Por Antonio Carmona Márquez
Aunque el camino sea el mismo, el trayecto de ida nunca es igual que el de retorno. Antes el sol cegaba tus ojos, ahora pisas tu sombra mientras las perdices alzan el vuelo con precisión de aleteo metálico. Por el arroyo sólo corre el silencio sediento de las raíces y el sosiego náutico de las piedras.
Conozco cada intersticio, cada farallón, cada abrigo, cada peña de esa sierra que conforma el telón de fondo. Lo digo sin el más mínimo atisbo de jactancia, sino más bien movido por la ansiedad, el pánico ante la posibilidad de que un día en un futuro no muy lejano deje de resultarme familiar.