El Calvo Sotelo en el Cerrú

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Son las 22:15 del Lunes, 9 de Diciembre del 2019.
El Calvo Sotelo en el Cerrú

        ¡¡¡Calvo, Calvo, Calvo!!! Faltan exclamaciones para mostrar la pasión con que la hinchada del Calvo Sotelo animaba al equipo azul en las memorables jornadas de comienzo de los sesenta en el Cerrú. La tribuna a reventar. Llena hasta las banderas, que ondeaban a ambos lados del marcador con las enseñas de los equipos que militaban en la categoría, la preferencia. Muy nutrido el fondo oeste, sobre el túnel de vestuarios. Algún claro en el fondo este, con los espectadores haciendo visera con la mano para protegerse del sol que brillaba enfrente. Acudían espectadores de toda la provincia porque en Puertollano se paladeaba el mejor fútbol que se jugaba en muchos kilómetros a la redonda. Hacían negocio los regentes del bar, los vendedores de almohadillas, los emprendedores de las rifas, arriba y abajo sin parar con sus mandilillos, y, por descontado, los titulares de las taquillas.

     Esas tardes, el Cerrú era un hervidero de gente que andaba rauda tras acceder al estadio para ocupar el mejor   asiento posible. Se acudía con tiempo, a pie o en autobús por la Avenida de los Mártires –actual Avenida Primero de Mayo- y luego por la Avenida de Andalucía. Un hormiguero humano marchaba con ambiente festivo, parloteo incesante y cargando este y aquel en el hombro la bota bien curada con el vino de Santos Pérez. El tema de conversación indefectiblemente era hacer cábalas sobre el número de goles que se llevaría en el morral el equipo visitante. Aún resuena en mis oídos el cántico con que se festejó la goleada por seis a cero al Manchego, que sonaba,  con la música de la película “El puente sobre el rio Kwai”, de esta manera: cero, con el seis, seis, seis, cero, con el seis, seis, seis, cero, con el seis cero, seis cero, seis sí. Era usual que los espectadores que en el primer tiempo habían ocupado la zona más próxima a la portería que atacaba el equipo local, se cambiaran en el descanso a la zona próxima a la otra portería para seguir viendo de cerca los goles locales.

     Apenas sentados en el graderío, advertíamos que un hombre bajito y muy musculoso no paraba de dar vueltas corriendo a buen ritmo por el perímetro del terreno de juego. Dadas las circunstancias de que la valla que separaba el terreno de juego del espacio de las gradas se saltaba sin dificultad y de que los niños de entonces éramos de la piel del diablo, no faltaban espontáneos que emulaban al corredor y lo adelantaban entre los aplausos de sus compinches para ganar una gloria efímera. Se aseguraba que aquel “carrerista” daba más de cincuenta vueltas al campo, distancia que nos parecía imposible de salvar. Años después supimos que ese atleta era el incombustible Francisco Sánchez Menor y tuvimos el honor de escribir su biografía en el libro “Francisco Sánchez Menor y el atletismo en Puertollano( dos historias paralelas)”. Aún hoy, a sus 87 años, está más tieso que un ajo.

     Los héroes de aquellos partidos eran: el portero Carbelo, que creo recordar lucía gorra de visera y rodilleras almohadilladas, que hacía una “palomitas” espectaculares, dignas de instantánea, lanzándose felinamente a la cepa del poste. El mediocampista y sempiterno capitán Ñoño, que cuando venían mal dadas se echaba el equipo a la espalda y se comía la hierba; decían de él que tenía sus atributos más grandes que el caballo del Espartero, metáfora que no acabábamos de entender porque el único Espartero que conocíamos era un bar situado en la plaza de Viacrucis especializado en las gambas con gabardina y las traviesas. Se sobrentiende que estas delicias culinarias las conocíamos por referencia, no por experiencia. Lamentablemente. El caso es que cuando Ñoño acosaba a un delantero contrario y le echaba el aliento en el cogote,  lo derretía como a un azucarillo. El interior Curro, jugador de filigrana, silueta juncal y de regateo estiloso; supongo que era un galán porque tenía locas a todas las mocitas de la calle Ancha, incluida Maruja, una monada de cintura de avispa, que a mí me parecía más guapa que Sara Montiel cuando la miraba a hurtadillas siempre que tenía ocasión. Tal vez por ello, no me disgustaba que de vez en cuando fallara algún gol cantado. Lo cierto es que los futbolistas del Calvo Sotelo de la época ligaban que daba envidia.  Luego estaba Quintín, extremo derecho o derecha, que corría la banda haciendo  bicicletas  y centraba a pedir de boca; era fibroso y guardaba cierta semejanza física con Gento. Qué decir de Jurado, a quien apodaban Mustafá por su aspecto magrebí, que organizaba el juego como trazando líneas con escuadra y cartabón. De Noni recuerdo sus remates de cabeza estilo Santillana, el nueve cántabro del Madrid. Y quién no recuerda a Basurto, delantero centro a la antigua usanza, vasco de pura cepa, que arrollaba a quien se pusiera por delante. Lo traté después, ya como Antolín, y todo lo que tenía de fuerza de la naturaleza lo tenía también de noble y afectuoso. Era un zorro viejo y cuando acosaba a un contrario desde atrás y le clavaba toda la extremidad inferior, desde el pie hasta la cadera, se ponía las manos a la espalda para despistar al árbitro. Yo admiraba particularmente a Cabilla, fino extremo izquierdo, por los malabarismos que hacía con el balón en los entrenamientos. Se ponía a dar toques sin dejar caer el balón al césped y le perdíamos la cuenta. Y ello, tanto con el pie como con la cabeza. Y tantos y tantos futbolistas  que cubrieron de gloria la camiseta del Calvo Sotelo. Procedían de toda la geografía española porque era bien sabido que la Empresa abonaba buenos sueldos y no faltaron jugadores que antes o después de su paso por nuestro equipo militaron en primera división: Marquitos, Violeta, Encontra, Echevarría, Portilla, Biosca, Salvador Asensio, García Castany, Poli, Martí Filosia, y los locales Fabián, Teófilo Dueñas (tío de la famosa escritora María Dueñas), Manuel Zúñiga, Santi Cañizares, Rivera… Seguro que Luis Francisco Pizarro, minucioso historiador del club, podría alargar esta provisional nómina.

     La resonancia del combinado azul llegaba a todo el país. La calidad del césped del terreno de juego no envidiaba a la de los estadios de primera. Pasado el tiempo, el equipo estuvo muchas temporadas en segunda división y en una ocasión, en la temporada 1976-68,contra el Córdoba, jugó la promoción para ascender a primera y durante algunos minutos, llegó a ser equipo de primera… No obstante, el Calvo Sotelo de mi mitología particular es aquel de tercera división que invariablemente goleaba a sus adversarios, que llenaba todos los domingos las gradas del Cerrú, que sabía hacer feliz a una  parroquia que no escatimaba comentarios jocosos ante cualquier adversidad, como aquella tarde de perros -fría, lluviosa y ventosa- que contó con un “linier” escuchimizado que tuvo que escuchar nada más  ocupar la banda esta bienvenida: “sardinilla…¡vaya oraje! Un Calvo Sotelo que arrancaba el grito estentóreo de la afición. ¡¡¡Calvo, Calvo, Calvo!!!

Eduardo Egido Sánchez

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