La chimenea cuadrá

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Son las 04:03 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
La chimenea cuadrá

     Para los niños de entonces –hablamos de comienzos de los sesenta- el asunto no admitía discusión, la Chimenea Cuadrá era ni más ni menos que eso, una chimenea cuadrá. Lo de cuadrá saltaba a la vista, porque en la escuela del cojo habíamos aprendido a distinguir, no sin esfuerzo, un objeto redondo de uno cuadrado. Lo de chimenea era de dominio común, mucha gente daba por sentado que aquella atalaya que reinaba en el cerro de Santa Ana (cerro Santana, a la sazón) era la chimenea de una antigua fundición de plomo situada en el actual complejo deportivo “María Luisa Cabañero”. Parecía complicado que hubieran situado la chimenea de la fundición a tan larga distancia de ésta, horadando el cerro tan largo trecho hasta su cúspide, pero a los obreros de la edad heroica les dabas un pico y una pala y tenían arrestos no ya para semejante proeza sino para cambiar de emplazamiento el cerro entero.

     Hoy, que hemos perdido la inocencia y el espíritu de la épica, sabemos que la Chimenea Cuadrá es una torre telegráfica de Mathé, así llamada en homenaje al inventor de este sistema de telegrafía óptica, el brigadier José María Mathé. Concretamente era el telégrafo nº 26 de la Línea de Andalucía, que enlazaba Madrid y Cádiz.  Antes de esta función, en este emplazamiento se encontraba la ermita dedicada a Santa Ana, de donde toma su denominación todo el cerro. Y antes aún, cabe aventurar que en este punto se hallase alguna atalaya habida cuenta de su situación privilegiada para observar el valle del Tirteafuera al norte y el valle del Ojailén al sur y, por tanto, avistar lo antes posible a los potenciales enemigos que se aproximaran.

     Pues bien, este lugar era el escenario favorito de nuestras escapadas. Constituía un reto trepar cerro arriba por la vertiente oeste, la situada tras la iglesia de la Virgen de Gracia, hasta alcanzar sus muros y –los más audaces- encaramarse a ellos  hasta coronarlos. La vista desde allí era magnífica pero lo mejor era que nos permitía recorrer los alrededores, donde se hallaban los escenarios de nuestros juegos: El valle de las mil colinas (varios promontorios próximos entre sí que subíamos y bajábamos a la carrera como si se tratase de un sinfin). Los escurrideros (piedras pulidas e inclinadas por las que nos deslizábamos ora sobre las suelas de las zapatillas ora sobre la culera; en una ocasión, un amigo se presentó a la cita para subir a la Chimenea Cuadrá con un cartón de considerables dimensiones despertando nuestra curiosidad; ya veréis para qué lo quiero, respondió  misteriosamente a nuestras preguntas. Salimos de dudas cuando llegamos a los escurrideros y se  sentó sobre el cartón para deslizarse cómodamente y sin riesgo de hacerse un “siete” en los pantalones). La cueva de Guerrero (a la que nos acercábamos temerosos de toparnos con su inquietante inquilino. Muchos recordaréis a Guerrero, aquel bondadoso hombretón de túnica y barba blancas que deambulaba por las calles repartiendo estampitas. Los niños no osábamos acercarnos a él debido a su aspecto aunque nunca hubiera mostrado malas intenciones con nosotros. Jamás lo vimos en la cueva y poníamos en duda que realmente la visitase. Recientemente he sabido por un familiar suyo que sí la frecuentaba con la intención de tomar desnudo baños de sol, cumpliendo la recomendación de un naturista. Y parece ser que estas visitas fueron la causa de su muerte debido a la picadura de algún reptil. Existía la opinión generalizada de que había perdido el juicio a causa de sus muchas lecturas. Lo que no perdió en ningún momento fue su manifiesta bondad). El puente natural ( situado al noreste de la Chimenea, en un emplazamiento al que se accede con dificultad debido a la intrincada maleza que lo veda a la vista; hace honor a su nombre ya que está formado por una considerable masa rocosa en forma de arco bajo la que es posible pasar y contemplar el valle del Tirteafuera. Justo antes de llegar, se encuentra un desfiladero de pendiente pronunciada). Los precipicios (en la vertiente oeste, con una caída que bien puede alcanzar los diez metros. Para asomarnos a su abismo nos tumbábamos en el suelo perpendicularmente a la línea de su borde y únicamente suspendíamos en el vacío la cabeza. El reto consistía en tener el valor, o mejor dicho la temeridad, de sentarse en el borde con los pies colgando. Nunca vi a nadie que se atreviera a ello).

     La Chimenea Cuadrá y sus alrededores asistieron al nacimiento de muchos noviazgos de los jóvenes de Puertollano. En el gélido Día del Chorizo, el 23 de enero, festividad de san Ildefonso, o en el más benigno Día del Hornazo, el domingo siguiente al de Resurrección, se acudía en pandilla a la zona para cumplir con la tradición. Las laderas del cerro de Santa Ana hasta su cumbre en la misma Chimenea eran en estas fechas un hervidero de gente como lo prueba algunas instantáneas de los fotógrafos de la época. Para ello, había que realizar el esfuerzo de ascender por sus escarpadas cuestas, un buen pretexto para tomar de la mano a esa chica que se mostraba insegura en la ascensión, con la determinación de llegar a lo más alto. Un recio viento nos recibía en calidad de hospitalario anfitrión y una vista cenital nos hacía sentirnos los reyes del mundo. A buen seguro que lo éramos sin saberlo.

Eduardo Egido Sánchez

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