El pueblo de las dos mentiras

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Son las 16:00 del Sábado, 7 de Diciembre del 2019.
El pueblo de las dos mentiras

     Que levante la mano quien no haya escuchado nunca el calificativo referido a Puertollano como el pueblo de las dos mentiras, seguido inmediatamente de la aclaración: porque ni es puerto ni es llano. Es probable que hayamos respondido a quien esto opina que se encuentra equivocado aunque así parece a primera vista, ya que cuando pensamos en un puerto posiblemente nos venga a la memoria la ciudad de Gandía –lugar predominante de vacaciones estivales de los puertollaneros- y cuando pensamos en un llano quizá rememoremos la amplia campiña manchega. Pero en la tercera acepción del diccionario, puerto también significa “paso entre montañas” y nuestra ciudad tiene su emplazamiento en la vaguada que forman los cerros de San Sebastián y Santa Ana y esta vaguada está constituido por una amplia plataforma en la que se asienta nuestro magnífico  Paseo de San Gregorio. Esta denominación no nació ayer, como suele decirse, sino que es herencia de la época  romana –certeros definidores de topónimos- que bautizaron este emplazamiento como Portus Planus. Hubo un buen cronista de la ciudad, don Blas Adánez Jurado, que firmaba sus artículos con el seudónimo de “Anezda”, que hizo un poético elogio de las virtudes de los puertollaneros tomando como argumento los sinónimos de los términos “puerto” y “llano”. Un hijo suyo, también llamado Blas, recopiló algunos de sus escritos y publicó en 1996 el volumen “Las dos verdades”, cuya lectura resulta muy recomendable porque presenta acontecimientos notables acaecidos en la ciudad narrados en tiempo presente.  

     Otro error de apreciación que se repite con molesta insistencia es el que sostiene que Puertollano es una ciudad peligrosa e insegura. En esta catalogación influye el hecho de  que los medios de comunicación parecen tener preferencia por seleccionar aquellas noticias locales que cargan las tintas sobre la crónica de sucesos. Hasta el punto de que nos han provocado una cierta manía persecutoria. No se puede negar que nuestra ciudad ha sido siempre reivindicativa y que han proliferado las manifestaciones ciudadanas en defensa de los derechos laborales y sociales, algo que responde indudablemente a nuestra idiosincrasia minera e industrial. Pero ello no implica de ningún modo un incremento de peligrosidad en la calle. Cría buena fama y échate a dormir, cría mala fama y échate a morir, reza el refranero. Hay que huir de los extremos a la hora de echarse a algo, quizá sea más conveniente velar para desenmascarar los tópicos.

     Esta mala fama daba ocasión a veces a que los humoristas locales agudizasen su ingenio. De este modo, Francisco Gutiérrez Mazarro, que firma sus viñetas como Curro, genio y figura a sus ochenta y tantos años, hermano para más señas del famoso mago afincado en Venezuela “El gran Henri”, ilustraba este sambenito señalando que cuando los hinchas del Calvo Sotelo viajaban en ferrocarril a Ciudad Real a presenciar los partidos con el eterno rival que era el Manchego y bajaban en riada por la calle Ciruela de la capital, las mujeres instaban a sus hijos a entrar en casa al grito de ¡qué vienen los mineros! Por cierto, Curro colocaba como cabeza del tropel minero al eminente  y comedido médico puertollanero don Pedro Úbeda, ejemplo de templanza en su vida diaria pero muy aficionado al fútbol, donde estamos seguros que mantendría su prudencia. Años después, recogería su testigo otro ejemplar ciudadano e impenitente aficionado futbolístico, el librero don Luis Pizarro, del que recordamos que nada más recibir un gol el Calvo Sotelo se escuchaban sus gritos de aliento para remontar  el resultado adverso.

     Por el contrario, nuestra ciudad ha dado muestras a lo largo del tiempo de ser acogedora en extremo. Muchas de las personas que residimos aquí procedemos de múltiples lugares de la geografía nacional, que son el origen de nuestros antepasados. Que levante la mano quien proceda de los trece vecinos que protagonizaron la historia del Santo Voto. Pocas manos veo. Nuestros ancestros llegaron desde el último tercio del siglo XIX a este puerto llano en busca de sustento para sus familias y aquí echaron raíces porque encontraron una ciudad pujante y hospitalaria que les ofreció el tesoro más preciado que guardaba en sus entrañas, el carbón, a condición de convertirse en esforzados que se atrevieran a sacarlo a la luz. Este esfuerzo sobrehumano es el que ha forjado el carácter reivindicativo del que han dado numerosas muestras los habitantes de esta villa.

     Otro rasgo que desmiente la mala fama de la ciudad es el elevado número de asociaciones  sociales, culturales y asistenciales que forman un rico tejido social encaminado a favorecer el logro de objetivos que mejoran la vida de los ciudadanos locales. Son un centenar largo y pertenecen a todos los campos imaginables, desde el folclore hasta el deporte, desde las organizaciones no gubernamentales hasta los colectivos que mantienen los juegos tradicionales. Algunas de estas asociaciones se han reforzado en la actualidad para dar respuesta a la crisis actual y han aumentado los voluntarios que atienden las situaciones carenciales que afectan a tantas personas.

     Quizá muchos de nosotros debamos responder afirmativamente a la pregunta de si nos consideramos en deuda con Puertollano. La ciudad nos ha dado tantas cosas, que hemos de encontrar el modo de hacerla más habitable y mejorar la opinión de los que viven fuera de ella. La tierra de promisión que fue, ha de ser tierra de feliz estancia.

Eduardo Egido Sánchez

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