Pequeño Comercio

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Son las 10:15 del Martes, 28 de Mayo del 2024.
Pequeño Comercio
Da gusto andar por las calles de nuestra ciudad y contemplar los escaparates de las tiendas bien iluminados y con una surtida selección de productos al alcance de la curiosidad o necesidad de los viandantes. Las luces de diversos colores son un poderoso atractivo para detener un momento la marcha y pasar revista a las mercancías que nos pueden venir bien en ese momento o que quizá recordemos cuando nos hagan falta.
 
La capacidad de atracción es mayor en la actual época del año en que la noche se echa encima a primera hora de la tarde y el efecto de las luces se potencia. Lo mismo sucede con las fachadas de bares y restaurantes, lugares que ocupan un lugar privilegiado de reunión en la cultura mediterránea que nos es propia. Es el pequeño comercio que enriquece las ciudades y las hace más amables y acogedoras.
 
A muchas personas, particularmente a las de edad más avanzada, nos gusta comprar viendo las caras de quienes nos facilitan las mercancías y hablar directamente con ellos sin las interferencias de la comunicación anónima y distante, esas llamadas telefónicas en las que frecuentemente hay que aguardar un tiempo interminable antes de conseguir que un contestador nos obligue a identificarnos, a responder a una serie de preguntas que pueden dar lugar a que la comunicación se interrumpa si el robot considera que el asunto no es de su competencia y que, en el mejor de los casos, nos permite hablar con una persona que responde desde un lugar remoto y a la que a veces nos cuesta trabajo entender por su dicción.
 
En cambio, el interlocutor presencial nos da confianza. Nos concede el tiempo preciso para asegurarnos que la compra que hacemos es la que mejor se ajusta a nuestras preferencias. Tras el mostrador, vamos a descubrir a alguien que no solamente se esfuerza en satisfacer nuestros deseos sino que comparte con nosotros aficiones, preocupaciones, opiniones… 
 
Así me ocurrió con el propietario de un pequeño establecimiento donde acudí recientemente a comprar un electrodoméstico. Resultó que conocía mi afición a caminar por el campo y ello dio lugar a una interesante conversación acerca de parajes del entorno de nuestra ciudad, especialmente del Valle de Alcudia y Sierra Madrona. Nos intercambiamos verbalmente rutas para realizar en futuras ocasiones. En el local se encontraba otra persona que al principio asistió en silencio a nuestros comentarios pero que al rato se sumó al diálogo aportando sus recorridos por las inmediaciones del río Robledillo, cerca de Solana del Pino. Como colofón a la amistosa tertulia, cuando ya me disponía a abandonar el establecimiento tras efectuar la compra, el propietario pronunció esas palabras que tanto gusta escuchar a los compradores: “Si tienes algún problema con el producto, aquí estamos para solucionarlo”. Salí a la calle con la sensación reconfortante de que aquella persona haría lo que hiciera falta para superar cualquier incidencia que pudiera presentarse.
 
Este artículo es el primer texto que escribo con el ordenador que he comprado hace unos días. El anterior portátil ya tenía achaques que ralentizaban tediosamente las operaciones más usuales, le costaba un mundo el encendido y apagado y respondía con una parsimonia a prueba de nervios. Un día mientras estaba leyendo las noticias se quedó con la pantalla en negro y no encontré el modo de recuperar el funcionamiento.  Lo llevé a una tienda especializada en informática y me presupuestaron la reparación. Después de comentar con mi familia y amigos el asunto, coincidimos en la conveniencia de comprar uno nuevo. Sondeamos en internet y en la propia tienda la adquisición y finalmente me decanté por el establecimiento local merced a la atención recibida y la garantía personal que me brindaba su dueño. Sé que a cinco minutos de casa se encuentra el técnico que puede resolver cualquier problema que se presente en el equipo y ello me compensa de los escasos euros que aboné por encima del precio de internet.
 
A riesgo de resultar reiterativo, comentaré un episodio más en la línea de las respuestas y ventajas del comercio de proximidad. Hace unos meses cambié el contrato de mantenimiento de la instalación de gas de mi domicilio desde una multinacional a otra empresa de ámbito provincial que tiene oficina en nuestra localidad. El lunes, 5 de diciembre, acudí a la oficina para dar aviso de una anomalía en la caldera de calefacción. La joven que me atendió me indicó que efectuara una sencilla operación con la que cabía la posibilidad de subsanar la anomalía y que si no era así llamase por teléfono -me indicó su nombre- para avisar al técnico. Como la maniobra no surtió efecto, al día siguiente, festivo, lo comuniqué a las 10 de la mañana y dos horas después se presentó el técnico y solucionó la avería con una profesionalidad que infundía confianza.
 
 En esta llamada de apoyo al pequeño comercio de Puertollano -extensible a cualquier ciudad- sería imperdonable no aludir a la tienda de barrio donde suelo efectuar compras de comestibles. La propietaria echa más horas que un reloj al negocio, sin eludir los días festivos ni distinguir épocas del año. Resulta encomiable el esfuerzo que le supone atender todos los requerimientos de su cometido, procurando conseguir productos de calidad que satisfagan a la clientela, incluso desplazándose a buena distancia para recogerlos. Cuando abrió la tienda contaba con la ayuda de su marido y ello les permitía viajar a Mercamadrid con frecuencia para adquirir género. Lamentablemente, él sufrió hace años un grave percance de salud que le impide continuar prestando su apoyo. A pesar de la terrible situación que atraviesan, ella se mantiene firme al frente del establecimiento, redoblando su esfuerzo con una actitud digna de admiración. 
 
Seguro que mucha gente conoce casos de estos denodados comerciantes que abren cada día su negocio enfrentándose a un sinfín de dificultades y compitiendo en desventaja con otras alternativas más en boga. Evidentemente, cada cliente elige dónde compra y no le faltan razones para su decisión. No obstante, conviene no olvidar que esos pequeños establecimientos que jalonan nuestras idas y venidas por la ciudad le proporcionan una vitalidad que resulta imprescindible para mantenerla autosuficiente y capacitada para proveernos de los recursos materiales que precisamos. Y, además, cabría declararlos de utilidad pública por la cohesión social que promueven.
Eduardo Egido Sánchez