Por Eduardo Egido Sánchez
HISTORIA / TRADICIÓN:
La festividad del Santo Voto de Puertollano es la manifestación de mayor relevancia de nuestro pasado, como hecho histórico y como tradición. Por este motivo fue reconocida como Fiesta de Interés Turístico Regional en 1999 y como Bien de Interés Cultural, con categoría de Bien Inmaterial, en 2020.
Los hechos acaecieron en 1348 cuando la epidemia de peste negra iniciada en la península de Crimea, en la costa norte del Mar Negro, se extendió a través de los puertos del Mediterráneo y llegó al Reino de Castilla en el verano de ese mismo año. Los efectos de la epidemia fueron devastadores, diezmando a una población que no tenía recursos para enfrentarse a ella.
Una vez producido el contagio, la enfermedad avanzaba rápidamente provocando tumores en ingles y axilas, que el vulgo llamaba bubones y de ahí su denominación de peste bubónica. En la inmensa mayoría de los casos, la muerte no tardaba en presentarse. El consejo médico para evitar el contagio era “huir pronto, lejos y volver tarde”.
Sostiene la tradición que este episodio de peste negra redujo la población a 13 vecinos, sinónimo de cabeza de familia, lo que supondría 65-70 personas de un total estimado de 500 habitantes. Los supervivientes hicieron un voto o promesa en homenaje al desposorio de la Virgen María con San José, en súplica para ser librados de la muerte. Este Voto consiste en ofrecer comida a todo el que la necesite o requiera.
Esta tradición se mantiene ininterrumpida desde entonces ganando pujanza con el paso de los siglos y tiene lugar el día de la octava de la Ascensión del Señor a los cielos, es decir, el jueves siguiente a esta festividad.
LA FICCIÓN:
ESCENA PRIMERA. LA MUERTE:
El cuarto jinete del Apocalipsis entró a galope desbocado por la llanura encajonada entre cerros. En un instante abarcó los reducidos confines del poblado cuyas calles trepaban por las cuestas de su ladera oeste. Su impetuoso avance iba acompañado de una opaca sombra que convertía en tiniebla lo que era sol radiante. Cabía esperar oír el sonido atronador de sus cascos, pero solo se escuchaba el aullido de un viento sibilante que erizaba los cabellos.
La muerte hacía suyos a los despavoridos lugareños a guadaña llena. Desencajaba los endebles goznes de sus míseras viviendas y entraba a saco en los espacios carentes de toda habitabilidad donde viejos, jóvenes y niños se refugiaban abrazados con la esperanza de que las precarias paredes de sus casas bastasen para detener aquel torbellino que campaba a sus anchas. De inmediato se puso de manifiesto que cualquier barrera sería violentada sin esfuerzo por un vendaval desconocido hasta entonces.
Algunos abandonaban sus viviendas confiados en poder huir, correr hasta alcanzar territorios en los que la luz y los sonidos de la naturaleza recuperasen la normalidad. Un vano intento que cuyo desenlace provocaba una imagen aterradora: cuerpos yacentes en mitad de la calle, ojos abiertos e inmóviles, cadáveres hinchados y cubiertos de tumores. Por doquier los llantos enloquecidos de los que habían visto morir a sus seres queridos y aguardaban sin remedio su propio fin, componían un escenario infernal. Sin escapatoria previsible, todos se dispusieron a entregar sus almas.
ESCENA SEGUNDA. EL VOTO:
Ante adversidad de envergadura tan descomunal, los vecinos de carácter más templado hablaron manteniendo las distancias para no exponerse al contagio y acordaron reunirse en la alameda existente al norte de la villa para adoptar alguna decisión que aportara un atisbo de esperanza. Fijaron la fecha del 8 de septiembre sin más motivos que por su proximidad ya que día tras día el número de víctimas no dejaba de crecer. Se comprometieron a correr la voz para que el vecindario respondiera a la llamada.
El día fijado, únicamente 13 cabezas de familia hicieron acto de presencia. Al mirarse entre sí, un escalofrío hermanó al grupo tras comprobar que eran escuálidos despojos los se cobijaban bajo las sombras de los álamos. El más anciano, la voz de la experiencia, tomó la palabra para rogar a los presentes una oración para interceder por los que habían sido presa de tan cruenta mortandad y para predisponer a los cielos a escuchar su demanda. Acto seguido expuso que únicamente la intervención divina poseía el poder de librarlos de la epidemia que los aniquilaba.
Los presentes asintieron en silencio, disponiendo sus manos en actitud de comunicación con el Altísimo. El portavoz propuso efectuar un voto sagrado en homenaje al desposorio de la Virgen María con el bienaventurado San José y su naturaleza de ser siempre virgen. Mediante esta promesa, la comunidad ofrecería una comida a todos los que la aceptaran, estableciendo el día de la octava de la Ascensión del Señor a los cielos como fecha para llevarla a cabo. Todos dieron su asentimiento y cayeron de hinojos para rubricar el acuerdo. El Santo Voto tomaba carta de naturaleza.
ESCENA TERCERA. LA COMPASIÓN:
Cuando pocos confiaban en escapar del abrazo fatal del cuarto jinete, paulatinamente la luz comenzó a brillar de nuevo, retornó el trino de las aves y los pobladores de Puerto Plano sintieron que un hálito reconfortante avivaba los signos de su fe. La comunicación entre ellos se restableció y convinieron en que había que actuar con prontitud para enterrar los cadáveres que proliferaban en calles, plazas y descampados, además de aquellos que permanecieran en el interior de sus domicilios. La tarea se mostraba tan perentoria como terrible, al alcance solo de los espíritus menos pusilánimes.
Comprobaron que el contagio había cesado y que la tarea de inhumar a los difuntos no se cobraba nuevas víctimas. Ello animó a la participación de toda la colectividad puesto que todas las manos resultaban escasas para recuperar no ya los espacios abiertos de la villa sino el más delicado cometido de extraer los cuerpos del interior de las casas y trasladar al depósito de bienes comunales, creado al efecto, aquellas pertenencias de valor de las familias que habían perecido por completo. Se descubrió entonces que el pillaje no había respetado una contingencia tan dramática como la sufrida.
La misericordia por el sufrimiento ajeno y la ayuda prestada para superarlo, puestas de manifiesto en la labor de humanizar la vida y costumbres de los lugareños, restañaron las tropelías de los bajos instintos. La caridad resplandecía otra vez con la ilusión de las nuevas oportunidades.
ESCENA CUARTA. EL CUMPLIMIENTO:
La materialización del Santo Voto por parte de nuestros antepasados no se hizo esperar: al año siguiente, la octava de la Ascensión cayó en el mes de mayo, como es habitual, y la población entera sin excepción, más algunas familias que se habían afincado recientemente en la villa, se aprestaron a cocinar el guiso de ternera con patatas, con la añadidura de algunas legumbres y especias disponibles.
El lugar señalado para la celebración fue el ejido que conducía hasta el puerto del norte, un terreno comunal donde se asentaban la agricultura y ganadería, principales fuentes económicas de la época. Desde meses antes, los moradores de la villa recorrieron los asentamientos próximos para anunciar que todo aquel que deseara sumarse al ágape sería recibido con los brazos abiertos. En tiempos de hambruna, la invitación no cayó en saco roto: en aquella memorable jornada bendecida por el voto religioso y acompañada por los buenos augurios del sol de mayo y la recogida de las cosechas, cientos de personas se dieron cita en el llano entre cerros para comer y beber como no lo habían hecho nunca.
La comida estuvo precedida de una oración que renovaba el agradecimiento de los presentes por la intercesión de la Virgen para librarlos de la reciente calamidad. Luego estuvo amenizada por la música de flautas, tamboriles, panderetas y rabeles y las entonadas voces de aldeanas y aldeanos que rescataban los cánticos populares de sus antepasados. Los trece vecinos del Santo Voto no albergaron duda alguna acerca de que iniciaban una tradición que perduraría por los siglos de los siglos.