El zoo de Las Pocitas

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El zoo de Las Pocitas

     No decíamos “vamos al zoo”. Probablemente, desconocíamos este término. Decíamos “vamos a los cervatillos” o bien “vamos a los ciervitos” o también, “vamos a las Pocitas”. En este último caso, había que aclarar que se trataba de las Pocitas de Almodóvar, porque existían otras en la carretera de Argamasilla denominadas las Pocitas del Prior, tal vez por el nombre de algún antiguo dueño ya que no se tiene noticia de que por la zona haya existido convento alguno. Las Pocitas del Prior estaban ubicadas junto al “charcón” que hoy se conoce como “laguna de los patos”. Había una fuente de agua potable excavada en el terreno a la que se accedía tras descender ocho o diez escalones. El componente más popular de su agua no era ningún mineral particularmente saludable sino unas orondas sanguijuelas que obligaban a colocar un trapo a modo de cedazo en la boca de cántaros y cantarillas para impedir que se colaran en los recipientes domésticos. Pero después de haber estado balduenda toda una mañana de verano, dile tú a esa tropilla de desharrapados que se prive de llenar el buche con ese agua fresquita por un quítame allá esas sanguijuelas.

     Por lo tanto, íbamos a los cervatillos, ya que ciervos y ciervas fueron los primeros inquilinos del pequeño zoológico de las Pocitas de Almodóvar. La iniciativa de crear este zoo partió, a finales de los años cincuenta del siglo pasado, del Ayuntamiento a propuesta de uno de sus concejales, Luis Pizarro Díaz (no confundir con su hijo, Luis Francisco Pizarro Ruíz, también concejal bastantes años más tarde) que ocupaba la concejalía de Parques y Jardines. Pensó este edil y conocido librero que una manera de enriquecer la zona donde se estaba produciendo un importante ensanche urbanístico de la ciudad, la barriada 630, era instalar un parque de recreo que podía contar con el atractivo añadido de un pequeño zoológico, habida cuenta de que en aquella época este tipo de instalaciones suponía toda una novedad. Nos cuenta su hijo, que también propuso dos actuaciones que solo muchos años después se harían realidad: construir en el descampado de “el Bosque” un parque infantil y un aparcamiento (mejor que parking) subterráneo. Hay que tomar en consideración para situar en su contexto estas propuestas que nuestra ciudad experimentó entre 1950 y 1960 el mayor crecimiento demográfico de su historia, por lo que resultaba perentorio ofrecer instalaciones específicas a niños y vehículos.

     El zoo de las Pocitas o Parque de la Rincona nos recibía con un penetrante olor a carne cruda, de los despojos con que se alimentaba a los animales. A cambio, nos brindaba unos frondosos sauces llorones que proporcionaban fresca sombra y cobijo a un estanque en el que nadaban sin descanso una buena bandada de patos y afines. Tras recuperar el resuello bajo los sauces, la pandilla de amigos  -que regresaba de chapotear en la cercana poza del quinto del tío Pedrillo, situado en la falda del cerro a espaldas de las Pocitas- pasaba revista a la fauna del parque. A comienzos de los años sesenta del pasado siglo, cuando no teníamos tele ni noticia del National Geographic y lo más lejos que habíamos viajado era hasta la laguna de Almodóvar en una bici prestada, los “ciervitos” albergaban más animales salvajes que el Serengeti, si esa comparación hubiera estado entonces a nuestro alcance, que no lo estaba.

     Lo primero era rendir visita a los ciervos, que para eso daban nombre al lugar. Recordaréis un ciervo macho asilvestrado que pegaba unos topetazos de escándalo a la alambrada de su recinto apenas alguien osaba acercarse. A su lado, contrastaba la mansedumbre de las ciervas y, especialmente, de los cervatillos. Éstos permitían que algún niño o niña privilegiados penetrara en la jaula y les pusiera en el hocico la comida. Seguramente Bambi venía a nuestro recuerdo para que estos cervatillos permitieran aflorar nuestros sentimientos más tiernos y por unos instantes nos avergonzáramos de las perrerías que infligíamos a todo bicho viviente. Luego, ya sin orden ni concierto, visitábamos al resto de la fauna. Había un lobo que la memoria rescata como privado de toda ferocidad y resignado a su condición de cautivo. Quizá únicamente su mirada conservaba un resto de su pasado salvaje e imponía respeto. En esa línea se encontraba un jabalí y algunos zorros, desmayadas sombras de lo que fueron. Hay un recuerdo que se fijó en la memoria con terquedad: una mañana de Año Nuevo fuimos un grupo de amigos al Parque y coincidimos allí con dos parejas de jóvenes que, indudablemente, habían pasado la noche de farra por los alrededores. Uno de ellos dijo a las chicas: mirad, aquí hay unas como vosotras. Una chica preguntó  a qué se refería. Y el chico aclaró, ¿no veis las zorrillas? La chica, siguiendo la broma, levantó el brazo en ademán de castigar al ofensor.

     Otro foco de atención era una escasa representación de aves rapaces acompañada de cigüeñas y alguna urraca que dormitaban ajenas a los espectadores. En la zona era más fuerte si cabe el penetrante olor a despojos. Se puede dudar de que algún visitante tuviera el privilegio de ver remontar el vuelo a alguna de ellas siquiera fuese para ir de un lado a otro de la jaula. Para el final de la visita solíamos dejar al mono, porque requería tiempo asistir a alguna de  sus monerías. Gastaba fama de travieso y de que no había que descuidarse con él. Hay quien sostiene que en Puertollano existe el dicho “tienes más peligro que el mono de las Pocitas”. Mi hermano pequeño puede suscribir la frase porque en una ocasión recibió una caricia suya en forma de mordisco que le dejó una ligera cicatriz en la mano que aún resulta visible y que es prueba palpable de las monerías del mono.

     El zoo fue decayendo paulatinamente y desapareció a finales de los años setenta. Por lo tanto, su permanencia se mantuvo una veintena de años. Parece ser que los animales supervivientes fueron trasladados a un zoo de Madrid. En su momento fue muy popular y resulta raro encontrar a alguien de la época que no lo visitara alguna vez o que no tenga referencias. Cabe suponer que la mayoría de la gente tenga un recuerdo agradable del lugar (le preguntaré a mi hermano pequeño). Admitía la visita familiar y la de amigos en grupo. Las expediciones a los “cervatillos” adquirían un carácter festivo y de exploración del maravilloso mundo animal. No se tenía al alcance otro modo de ver ese mundo, que impresionaba especialmente a los más pequeños. El minúsculo zoo del Parque de la Rincona forma parte de nuestra memoria y despierta aires de nostalgia cuando ahora visitamos  su transformado espacio.

 

  

 

   

Eduardo Egido Sánchez
Fotografía realizada en 1960 por D. Luis Pizarro Díaz y cedida por su hijo Luis.

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