Breve singladura ribereña

Escucha la radio con La Voz de Puertollano
La Voz de Puertollano
La Voz de Puertollano en Facebook
La Voz de Puertollano en Twitter

Son las 15:52 del Miércoles, 20 de Mayo del 2026.
Breve singladura ribereña

 

Por Antonio Carmona Márquez

 

Desde el puente de la antigua N-420, muy cerca de Brazatortas hasta el camino que baja al río procedente de Retamar hay unos siete kilómetros de meandros. Casi una veintena de curvas, arcos y serpenteos trazadas por una corriente que parece no acertar hacia dónde se inclina el terreno. Más de siete mil metros de cauce recorrido para apenas descender nueve metros. Resulta lógico que las aguas divaguen mientras escudriñan cuestas abajo y que en ocasiones se salgan de su cauce, cuando las lluvias arrecian, inundando un paisaje con matices inhóspitos, una campiña desabrigada, a merced de la ventisca, con la presencia testimonial de matojos y algún que otro árbol de aspecto desairado y solitario.

Hoy el río no está desbordado, aunque fluye la suficiente agua como para colmar por completo su lecho. Se podría incluso materializar la peregrina fantasía de navegar sus circunloquios de agua transparente a bordo de una pequeña embarcación. Timonear sobre un llano con rumbo a “donde te lleve el río”, mientras eres testigo de las aportaciones de arroyos como el de Valdecabras y los Molinos, y vas dejando atrás una estela sobre anchurones donde apenas es perceptible la corriente, sobre charcones, sobre vados cruzados por caminos rurales. El río queda delimitado al norte y al sur por dos sierras casi paralelas. También en paralelo, pero más cercanas a su cauce se realzan unas estribaciones menos elevadas cuyas peñas han resistido a una erosión milenaria y han acogido durante siglos poblados ancestrales.

Sobre las láminas de aguas tranquilas y poco profundas se va extendiendo una alfombra de flores blancas y hojas verdes que contrasta con otra alfombra de paneles solares sobre los suaves cerros circundantes. Destaca el amarillo vivaz de un ramillete de lirios salvajes como lo haría un arreglo floral improvisado. Unos montículos y un socavón lleno de agua se ocultan tras una arboleda. Se trata de “La Mineta”. Sabemos que fue una pequeña mina porque por aquí huele a tierra herida, a mena extraída de sus entrañas. Desde la humilde altura de sus escombros, la perspectiva abarca un extenso recorrido de este río sinuoso y silente. Retamar está ya muy cerca. Los trenes de alta velocidad no dejan de pasar sin tan siquiera fijarse en esta pequeña aldea.

Antonio Carmona