Pozo minero

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Son las 17:44 del Sábado, 22 de Febrero del 2020.
Pozo minero

Aún no ha cantado el gallo. El minero aparta las mantas de su yacija y se incorpora hasta quedar sentado en el lecho. La oscuridad del cuarto es total. Escucha removerse a su mujer y el conato de llanto de su hijo en la cuna. Fuera, aúlla el viento. Febrero muestra sus cartas: frío y ventoso. Entonces se hace presente el dolor de cabeza que ha estado incubando toda la noche. Demasiado vino ayer tarde, demasiado cabezón el vino. Es un momento difícil el despertar. Peor pensarlo porque no tiene vuelta de hoja, sabe que tras un instante de titubeo se impondrá la cruda realidad: ponerse en pie y seguir adelante. La jornada que aguarda será dura pero  no presenta alternativa.

     Se dirige a oscuras hasta la cocinilla y allí acciona el interruptor de la luz, cuyo resplandor es atemperado por una capa de grasa. Esa penumbra es suficiente para permitirle moverse por la exigua vivienda. Un vistazo al cuarto de los niños para comprobar que duermen. Por último, se dirige al corral a evacuar necesidades. El corral completa los espacios de la casa. El gallo duerme a cresta suelta, el muy cabrón; para él es la vida: gallinitas ponedoras a su alrededor y los desechos de siete estómagos.

     Las mañanas de invierno exigen un tentempié caliente: aguachirle de achicoria sopado con el pan sobrante de la víspera. Cuando regresa del corral, su mujer está encendiendo la placa de carbón para calentar el almuerzo y el condumio que meterá en la tartera. Treinta años juntos y no ha podido convencerla de que no se dé el madrugón, que él puede arreglárselas solo.

     El minero emprende el camino del pozo. Hay afortunados que disponen de bicicleta, sin embargo él presume de buenas piernas y buenas alpargatas. Se consuela pensando que otros lo tienen peor, los que vienen de los pueblos de la comarca y han de remontar las empinadas cuestas de los puertos que obstaculizan el trayecto hasta el tajo. En su caso, la distancia desde la falda del cerro de santa Ana hasta su pozo se salva, aliviando, en una hora escasa. Así calienta motores. Según se acerca a la mina, la romería de sombras andantes acrecienta su número. Hay pocas ganas de hablar. No obstante, en el frío de la madrugada se agradece la compañía silenciosa.

     La jaula se abre con chirrido de grima. Una vez llena, inicia el descenso a las profundidades. Tantos años de mina y no puede evitar un escalofrío a medida que se aleja de la superficie. A continuación, el grupo recorre las galerías hasta alcanzar la zona de trabajo. ¿Qué distancia hay entre la bocamina y el suelo que pisa? Mejor no saberlo, el peligro comienza en el primer metro, el ansia se agazapa en cualquier recoveco. Por lo pronto, un buen augurio: el canario centinela salta de un palito al otro como si le dieran cuerda. Sería inútil pedirle que también trinara, cumple su cometido y que con eso basta.

     Las labores mineras son variadas. Cuanto más peligrosas y penosas, más salario. Alimentar siete bocas no es tarea fácil, así que, mientras el cuerpo aguante, se alista en la primera línea de fuego: polvo negro, ruido ensordecedor y músculos a pleno rendimiento. El destajo recompensa a los mejores y uno sabe que la bolsa se ensancha a medida que el carbón es arrancado de la veta. A más vagonetas, más necesidades de la familia cubiertas. En la entraña de la mina todo el mundo conoce lo que cada uno es capaz de afrontar, hay una escala invisible pero patente de valor y fortaleza. En la cúspide se encuentran aquellos a los que nadie “echa la pata encima”.

     El sonido que anuncia el final de la jornada suena a música celestial. El regreso a casa es más parlanchín, cada cual comenta las incidencias del día, la necesidad de reforzar la entibación, cuenta un chiste procaz, da rienda suelta a la alegría de volver a estar bajo el cielo. Una vez más, han burlado los peligros de la mina, han espantado los temores de los primeros momentos de la jornada. Empieza a anochecer cuando el minero llega casa. Su mujer ya tiene preparada el agua caliente para que se dé un japoteo de pies a cabeza. Qué gusto meterse en la tina y sentir el agua correr de arriba abajo, tiñéndose de negro en el recorrido. En ocasiones, su mujer se presta a restregarle la espalda con el estropajo para extremar el aseo. El afeitado es labor exclusiva del sábado. Las uñas, con las tres eses: en sábado, al sol y a solas.

     Cena temprano. Las viandas del mediodía ya deben de andar por el intestino. Antes de cenar, su mujer reclama a gritos en la calle la vuelta a casa de la prole para que haya ocasión de compartir mesa todos juntos. En este aspecto, el cabeza de familia se muestra intransigente. Como lo es en la actividad que sigue a continuación: los cuatro filios se acomodan en la mesa y llevan a cabo sus tareas escolares bajo la distraída mirada del minero, que bebe su vaso de vino al tiempo que escucha en la radio las coplas que tanto le gustan. Sería feliz oyendo flamenco todo el día…

     De vez en cuando, se acerca a la taberna a echar el rato. Hay asuntos que requieren el ambiente cálido del lugar para airearse. En la taberna, el minero parece armarse de arrestos para mantenerse en la brecha. El vino es fiel compañero si se le sabe tratar, desata la lengua, templa el ánimo, refuerza la amistad. A pesar del cartel que lo prohíbe, no falta quien se arranque con el palo flamenco de su preferencia y enardece a los concurrentes. Si existe pique en la tajo también lo hay en el cante, a cada uno lo suyo.

     El minero se mete en la cama barruntando la jornada del día siguiente. Pero ello, como el fiar, es cosa de mañana. De momento, se está caliente bajo las mantas y el cuerpo descansa. Y su mujer está al lado, al alcance de la mano. Su mujer, que rezonga que ya está bien con cinco criaturas, que ni rebullirse pueden. Pero él tiene la respuesta adecuada: cada hijo nace con un pan bajo el brazo.

Eduardo Egido Sánchez

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