CINES DE VERANO

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Son las 04:05 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
CINES DE VERANO

     Tras el  cuarenta de mayo, suma y sigue los días de calor que ya contamos. Aún faltan algunas fechas para el verano estacional pero el verano real ya ha presentado sus credenciales, digamos plenipotenciarias. Os quiero confesar uno de mis mayores placeres veraniegos: asistir al cine de verano. Es lamentable que la gente de hoy haya perdido este privilegio, porque verdaderamente suponía un disfrute digno de conservarse. Al cine de verano el personal femenino llevaba una rebeca (nombre que deriva de la película del mismo título de Alfred Hitchcock porque su actriz principal usaba este tipo de chaqueta de punto) para combatir el relente nocturno; el personal masculino iba a cuerpo gentil, salvo algún friolero que se echaba un jersey sobre los hombros. También era usual llevar bocadillo y alguna bebida para dar buena cuenta de ello entre plano y plano, entre aventura y aventura, entre beso y beso (de los actores o propios). No podía faltar el paquete de tabaco –entonces fumaba todo quisqui- para lanzar densas volutas de humo al cielo que el foco de proyección corporificaba. Tanta impedimenta quedaba justificada por el hecho de que las sesiones de verano eran de programa doble e incluso de programa triple, lo que suponía estar pegado al asiento hasta cinco horas. Quién dijo miedo, nuestras ganas de cine eran insaciables.

     Como digo, ir al cine resultaba una gratificación singular para chicos y mayores y me atrevo a asegurar que los cines de verano contaban con un atractivo añadido. Recordaréis que regaban el suelo antes de la función para refrescar el ambiente y que varios cines contaban con plantas y flores en las tapias del solar que perfumaban el recinto. En este entorno, levantabas la vista y podías contemplar las estrellas con nitidez. Cuántos noviazgos se habrán fraguado en circunstancias tan propicias, favorecidas además por el romanticismo imperante en las películas de la época. Provocaba alegría hasta el simple hecho de pasar frente a un cine de verano y escuchar la música o los diálogos de la película.

     Haciendo memoria he recordado hasta nueve cines de verano en el Puertollano de los años sesenta y siguientes. No sé a ciencia cierta si coincidieron todos a la vez pero si no es así, poco le faltó. Aquí va la lista. Quizá el primer cine de verano fue la plaza de toros; al menos, fue el primer recinto destinado luego a este fin que se edificó, ya que su inauguración se produjo el 3 de mayo de 1896.Su uso como cine contaba con dos tipos de localidades: el albero constituía el patio de butacas y el graderío sustituía al popular “gallinero”. Mis recuerdos me sitúan casi siempre en el gallinero, en el que procurábamos conseguir asiento bajo la casilla que hacía las veces de cabina de proyección porque se situaba justo enfrente de la pantalla. En ocasiones, era tal  el gentío que copaba las gradas que no quedaba otro remedio que sentarse en una zona tan oblicua a la pantalla que desfiguraba, alargándolas, las imágenes. La primera vez que ocupé silla  de albero, algún adulto bromeó con la posibilidad de que algún toro olvidado en los corrales  pudiera irrumpir en medio de la proyección. Me pasé todo el tiempo sin quitar ojo de la puerta de toriles por si acaso. Abundaban los programas triples, que prolongaban la función hasta pasadas las tres de la madrugada. Como todo el mundo sabe, sobre la antigua plaza de toros se edificó el actual edificio Tauro.

     En la calle Goya, donde ahora se encuentre el edificio de Hacienda, se ubicaba el cine Calatrava, que creo recordar que fue el último que funcionó en la ciudad, ya con el nombre de cine Rosanti. En los años ochenta celebró en este recinto sus festivales de fin de curso la Escuela Municipal de Danza. Este cine tenía sus paredes recubiertas de plantas y flores que emitían sus efluvios merced al generoso riego y la noche. Un poco más abajo, en la esquina de las calles Goya y Gran Capitán, donde hoy se encuentra Repuestos Valencia, estaba el cine Goya, de características similares al anterior. Y siguiendo la línea de la calle Goya hacia el este, en la barriada del Abulagar, aproximadamente donde ahora se sitúa el Centro de Educación de Adultos, proyectaba el cine San José, que  fue uno de los últimos en mantenerse activo. El cine Avenida recibía este nombre por su ubicación en la entonces Avenida de los Mártires, actual Avenida del Primero de Mayo. Actualmente, el solar lo ocupa Mercadona. En su pantalla admiré el heroísmo de Errol Flynn, en el papel del general Custer, y la belleza de Olivia de Havilland, en la película “Murieron con las botas puestas”.

     Lo mismo ocurría con el cine Córdoba, que es de suponer que recibió esta denominación por su ubicación en la calle de idéntico nombre. Aún en la actualidad se mantiene su solar y pantalla y actúa como aparcamiento de Multicines Ortega. En su momento, coexistieron dos cines con este nombre, uno de invierno y otro de verano, uno a espaldas del otro. En el paseo de san Gregorio, zona de los pares, entre la calle Velázquez y la plaza de Mariana Pineda, estaba el cine Imperial Terraza, que asimismo tenía su correspondiente cine de invierno, el Imperial (antiguo casino) en la calle Aduana. El Imperial Terraza era muy del gusto de la chiquillería de entonces, que veía gratis sus películas sentada en los montículos de tierra y basura de la zona que hoy ocupa el pabellón deportivo Luis Casimiro. Los más atrevidos se encaramaban en la tapia posterior del cine, prestos a saltar a tierra y poner pies en polvorosa si el “pintor”, que vivía en una casilla próxima, aparecía en escena. En este solar solía situarse la caseta de feria de Calvo Sotelo y después Repsol. El pregón de la Feria de Mayo que dio el escultor José Noja, autor del Monumento al Minero, tuvo lugar aquí.

     Hemos dejado para el final dos cines de verano menos conocidos, seguramente por sus periféricas ubicaciones y sus cortas vidas. El cine Montecarlo se encontraba en la carretera de Almodóvar, a la altura de la actual calle Joan Miró, donde después se situarían las cocheras de la SUA (Servicio Urbano de Autobuses) y ahora una tienda de sofás. Nunca olvidaré la conmoción que me produjo la película “Ultraje”, calificada por la censura de la época con un 4 que significaba “gravemente peligrosa”. Trataba de la violación de una mujer y tenía nacionalidad mexicana, si la memoria no me falla. Por encima de las vías del tren de “la ancha”, frente a la plaza de Ramón y Cajal, estaba el “cine de la alpargata”, denominación que seguramente aludiría a la humildad de sus instalaciones y parroquianos. Nunca tuve ocasión de comprobar si aquellas y estos justificaban su apelativo pero desde la azotea del Hotel Mercedes, vislumbraba  las  imágenes a la vez que las rachas de viento traían entrecortadamente los sonidos.

     Considero que el mejor modo de finalizar este repaso a los cines de verano de nuestra ciudad es rindiendo un homenaje a los empresarios  que los pusieron en pie. Lamento desconocer sus nombres o tener únicamente algunas vagas referencias. Quiero personificar a todos ellos en los hermanos Ortega, Mariano y Primitivo, impenitentes emprendedores, que han sido y siguen siendo historia viva del cine en la ciudad. De no haber sido por ellos, probablemente Puertollano tendría que lamentar la desaparición de las salas de cine, que mantienen con una actitud digna en encomio con sus magníficos Multicines Ortega. Por lo tanto, gracias a ellos y a todos los empresarios que hicieron posible que soñáramos con aquellas imágenes que nos transportaban a mundos mágicos y hacían más ricas nuestras vidas. Su contribución a la felicidad de nuestra infancia resulta impagable.

Eduardo Egido Sánchez

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