Ciudad en blanco y negro

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Son las 02:42 del Jueves, 26 de Noviembre del 2020.
Ciudad en blanco y negro

A comienzos de la segunda mitad del pasado siglo Puertollano presentaba una estampa en blanco y negro con rasgos distintivos que definían la ciudad. Uno de los más característicos era la niebla. Había muchos días que el sol se mostraba incapaz de disiparla y la intensa bruma marcaba la actividad de sus habitantes durante toda la jornada. Se aseguraba que los autobuses que transportaban a los trabajadores al Complejo Petroquímico tenían que ser guiados por personas a pie que señalaban las márgenes de la carretera. Por su parte, los viandantes debían caminar en la población pegados a las fachadas de los edificios para no desnortarse.

      Esta niebla, a diferencia de la inodora propia de los valles fluviales, estaba impregnada del olor de los componentes químicos producidos en el Complejo, que según opinión generalizada, aprovechaba esos días de nula visibilidad para desprenderse de ellos; también se percibía el olor de la quema de carbón, que era el combustible de la mayoría de las viviendas, y de las partículas que flotaban en el aire procedentes de los vertederos, particularmente del Terri, el mayor de todos. El enclave geográfico de la ciudad, una hondonada flanqueada por los cerros de Santa Ana y San Sebastián, favorecía la prolongada permanencia de la niebla. Esta circunstancia provocaba a las numerosas personas de la localidad con afecciones pulmonares una penosa calidad de vida. La tos cavernosa y los consiguientes esputos estaban a la orden del día en calles y locales susceptibles de congregar al vecindario, hasta el punto de que las escupideras rellenas de serrín formaban parte obligada del mobiliario de los establecimientos.

     Aquellos inviernos gélidos congelaban el agua dondequiera que se acumulase, sobre todo en los charcos, elementos habituales de las irregulares calles y plazas. Eran tan frecuentes los charcos que las populares botas de agua “katiuskas”, junto a los no menos célebres zapatos “gorila”, se convirtieron en las favoritas de la chavalería. Por cierto, el nombre de las botas procedía de la zarzuela con ese título compuesta por el maestro Pablo Sorozábal, donde la protagonista rusa lucía botas elevadas hasta la rodilla. Y, junto al hielo de los charcos, en las alturas, colgaban de los tejados formidables chupones como estalactitas  que brillaban por efecto de la luz y se deshacían en un goteo continuo cuando la temperatura del mediodía lograba doblegarlos.

     Las calles que trepaban hasta los cerros eran invariablemente de tierra y piedra, desprovistas de acerado y de cualquier elemento urbanístico. Solían disponer de un reguero en el centro donde se arrojaban las aguas residuales de las tareas domésticas y otros líquidos residuales del organismo humano. Cuando la lluvia arreciaba, el reguero ocupaba todo el ancho de la calle y bajaba como un torrente hasta el paseo de San Gregorio, que se colapsaba con el lodo y las piedras.

     En esta ciudad en blanco y negro, donde la niebla, el hielo y el lodo campaban a sus anchas, sobresalía la figura del minero como seña de identidad humana de mayor relieve. Buena prueba de su importancia social en la época son los diversos monumentos levantados en la ciudad para reconocer su aportación al crecimiento demográfico y económico locales: el monumento del cerro de Santa Ana, el del puente de San Agustín, el castillete del Pozo Santa María en la carretera de Argamasilla, el parque y museo del Pozo Norte…Estos monumentos parecen poner de manifiesto el carácter épico y heroico de que estaba revestida la condición del minero. Nada que objetar si se considera al minero como paradigma de una profesión de máximo riesgo y penoso esfuerzo. En cambio, los mineros que deambulaban por las calles a la salida del trabajo mostraban una imagen muy distinta, presentando su rostro más humano. Se les podía ver con su humilde vestimenta plagada de remiendos, sus alpargatas de lona, su boina con restos de carbonilla, la cara tiznada de carbón, la talega vacía que contuvo el condumio de la jornada y el tarugo de madera que se convertiría en astillas para alimentar el fuego doméstico. En el mejor de los casos, empujando una pesada y rudimentaria bicicleta, ya sin brío para pedalear. A la salida del tajo, el minero era la viva estampa de la dureza del trabajo y de la vida, un cuerpo exhausto que solo ansiaba el descanso.

     Es verdad que había otros momentos menos dramáticos en la vida del minero, cuando compartía con los compañeros el cuartillo de vino peleón en la taberna. Desde la calle se podía escuchar el bullicio reinante en el interior, las carcajadas con que se celebraba un dicho ocurrente o el contento de no estar en el fondo de la galería. A la taberna iba el minero no solo a beber y compartir el tiempo con los amigos, también a escuchar cante flamenco o atreverse a cantar él mismo a pesar del consabido cartel que advertía: “Se prohíbe cantar bien o mal”. ¿Quién haría caso a un cartel que niega que pueda hacerse lo que a todas luces resulta imprescindible para soportar la vida? En la ciudad en blanco y negro de entonces hubo buenos cantaores flamencos, baste recordar como muestra a José María Hernández y José María Manzano, que tantas veces prodigaron su arte para disfrute de los aficionados.

     La entrada en el mundo minero se iniciaba en la niñez. Sobrecogía ver a los “carboneritos”, niños de pocos años que conducían una reata de borriquillos cargados con serones de carbón emergiendo de la niebla en las crudas mañanas de invierno. Iban cubiertos con capote de agua y pasamontañas, componiendo un bulto oscuro a lomos del animal que encabezaba la recua. Según se comentaba, el carbón lo recogían de lugares de desecho para ayudar a la magra economía familiar. Se comentaba también que los desprendimientos ponían en riesgo la vida de los rebuscadores. Demasiado pronto la vida  mostraba sus credenciales a los niños carboneros, marcando una senda que quizá no abandonarían nunca.

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Eduardo Egido Sánchez

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