morales aprendidos desde niños estarían justificados.  ¡Si Jesucristo levantara la cabeza !...

Afortunadamente un Papa por primera vez en la historia habla con valor y seguramente con el miedo contenido del que sus predecesores siempre han hecho gala para denunciar alto y claro la hipocresia de nuestros dirigentes que por un lado preconizan la paz y por otro fabrican y venden las armas para la guerra. El Papa acaba sentenciando que son la extrema pobreza y la desigualdad galopante que vivimos en el mundo actual los responsables del ambiente bélico que vivimos en la actualidad. Sin embargo, los cristianos, viven parapetados en el discurso de sus dirigentes que pretenden protegerlos de una violencia que ellos mismos, apoyando a las grandes corporaciones del petróleo y del armamento, contribuirían a mantener.

Sabemos o deberíamos saber, porque para eso están los servicios de inteligencia, quién compra el petróleo al estado islámico. Es decir, quién contribuye a mantener este enajenado ejército. Dónde se fabrican las armas que se utilizan en las guerras. Cuáles son los movimientos financieros estratégicos que mantienen estos conflictos. Quién se beneficia de ellos.

 

Sabemos dónde está la fuente de la intransigencia en nuestro planeta pero nada nos impide continuar fomentando una hipócrita amistad aunque violen sistemáticamente los más elementales derechos humanos en su territorio y que contribuyan a violarlos en los nuestros.

Algunos analistas nos sitúan al borde de la 3a guerra mundial. No sé si es cierto o no pero me parece preocupante que nos lo estemos creyendo. Que estemos participando de una manera cómplice en la convicción de que solo la respuesta violenta es posible. Hace ya algún tiempo, coincidiendo con el inicio de la consolidación de la crisis económica, comía con mi familia en una pizzeria de la ciudad italiana de Aosta y me quedé estupefacto cuando la señora que nos servía, que amablemente quiso compartir  con nosotros la sobremesa, llegó a la conclusión de que la crisis se resolvía con una nueva guerra : « somos muchos » afirmó sin rubor. Estoy seguro que muchas mentes no tan inocentes piensan lo mismo.

Uno de los mayores economistas del siglo XX, J. K. Galbraith, asesor de la mayoría de los presidentes demócratas norteamericanos desde J. F. Kennedy hasta Bill Clinton describe en « la economia del fraude inocente », en 2004, lo que iba a ocurrir más tarde con precisión meridiana, señalando como responsables de la crisis a la actuación de los dirigentes de las grandes corporaciones «…apropiándose de la iniciativa y la autoridad públicas, que es terriblemente visible en lo que se refiere al medio ambiente y extremadamente peligrosa en cuanto a la política militar y exterior » y añade, «…La entrega de las corporaciones a la adquisición y empleo de armas alimenta cada día esta amenaza de guerra, donde la devastación y la muerte se revisten de legitimidad y heroismo ». Galbraith acaba declarando a la guerra como el gran fracaso de la humanidad. Aunque pienso como Isaac Asimov que hay una sola guerra que el ser humano puede permitirse: la guerra contra su extinción.

Tras los desgraciados atentados vividos en Paris esta última semana hemos asistido a una nueva declaración de guerra, a una demostración de patriotismo con un fondo de irresponsabilidad. El adalid de la nueva social-democracia europea, Manuel Valls, quien ha basado su éxito, como su antecesor Nicolas Sarkozy, en la estigmatización de ciertos inmigrantes como ministro del interior, no solo declara la guerra con François Hollande sino que además incide en el fomento del terror, poniéndonos en guardia frente a la eventual utilización del estado islámico de armas bacteriológicas. Prefiero pensar que es un  irresponsable. Al pueblo hay que protegerlo del miedo paralizante. Manuel Valls ha contribuido al desconcierto entre la ciudadanía fomentando una actitud defensiva con el rechazo a los nuevos potenciales verdugos que, no sabiendo quienes son, se centrarán en los

 

islamistas franceses sin distinción. No olvidemos que los musulmanes en Francia constituyen una « gran minoría »  mayoritaria en muchos pueblos y alrededores de las grandes ciudades.  El miedo se convierte en paranoia y contra esta no hay otra alternativa que la serenidad. Una declaración de guerra ha sido la respuesta. ¿Quienes serán los nuevos muertos y por cuánto tiempo ?

Necesitamos un orden mundial capaz de poner por delante las verdades que se encuentran en las raices de los problemas que nos acosan. El siglo XXI se va proyectando como el tiempo de la pérdida de los derechos conquistados por algunas sociedades libres : En una primera fase hemos ido perdiendo los derechos laborales y a medida que avanzamos vamos perdiendo las libertades con medidas que intentan protegernos de un pretendido enemigo común.

Parece claro que para luchar contra el terrorismo no es necesario privar al pueblo de sus libertades sino hacer que las leyes que ya existen se apliquen con firmeza y eficacia. Nos empeñamos en dar la confianza a aquellos que pretenden salvarnos del peligro y que « inocentemente » lo acrecientan. Viendo la reacción de unos y de otros parece que vivimos pensando que, si nos libramos del enemigo, podremos llegar a ser inmortales.

Julio Anguita nos conmocionaba con su dolor ante el féretro de su hijo muerto por el « fuego aliado » que atacó el hotel donde se alojaba la libertad de expresión, los periodistas y reporteros que cubrían la guerra de Irak : « Maldigo las guerras y a los que las organizan ».

Reivindiquemos el derecho a tener miedo y a ejercerlo con valor aunque nos cueste la vida.

Hagamos nuestras las palabras de un poeta de cuyo nombre no puedo acordarme :

 «… No hay causas sagradas. No hay fronteras inviolables.                                               

     Ninguna ley, territorio o bandera vale la millonésima parte                                                   

    de la lágrima de un ser humano, de la sonrisa de un niño ».

 

 

Miguel Marset
"Madre emigrante" Fotografía de Dorothea Lange 1936

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