Josito el Artista, Minero y Devoto

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Son las 20:08 del Sábado, 15 de Junio del 2024.
Josito el Artista, Minero y Devoto

 

Por Eduardo Egido Sánchez

 

Corrían malos tiempos para la lírica en Puertollano en los años veinte del pasado siglo. La vida tenía dos colores, el negro oscuro del carbón de las minas y el negro frío del presente. Las noticias no hacían presagiar que el futuro tornara a color de rosa. Pero cuando hay que nacer, se nace y luego, a lo hecho, pecho. De manera que José Aguilar Fernández -que andando el tiempo será el popular Josito- viene al mundo en la calle Asdrúbal de Puertollano el 28 de diciembre de 1922. Alguien diría: ¡menuda inocentada! La familia sigue creciendo hasta completar ocho bocas. Ocho bocas pidiendo pan es asunto mayor. Se impone la necesidad de buscarlo debajo de las piedras o, lo que es igual, debajo de la tierra, en los pozos mineros que descienden hasta las profundidades sin aire donde reina el miedo y ronda la muerte. La tierna edad no sirve de excusa.

A los 16 años rebusca en la escombrera del Terri para rescatar los restos de carbón aprovechables. Al año siguiente se abisma en las entrañas del Pozo Norte y asume funciones de vagonero, un cometido elemental pero fatigoso que más tarde da paso al de entibador, que ya requiere destreza y aumenta la responsabilidad porque se trata de fortalecer las galerías subterráneas. En la mina permanece 30 años, que equivalen a 360 meses, o lo que es igual, 10.950 días, con la propina de 7 días más por los años bisiestos.

Es fama que Josito -que nunca ocultó su condición sexual- tiene que hacerse respetar en el tajo, tiene que esforzarse para que nadie le “eche la pata encima”. Y tiene que pararle los pies a alguno que se burla de su condición. Consigue que a todo el mundo le quede claro que no se deja amedrentar. Tras estos 30 años, sufre un accidente muy usual en la profesión minera, le cae un “liso” que le provoca un quebranto en su salud. Poco tiempo después es sometido a una operación quirúrgica en el tobillo y ambos accidentes le rescatan de las galerías subterráneas para asignarle funciones de jardinería. La vocación artística que siempre ha permanecido latente puede manifestarse ahora en su nuevo cometido. Las flores, naturales o de papel, reviven en sus manos.

Josito el minero se echa la familia a la espalda y busca su sustento por los medios a su alcance. Al terminar la jornada, para completar la economía doméstica, se afana en cometidos que puedan reportarle algún ingreso extra: encala las casas del vecindario, pinta los objetos que le encargan, donde se necesita una mano, él ofrece las suyas. La gente sabe de su habilidad para sacar adelante múltiples ocupaciones. Sabe de su formalidad y buen criterio para resolver las dificultades de cualquier tarea.

Deja claro que su familia es más importante en su vida que su vocación de artista. Le gusta cantar y bailar. No le tiene miedo al escenario como no se lo tiene a la mina. Adopta el nombre artístico de “Josito el Minero” y forma elenco con un grupo de artistas locales para actuar en la ciudad y en pueblos de la comarca, sobre escenarios que a veces presentan más improvisación que tablas. El representante es Pedro Muñoz Arias, que luego será su cuñado y cuya vida merece también un artículo, experto en mover los hilos para conseguir “contratos” y obtener alguna ganancia material que se añada a la satisfacción de alimentar la personalidad artística de Josito, El Pinto, La Mora, La Farfalana, La Rechichá y demás componentes de la farándula. La penuria campa a sus anchas por los lugares donde recalan, las dificultades de desplazamiento están a la orden del día, pero la voluntad de los artistas no ceja en su empeño de sacar a la luz lo mejor de su arte a despecho de los inconvenientes.

El 27 de diciembre de 1968 se celebra en el Gran Teatro un festival a beneficio de la campaña de Navidad, organizado por Cáritas. En el cartel figuran los artistas más destacados de la localidad y sirve como testimonio de los cantantes, bailaores y músicos de la época. Aparecen por este orden: Antonio Fuentes “Valderrama”, Mari Carmen Flores, José Fernández “El Pinto”, Juan Cabrera, Mari Carmen Abdela, Rosa Mari Olmo, Josito “El Minero”, Tomás Flores Monroy, Gran Canti, Niña de la Mancha, Alfonso Pareja, Manuel Giménez (guitarrista), Profesor Saloqui, y las orquestas Los Naipes y Los Terremotos. Presentador: Eleuterio de Córdoba. Algunos de ellos se mantuvieron largo tiempo en el mundillo del espectáculo hasta que la edad fue apaciguando su ilusión, todos tuvieron el valor de subir a los escenarios en busca de una fama efímera y conservaron en el recuerdo ese tiempo ilusionante.

También el Carnaval es ocasión propicia para mostrar el arte propio. Los años en que estuvo prohibido celebrarlo -prácticamente hasta la llegada de la democracia- no cortaron las alas a Josito. Con algún valiente más, se disfrazaba y desafiaba el veto. Era comentario generalizado que la autoridad hacía la vista gorda ante la osadía de Josito, convencida de que su actitud no escondía comportamiento subversivo alguno. Por lo tanto, cuando en la década de los ochenta del pasado siglo empieza a florecer de nuevo la celebración del Carnaval, a Josito le falta tiempo para encabezar las iniciativas encaminadas a potenciarlo. Prueba de ello es que cuando el Ayuntamiento local instaura el título de Mascarón de Carnaval en 1994 para premiar a la persona que con mayor intensidad viva este festejo, el primer galardonado no podía ser otro que Josito. Las Peñas lo eligieron por aclamación. En una pared de su domicilio aún permanece expuesta la máscara de cerámica que rememora el acontecimiento. Se mantuvo fiel a su vocación carnavalera hasta años después de que esta celebración cayese otra vez en el olvido. Hablar en Puertollano de Carnaval es rescatar sin lugar a dudas la figura de Josito.

Su alma de artista le habilitaba para confeccionar sus propios trajes de Carnaval y el vestuario de otras personas que pedían su ayuda. Confeccionaba asimismo las carrozas de la verbena de san Antonio y cuantos aditamentos fueran precisos para dar rienda suelta a su imaginación. Disfrutaba como un niño con zapatos nuevos elaborando ojales y vainicas, confeccionando volantes y charreteras para engalanar cuerpos y calles y disponerlos para la fiesta. Si era precisa una corona para depositarla en alguna lápida del cementerio, recortaba coloristas flores de papel y componía el conjunto más llamativo. Las mocitas reclamaban su auxilio para que les hiciera el ramo de novia y no quedaban defraudadas del resultado. En cierta ocasión una mujer decidió dar a su nieta una cantidad de dinero y acudió a Josito en busca de un modo original de hacerlo. Su habilidad manual y fantasía compusieron un ramo con los billetes de curso legal como nunca se había visto. La gente se hacía lenguas de que la imaginación de Josito no conocía límites.

Su popularidad se agrandó merced a los actos caritativos y festivos en honor a san Antonio, el santo de su devoción. Nació ese fervor al encontrarse en su niñez una estatuilla del santo en el cementerio. En 1940 su hermana Santi -que luego será la esposa de Pedro Muñoz, su “representante artístico”- se enfrenta a una delicada operación quirúrgica y Josito le promete a san Antonio dar una comida a veinte necesitados si sale bien del trance. Todo discurre sin problemas y a partir de entonces, cada 13 de junio, Josito cumple su promesa y va incrementando paulatinamente el alcance de los actos. Comienza a celebrarlo en la calle Aprisco y después se traslada a la calle Cañerías, acorde con su cambio de domicilio particular. No escatima en gastos y los sufraga de su bolsillo, conservándose una factura de La Casetilla de 1997 por importe de 29.980 pesetas por material diverso de decoración. Al coste económico se suma el trabajo de todo el año para organizar un acontecimiento que gana, edición tras edición, en aceptación popular.

Los días de vísperas se engalanaba la calle Cañerías, donde se encuentra la capilla del santo en el propio domicilio de Josito. Luego se celebraba la procesión de la imagen en andas por las calles aledaños, a la que asistían las jóvenes adornadas con flores y pañuelos blancos en ofrenda a san Antonio por ser el patrono de las novias. En la puerta de la capilla se colgaba una campana que no dejaba de sonar a manos de las mocitas, ya que “tirar de la cuerda para hacer sonar la campana” era garantía de encontrar novio. Ya anochecido, tenía lugar la verbena con acompañamiento de orquesta para el baile.

El día del santo por la mañana se oficiaba una misa en la cercana ermita de la Soledad. Después se ofrecía la comida a los necesitados que, en ocasiones, iba precedida por un desayuno. En un momento determinado, se reparten las rosquillas de san Antonio que se harán muy demandadas. Para finalizar los actos, tras una nueva verbena, a medianoche se quema una carroza a modo de falla.

Hubo un triste episodio: la talla del santo se quemó en abril de 2000, con el consiguiente disgusto de sus devotos, que se movilizan para que en junio de ese año ya esté en su pedestal la nueva la imagen y las fiestas puedan celebrarse con normalidad. Los desvelos de Josito por “su” santo y su esfuerzo por mantener la promesa y los actos festivos a lo largo del tiempo, le hacen acreedor a una placa conmemorativa que le entrega el 16 de junio de 2003 la Corporación Municipal y la Agrupación Folclórica “Virgen de Gracia”. La “verbena de Josito” alcanzó una popularidad que congregaba a una riada humana en la calle Cañerías y la plaza de la Tercia durante décadas.

Los años fueron serenando su carácter, dotado de un fuerte temperamento. En las reuniones familiares de las últimas ocasiones se mostraba con un laconismo y ensimismamiento que no dejaban de sorprender. Las piernas, que tanto habían taconeado, empezaron a resentirse y pasarle factura. No obstante, aseguraba que bailando se le quitaban todos los males. El 15 de diciembre de 2010, pocos días antes de cumplir 88 años, fallecía Josito dejando un recuerdo indeleble en la ciudad. Fue un hombre libre, adelantado a su época, dotado para el arte y convencido de que, cuando era preciso, había que ponerse el mundo por montera.

Eduardo Egido Sánchez