Leones en Puertollano

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Son las 14:35 del Sábado, 7 de Diciembre del 2019.
Leones en Puertollano

Resulta sorprendente que los libros de historia de Puertollano no recojan noticia alguna acerca del episodio de los leones en nuestra ciudad, y más sorprendente aún que nadie se pregunte si obedece a algún motivo el hecho de que la base de los cuatro caños de la Fuente Agria tenga forma de cara de león desde la remodelación de la marquesina del manantial en 1905. A ello se añade la coincidencia de que la Fuente de los Leones esté ornada por cuatro majestuosos ejemplares del rey de la selva. Cabría preguntarse por qué en una y otra fuente se eligió este animal en vez de elefantes, rinocerontes, halcones peregrinos o un muestrario variopinto. Y por qué fueron cuatro en ambos espacios. También abona la teoría de lo sorprendente que resulta que nadie indague sobre tanto león decorativo, la decisión del Ayuntamiento de elegir como una de las siete señas de identidad local que figuran en la pared del salón de actos del Museo Municipal, la cara de un león, que completa la serie junto a las siluetas de la Fuente Agria, el Castillete de Santa María, el Monumento al Minero del cerro de Santa Ana, el Museo Municipal, la Casa de Baños y el Auditorio. Mucho león para tan poca curiosidad.

     Pues bien, vamos a narrar el episodio de los leones de Puertollano con el propósito de rescatar del olvido un hecho histórico digno de figurar en los anales de la historia local. No pretendemos ser exhaustivos en los pormenores del acontecimiento sino trazar unos meros apuntes para que historiadores tan cualificados como los nuestros ahonden en este suceso tan relevante como ignoto.

     Todo comienza cuando el Conde de Valmaseda – orondo militar que tuvo un papel destacado en la prospección minera del último cuarto del siglo XIX en la cuenca de Puertollano,  personaje que da nombre a la calle que parte en dos las vías del tren desde el puente de san Agustín hasta el Apartadero de Calatrava y cuya fotografía con uniforme de la Guerra de Cuba puede admirarse en el Museo de la Minería- tiene noticia en la primavera (finales más bien) de 1879 de que un grandioso circo se encuentra instalado en Ciudad Real y cosecha un gran  éxito diario, con tal asistencia de público que obliga a colocar en taquilla el cartel de “no hay billetes”. El conde tenía registradas varias concesiones mineras que comenzaban por entonces a dar pingües beneficios a los capitalistas titulares, tras el descubrimiento del carbón en 1873. Así que se plantea que un buen modo de devolver a la ciudad parte de sus beneficios podría ser que sus habitantes disfruten de un magnífico espectáculo como según todos los indicios es este circo. Consigue contactar con el propietario del mismo, un tal Anselmo Ringling, de la rama de los Ringling estadounidenses, y pronto se ponen de acuerdo: el circo recalará en Puertollano con un traslado favorecido por la existencia del ferrocarril entre ambas ciudades desde 1864. La noticia corre como la pólvora por la ciudad minera y la expectación recorre el ejido de San Gregorio y trepa por los cerros de San Sebastián y Santa Ana alcanzando tal efervescencia que el conde cae en la cuenta de que su iniciativa altruista no solo no mermará sus arcas sino que engrosará su patrimonio. Miel sobre hojuelas, parece ser que dijo.

     De manera que un radiante día de verano (a principios, pues todo se gestionó con rapidez) míster Ringling se presentó en Puertollano al frente de su afamado circo “Ínsula Barataria”, nombre que respondía a que don Anselmo era un impenitente lector del Quijote. En el andén de la estación de la línea MZA lo esperaba impaciente el Conde del Valmaseda. Enseguida intimaron, puesto que a ambos personajes los adornaba un carácter campechano, y convinieron que entre empresarios debía reinar el trato franco y noble. El dueño del circo le informó de que el número más celebrado del espectáculo era la salida a pista de cuatro leones cuya ferocidad ponía los pelos de punta a chicos y grandes y cuyos rugidos sembraban de pánico  el recinto. No como aquellos leones, dijo trayendo a colación su afición cervantina, que se quedaron “de fauces cerradas” cuando don Quijote obligó a que abrieran sus jaulas, quizá descolocados ante los aspavientos de aquel saco de huesos con aspecto humano que los retaba y juzgando seguramente que no daba de sí para dos bocados en condiciones. Cada uno de estos leones, aseguró, se come a un cristiano y queda con hambre.

     El circo se instaló en el descampado del ejido de san Gregorio, próximo a la ya célebre Casa de Baños, donde andando el tiempo se erigió la plaza de toros que se inauguraría en 1896. La primera función del espectáculo reventó las costuras del entoldado. Una muchedumbre, con las fuerzas vivas del municipio al frente, abarrotó las bancadas ordenadas en círculo sobre la pista y se dispuso a olvidar por un momento la dureza de la vida cotidiana. El murmullo generalizado durante la sucesión de los números circenses previos se trocó en silencio reverencial cuando los cuatro leones hicieron acto de presencia tras la empalizada metálica y uno de ellos emitió un rugido que heló la sangre del propio domador, un hombretón con mostacho llamado Leonardo Selvático, madrileño de Vallecas. No obstante, se sobrepuso y desgranó  una temeraria gesta a base de restallar el látigo y obligar a los felinos a las más inauditas cabriolas, sin exceptuar el aplaudido salto para atravesar los aros de fuego. Ya se retiraban los leones por el pasadizo de hierro y respiraban aliviados los espectadores, cuando una de las juntas cedió ante el zarpazo del animal que encabezaba el grupo y los cuatro salieron a escape por el lado donde seguramente intuyeron que tenían más fácil huida: la zona libre de público por donde habían accedido a la pista. Si rápido desaparecieron los leones, no le fue a la zaga la muchedumbre. Por fortuna, no hubo que lamentar víctimas mortales, solo una docena de magullados debido a la estampida.

     Lo peor vino después, al constatarse que los leones habían desaparecido sin dejar rastro. De inmediato se reunió la Junta Consistorial con el añadido del Conde de Valmaseda, míster Ringling y el señor Selvático. Por unanimidad, se acordó que repicaran las campanas para avisar a la población y que los ganaderos pusieran a buen recaudo a todo tipo de reses, ya que el domador aseguró que los leones no eran delicados. Se dispuso que al día siguiente, pues ya había anochecido, se formase una comitiva comandada por el domador para averiguar el paradero de los felinos y apresarlos mediante una jaula rodante. El párroco, llegado al municipio ese mismo año, don Claudio Cebrián Pozo, que luego se convertiría en fiel notario de acontecimientos locales salvo el que nos ocupa, elevó una plegaria rogativa antes de disolverse la Junta. La preocupación ensombrecía los semblantes. Se avecinaban jornadas de inquietud.

     Transcurrieron bastantes días y sus noches correspondientes con la población sumida en un sin vivir. La gente únicamente salía a la calle ante una necesidad extrema y al caer la noche se encerraba en sus casas a piedra y lodo. Todo el mundo aseguraba oír rugidos por doquier pero los leones no daban señales de vida. Se pensó que podían estar cerca del río Ojailén que, tras una primavera pluviosa,  arrastraba abundante caudal. También se vigilaban las carnicerías, que podían atraer con su olor a los carnívoros. Se llegó a la crueldad, acuciada la autoridad competente por el pavor del vecindario, de atar a varias reses en la plaza para que sirvieran de señuelo. Ni por esas. Los leones se habían volatilizado como por ensalmo. El circo recogió los bártulos y siguió su camino con el propietario atribulado por la pérdida del mejor reclamo del espectáculo. Pasó el tiempo, mucho y despacio, y la calma renació en la ciudad y sus habitantes tornaron a sus ocupaciones rutinarias mirando por el rabillo del ojo que no apareciese algún león a la vuelta de la esquina o del camino.

      Ese mismo verano (a finales) el Conde de Valmaseda recibió un telegrama de míster Ringling con el siguiente texto: “Encontrados leones sanos y salvos provincia Toledo. Circo sano y salvo. Fuerte abrazo.” Este fue el afortunado epílogo de un suceso que bien pudo tener consecuencias trágicas y que se grabó con intensidad en la memoria colectiva de los coetáneos. Sin embargo, el acontecimiento fue diluyéndose en el recuerdo de los puertollaneros del mismo modo que se diluye el sabor del agua de la Fuente Agria.

 

 

Eduardo Egido Sánchez

 

 

 

Posdata.- Este artículo narra acontecimientos ficticios en un marco histórico verdadero. Hay que confiar en que el avispado lector separe adecuadamente el grano de la paja.

Eduardo Egido Sánchez
Foto: Alejandro Castellanos

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