Manuel Valero, el escritor que escribe

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Manuel Valero, el escritor que escribe

     El pasado 8 de junio presentó Manuel Valero “El esplendor y la ira” novela que culmina la tetralogía que fabula -mezclando memoria histórica, memoria personal y ficción- acerca de acontecimientos acaecidos en  Puertollano. En definitiva, cuatro novelas de corte histórico ambientadas en nuestra ciudad. Sin lugar a dudas, el más sólido proyecto literario local de la historia. Sin discusión, el más ambicioso y logrado homenaje literario a nuestro enclave geográfico, incluyendo la antigua cuenca minera. En consecuencia, Manuel Valero se ha convertido –sin lugar a dudas, sin discusión- en el escritor que ha levantado el  mayor monumento novelístico a la ciudad que lo vio nacer el último día de 1954.

     Originariamente, este proyecto estaba concebido como una trilogía pero es de suponer que el autor se quedó con ganas  tras terminar la tercera novela y no se levantó del ordenador –es un decir- hasta completar las 580 páginas de la cuarta. Y encima  confiesa, tomando una cerveza el otro día, que eliminó otras 120 páginas. Llegados a este punto, se podría dar por finalizado este artículo una vez demostrada la verdad del título. Sin embargo, no queda aquí la cosa, puesto que Manuel Valero tiene escritos dos musicales de corte literario y publicados seis libros más entre novelas, relatos y poesía. No voy a mencionar los títulos porque basta con escribir su nombre en internet para que aparezcan todos, pero diré que tengo los volúmenes a la vista en este mismo momento y  al comprobar que la gran mayoría contienen dedicatorias dirigidas a mí, siento una emoción especial por este valor añadido de personalización y una íntima satisfacción por las frases cariñosas e inmerecidas alabanzas con las  que  me obsequia el autor. Dudo qué pesa más: el afecto  por la amistad de Manuel Valero o la admiración por su talento literario. Qué fecundo el tiempo que hemos compartido caminando por senderos y trochas o frente a unas cervezas, porque el hecho de que sea un escritor de largo recorrido no va en detrimento de su locuacidad, hasta el punto de que alguna vez me vea obligado a pedirle que me deje meter baza siquiera sea para que él disfrute de un merecido descanso.

     Parece lo más natural que un escritor se caracterice por cultivar la escritura pero no siempre es así y abundan los casos de autores que se paralizan ante el horror de la hoja en blanco. El mexicano Juan Rulfo triunfó a pesar de su exigua obra: la celebrada novela corta “Pedro Páramo” y la colección de ocho relatos breves “El llano en llamas”. Que se conozca, no escribió más. Lo mismo sucedió con el norteamericano J.D. Salinger, famoso por la novela “El guardián entre el centeno”, que retrata certeramente a toda una generación; luego únicamente publicó algunos cuentos y relatos cortos y desapareció del mundo editorial. Se aventuraba que seguía escribiendo pero no publicaba, sin embargo a su muerte no se encontró la supuesta obra.

     En el platillo opuesto de la balanza está el francés Honoré de Balzac, que concibió su aplaudida “La comedia humana” como una ingente obra formada por 137 novelas aunque su prematura muerte “solo” le permitió llegar a 94 entregas. La comedia humana pasa por ser el más ambicioso y extenso proyecto literario de todos los tiempos. En esta línea se sitúan el romántico Marcel Proust, que se recluyó en su casa para acometer la magna “En busca del tiempo perdido” constituida por 7 extensas novelas, y el alemán Thomas Mann, famoso por las novelas “La montaña mágica”, “Los Buddenbrook” y “La muerte en Venecia” que fue llevada al cine por Luchino Visconti.

     Pues bien, Manuel Valero se incluye en el grupo de los escritores prolíficos porque no pierde el tiempo esperando la llegada de las musas, o lo que es igual, procura que cuando llegue la inspiración lo pille escribiendo. En esta actitud, es fiel émulo de sus admirados escritores del siglo XIX, tanto de la literatura española como universal. Ha confesado públicamente que considera esa época como la más fecunda de la historia de la Literatura, sin excluir a un autor del siglo XX que, a mi juicio, es el que más ha influido en su modo de narrar: Gabriel García Márquez. Desde la primera publicación de Manuel Valero (Tres veces quince) hasta la última  (El esplendor y la ira) la prosa exuberante del autor colombiano se refleja a cada paso en sus descripciones con apreciable fidelidad. Y junto a esta influencia, la sintaxis de Valero  mantiene un logrado equilibrio entre su formación periodística  y su acendrada vocación de lector de literatura clásica universal. No hay que releer un párrafo para que se ponga de manifiesto el significado unívoco de sus composiciones mediante una prosa eficaz dotada de un vocabulario definido por la propiedad.

     Que el escritor de fondo Manuel Valero seguirá escribiendo es una apuesta segura. Se puede escribir para triunfar, para ganarse la vida, para ser querido por los amigos (García Márquez, dixit) o por otras motivaciones. Creo que él escribe porque ese cometido constituye su medio natural, como el agua para el pez o el desierto para el cactus. Se sienta ante el ordenador y disfruta ordenando las palabras para dibujar su universo personal y colectivo, en los que ha hecho un hueco especial para sus paisanos y su pueblo. Por ello, hay que agradecerle esta consideración y por ello esta ciudad del balneario, de la tierra negra, de ultramar, y del esplendor y la ira, tiene que reconocer el esfuerzo de un paisano por recrear su perfil histórico y reflejar la idiosincrasia de sus moradores. Sin ambages: qué envidia, Manolo.

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Eduardo Egido Sánchez

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