El Poblado

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Son las 01:56 del , 5 de Abril del 2020.
El Poblado

Acerca de El Poblado los niños del pueblo dábamos por buenas las más peregrinas teorías, algunas con reminiscencias bíblicas y otras con raíces populares. En El Poblado llovía el maná, el pan de los israelitas en el desierto; en su tierra manaba leche y miel, como prometió Yahvé a Moisés; en su lugar se asentaba la tierra de Jauja, y en sus anchas calles y espaciosas plazas se veían perros atados con longanizas. Con estas ideas en el imaginario infantil, no es de extrañar que las expediciones a El Poblado revistieran  carácter heroico. Pero ¡ay! aquella tierra prometida no admitía a desharrapados como nosotros y así, nada más poner el pie en el entorno, un ángel uniformado de guarda nos expulsó de aquel paraíso a causa de haber comido del fruto prohibido, unos  tentadores y jugosos membrillos que se exhibían colgados del árbol a escasa distancia de la tapia de un jardín. De modo que izamos a Quinín y Antoñito a lo alto de la tapia para que nos lanzasen los frutos dorados. Haciendo el reparto estábamos cuando nos sorprendieron las voces furiosas de un sujeto uniformado que se aproximaba a la velocidad del rayo y que nos obligó a poner pies en polvorosa mientras el corazón se nos salía por la boca.

     Corrían los primeros años sesenta del pasado siglo. El Poblado ya contaba con veinte años de existencia ya que en 1943 se iniciaron las obras y al año siguiente alrededor de 150 edificios albergaban a los trabajadores de la empresa Calvo Sotelo. Por la época de los membrillos y hasta muchos años después, El Poblado era un dédalo de construcciones concebido en homenaje al número tres: existían tres barriadas, tres zonas deportivas y tres residencias, que acogían a las tres categorías profesionales de los trabajadores de la ENCASO: ingenieros, empleados y obreros. Las zonas comunes estaban dotadas de numeroso arbolado y extensos jardines, sobre todo la zona de ingenieros. Las viviendas eran de una o dos plantas y su tamaño y suntuosidad estaban, obviamente, reguladas en función de la jerarquía del ocupante; por lo general, disponían de amplios jardines y patios traseros y sus condiciones de habitabilidad superaban claramente a las viviendas del pueblo. En los tórridos días de verano el frescor de sus zonas verdes se ponía de manifiesto nada más rebasar la actual rotonda del monumento a la industria, especialmente por las noches, con lo que hasta el clima bendecía a los pobladores de la circunscripción.

     Las tres piscinas eran la envidia de los niños que chapoteábamos en cualquier lugar que dispusiera de agua por insalubre que fuera: los descubiertos, la mina La Pepita, el río Ojailén, el puente de la eléctrica, la poza del quinto del tío Pedrillo… Las piscinas de ingenieros y de empleados estaban vedadas a nuestros ojos porque sendas tapias las protegían de miradas no demasiado cándidas. En cambio, la piscina de obreros, ubicada en la parte trasera del campo de fútbol del Cerrú, únicamente estaba rodeada por una valla metálica que permitía atisbar en su interior. Además ¡era posible colarse en esta piscina! Los dos procedimientos usuales eran pedir (más que petición, ruego fervoroso) a un usuario que te pasase, o meterte en el vestuario aledaño aprovechando un descuido del vigilante, ponerte el bañador y salir hacia la piscina al tiempo que lo hacía un adulto simulando ir juntos. Superada la prueba, una jornada de placer se abría gozosa.

     Otro tanto sucedía, algunos años después, con las pistas de tenis. Desechadas por acceso imposible las de ingenieros (dos pistas magníficas de tierra batida) y la de empleados, solo cabía la posibilidad de acceder a la de obreros, asimismo situada en la parte trasera del campo del Cerrú, que también contaba con frontón. Para ello, en verano había que aprovechar el horario en que solía estar desierta, más o menos de 3 a 5 de la tarde, con el fresquito. Huelga decir que no le hacían ascos los émulos de Santana que jugaban atando una cuerda de lado a lado en cualquier sitio que se prestase a hacer las veces de pista y colgando papel de periódico a modo de red. Perdura en el recuerdo la ocasión en que un hombre con mostacho nos regaló un bote de bolas, de las que no se despeluzaban, tras contemplarnos jugando. Luego supimos que se trataba del inolvidable Diego Álvarez de los Corrales, el mayor impulsor del tenis en Puertollano y provincia.

     La trinidad imperante se rompía en otras dependencias o servicios. Había un solo economato, un colegio (al que se añadió posteriormente un instituto), un cine y una parroquia. Al economato solo se podía acceder con el correspondiente carnet y las mujeres del pueblo se hacían lenguas de los maravillosos productos de todo tipo que se podían comprar a módicos precios, desde comestibles a cosméticos, desde ropa a enseres. Algunas de ellas se buscaban las mañas para entrar en el recinto y poder beneficiarse de la amplia oferta de aquel mercado sin parangón en el pueblo. El cine suponía un privilegio más para la gente de El Poblado, particularmente para los niños, y no solo se proyectaban películas sino otros actos culturales como las funciones de Navidad del alumnado del colegio; aún permanece en pie aunque en estado ruinoso. El colegio garantizaba una buena educación para los hijos de los empleados de la empresa, con un equipo docente que siempre ha gozado de excelente reputación. Con la puesta en marcha del instituto aledaño, se amplió a la educación secundaria su nivel preparatorio. Por último, la iglesia de Santa Bárbara era la depositaria de cubrir una necesidad que en aquella época se valoraba especialmente, la atención religiosa. A lo largo de muchos años impartió su magisterio sacerdotal don José Luis Ortuño, un navarro campechano y poderoso que marcó la vida de varias generaciones. Luego llegó cura excepcional, don Ángel Casas, fallecido el 9 de febrero, que llevó a cabo una labor inconmensurable en los ámbitos parroquial, educativo, radiofónico, altruista…que ha dejado honda huella en la ciudad.

     Siempre se ha mantenido la opinión de que las personas de El Poblado mantenían poco contacto con la gente del pueblo, con el resto de la ciudad. Que hacían vida preferente en su recinto urbano. En buena medida ha sido así. Los muchachos de esa barriada tenían su primer contacto de envergadura con nosotros, los jóvenes del pueblo, en quinto curso de Bachillerato, cuando recalaban en el instituto Fray Andrés. Cabía esperar que los privilegios de que gozaban, desgranados en lo que antecede, les hicieran mostrarse con ínfulas de superioridad. Conviene traer a colación que en absoluto fue así. Sorprendían por su naturalidad, por su empatía, por su facilidad para entablar amistad con nosotros. Nos sorprendía la naturalidad de la relación que ellos mantenían entre chicos y chicas, naturalidad que ellas compartieron con nosotros, lo que nos hizo desechar bastantes ideas equivocadas. Graci Navarro, Pili Rico y Teresina Muñoz, trío inseparable de amigas procedentes de El Poblado, prodigaban su simpatía y despertaban la admiración de aquellos bigardos que soñábamos con tantas cosas.

Eduardo Egido Sánchez

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