Paisaje de Puertollano

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Son las 04:41 del Miércoles, 23 de Octubre del 2019.
Paisaje de Puertollano

     Los primeros pobladores de Puertollano debieron de pensar que el emplazamiento donde se asentaron reunía  buenas condiciones. Se trataba de un puerto que comunicaba el valle del río Tirteafuera al norte, con el valle del  río Ojailén al sur. Las zonas elevadas del puerto -los montículos de Santa Ana y San Sebastián- les proporcionaban excelentes condiciones para avistar la llegada de potenciales enemigos y, además, el puerto disponía de una llana plataforma que siempre resultaba susceptible de aprovechamiento. Así que se dijeron que estas condiciones geográficas eran suficientes para garantizar un adecuado asentamiento. Ni ellos ni los siguientes pobladores del lugar hasta 1873 se plantearon que la población y, consiguientemente, el casco urbano crecerían tan desmesuradamente como para necesitar edificar en las escarpadas laderas de los cerros colindantes. Pero ya es sabido que en 1873, en la huerta del tío “Celemines”, se descubren “unas piedras que ardían” y ello provocó en las décadas inmediatas un aluvión poblacional que obligó a la gente llegada de fuera a construir sus paupérrimas viviendas cerros arriba y a salto de mata. Y no solo eso, sino que la extracción del carbón también supuso horadar el terreno en puntos determinados y depositar el material estéril del subsuelo al margen  mismo. De este modo, toma forma a lo largo de decenios el paisaje urbano y perimetral de Puertollano.

     Así que no es raro que propios y extraños se pregunten si no podían haber elegido nuestros antepasados ancestrales otro sitio mejor para instalarse, ocupando los valles que se extienden  al norte y al sur. Con la perspectiva actual es pertinente plantearse que el lugar no es el más idóneo para construir un asentamiento confortable porque las empinadas calles de la ciudad de hoy dificultan las comunicaciones rodadas y a pie, y si no que se lo pregunten a las personas que acarrean a mano las bolsas de la compra  hasta las viviendas encaramadas en lo alto de los cerros. Sin embargo, si se considera la realidad de cada momento histórico, en cada época se ocuparon los terrenos que estaban más disponibles y el paisaje es el fruto de la lógica más evidente. Cualquier paisaje responde, en definitiva, a la combinación de factores geográficos, económicos, geológicos, humanos, etc. con predominio en cada momento de alguno de ellos.

     Cuando se llega a Puertollano desde el norte, impresionan los farallones rocosos que corona la “chimenea cuadrá”. Existía una leyenda que afirmaba que las rocas del cerro de Santa Ana, nombrado en el argot popular como “cerro Santana”, habían sido provocadas por las bombas arrojadas durante la guerra civil. Hoy sabemos que su origen es tectónico y, por lo tanto, el factor causante de esta morfología es el geológico, una fuerza natural en último término. En esta ladera del puerto se asienta el principal punto vigía, la citada “chimenea cuadrá”, para observar el entorno de los dos valles aledaños a la entrada natural al puerto llano. Y existía otro punto de observación más protegido, el “puente natural”, que permitía contemplar el valle del Tirteafuera a salvo de la mirada  de los invasores. En época reciente, se ha añadido como seña de identidad del cerro el Monumento al Minero, cuyo emplazamiento, a diferencia de los dos puntos anteriores que permiten ver sin ser visto, tiene como objetivo exponerlo a la mirada de cuanta más gente mejor. 

     En cambio, cuando se llega a Puertollano desde el sur, la vista se fatiga de registrar los montículos terrosos y los castilletes mineros metálicos y de mampostería que se extienden por el horizonte, con el Terri como hermano mayor de todos ellos. En este caso, el factor que determina el paisaje es la acción humana. Se puede elucubrar que el volumen que alcanzan los montones apelmazados de tierra seguramente es inferior al que alcanzaría el apilado de los alimentos que se obtuvieron a cambio del esfuerzo de arrancar a aquéllos del subsuelo. Quizá la primera impresión que embarga a quien  contempla este escenario es lamentar el efecto antiestético que produce la sucesión de terriles y descubiertos, montículos y hondonadas, jalonados acá y allá por castilletes desmochados y chimeneas pasto de la carcoma del tiempo. Pero a poco que el observador preste atención, se sobrepone la impresión de belleza que puede llegar a engendrar el fruto del esfuerzo humano, un esfuerzo desmedido, penoso, temerario, obligado, consciente del riesgo pero a la larga indiferente. Hacer de la necesidad virtud es un aprendizaje que el ser humano alimenta en sus genes. El paisaje del sur de Puertollano merece unirse a las señas de identidad aceptadas comúnmente y mostradas con satisfacción al visitante. No hay que olvidarse de este sello distintivo y mucho menos ocultarlo a la vista cuando queramos mostrar la ciudad a los forasteros. Porque, además, es la huella humana de la imagen de nuestra ciudad que más tiempo ha requerido para culminar su morfología, un siglo largo desde el descubrimiento del carbón hasta el cierre de la última mina a cielo abierto.

     Es sabido que la ciudad no atraviesa su momento económico más boyante pero quizá no resulte descabellado ni excesivamente oneroso  diseñar una ruta para caminantes y ciclistas que recorra los pozos mineros de la zona sur. Y, al tiempo, singularizar cada pozo con un rótulo que nos permita identificarlos a todos. Sería otro modo añadido para favorecer la práctica deportiva y para recuperar y poner en valor nuestras señas de identidad. Ante todo, hay que reivindicar la belleza de los testigos mudos del esfuerzo ingente de nuestros padres y abuelos, del genuino monumento a la minería que ellos levantaron sin ser conscientes de su obra.

Eduardo Egido Sánchez

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