De Ermitas, Puentes y otros Parches

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Son las 14:58 del Miércoles, 20 de Mayo del 2026.
De Ermitas, Puentes y otros Parches

 

Por Antonio Carmona Márquez

 

A modo de introducción histórica:

En 1667 se fabricó la campana de esta ermita en Ventillas, siendo alcalde un tal don Francisco Megía.Los visitadores de Calatrava se pasaron por aquí en 1720 para corroborar que dicha ermita estaba dedicada a san Marcos, ordenaron reparaciones por valor de 11.972 reales. (Archivo Hco. Nacional visitas de Calatrava. Leg. 1º N2). De nuevo en 1742 se dejaron ver por estos lares y describieron su techumbre elaborada en madera y su altar, capilla y “rompimientos” pertenecientes a la mayordomía de la Virgen del Rosario. El cura, que vivía en la casa aneja a la ermita, percibía del Prior de Fuencaliente 300 reales  (Inocente Hervás y Buendía). Se hicieron otra serie de reparaciones y obras hasta que fue incendiada durante la Guerra Civil (1936-39). En 1955 se llevaron a cabo más reformas de reparación y acondicionamiento, acortando la nave de la iglesia. Esta obra se sufragó con fondos de la iglesia y con el trabajo de los esforzados aldeanos. Don Justo Romero Jordán es uno de ellos, ascendiente de varias familias que actualmente poseen domicilio en Ventillas.

Entrando en materia:

Sería durante el año 2000 cuando se acomete una de las mayores innovaciones en la ermita. Se levantó todo el suelo constituido por antiguas losas de barro cocido, bajo las que aparecieron una gran cantidad de huesos humanos, sobre todo de niños. A tal efecto, se personó una jueza. Con sumo cuidado se fueron desgajando una a una las baldosas y se colocaron cuidadosamente sobre unos palés, lo que a algunos ingenuos nos llevó a pensar que las reutilizarían en la reconstrucción de la propia ermita, respetando así la estética de una arquitectura rural que está catalogada como Patrimonio Cultural, pues no en vano aparece recogida en el Inventario de Bienes Culturales de Fuencaliente con el número de elemento  "07130420080I Ermita de san Marcos”. No obstante, los palés de añosas losetas “desaparecieron” con nocturnidad y alevosía para revestir con suelo sagrado (y de nuestro Patrimonio Cultural) la hacienda de algún espabilado (¿expoliador?). Eso sí, La ermita se embaldosó con un bonito y práctico gres marrón de los de andar por casa. El vetusto portón de entrada con dos hojas en madera fue así mismo sustituido por una puerta metálica al más puro “cochera style”.

Si bien no hubo problema alguno en reunir y embalar con esmero el suelo de la iglesia y transportarlo allá a donde a un particular le convino, no ocurrió un tanto así con todos los escombros y restos generados durante aquella obra y el posterior arreglo del tejado. Junto a la ermita, aún persisten enhiestos los recios muros pétreos de la casa del cura, lugar que al menos se podía haber limpiado y consolidado con vistas a futuros usos lúdicos, pero ¿para qué?..., pudiendo servir como contenedor-escombrera de la ermita “per secula seculorum”, dejando esa genuina imagen tan nuestra de despropósitos abominables en el corazón de un medio natural envidiable, que ya ha pasado a formar parte del paisaje.

Puentes:

Nunca han existido puentes sufragados por las instituciones públicas en las inmediaciones de Ventillas. Sí que hemos tenido una serie de “puentes artesanos” construidos con los recursos económicos e incluso con la mano de obra de los vecinos. Les empujó la necesidad de cruzar el río Montoro en dirección al malogrado, casi totalmente perdido camino público del Ojuelo (es decir, nos referimos al camino original, los que conducen a fincas privadas se hallan en perfecto estado). Otro puente para cruzar en dirección al puerto de Ventillas, siguiendo la abandonada a su suerte y fallida Ruta del Quijote, y un tercer puente para cruzar en dirección a la ermita al otro lado del arroyo de La Aliseda. La Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, al menos desde nuestra perspectiva, siempre ha usado como estrategia más esforzada el silencio administrativo y la inacción, prefiriendo tomar la decisión de “no mojarse” en éste como en otros tantos asuntos de índole hidrográfica. Pero recientemente tomó cartas en el asunto, procurando la desaparición de estos tres puentes o de lo que quedaba de ellos. Llama la atención que otros temas, como la cercanía o intromisión de vallas en el cauce del río, impidiendo tanto la fluidez de sus aguas como el recorrido de su curso por parte del caminante no resulte un tema crucial que ocupe a esta institución ni a ninguna otra.

Tan solo el puente que cruza el arroyo de La Aliseda hacia la ermita ha sido a fecha de hoy restituido. Muchos, los mismos ingenuos antes mencionados, habíamos pensado que se trataba de la ocasión idónea para instalarlo en el lugar donde históricamente le corresponde en el que había un puente del que actualmente apenas quedan restos. Al fondo de la calle Almirez, siguiendo todo recto hacia el arroyo para continuar por el antiguo camino que pasa por la fachada en ruinas de la casa del cura, ahora adecuadamente colmatadas con los susodichos escombros. Muy a nuestro pesar, se ha tenido a bien, en este caso y sin que sirva de precedente, aprovechar los restos del puente vecinal, esto es, dos mojones (con un aspecto más feo que pegarle a un padre) de argamasa, cascotes y escombros que han quedado tras el desmantelamiento de dicho puente. Han resultado muy útiles para el nuevo puente, a pesar de su absoluta falta de estética (¡y a quién habría de importar eso!) para soportar su liviano peso, apoyando ambos extremos del mismo en estas horripilantes peanas. Un nuevo puente que bien podría simbolizar la mínima expresión del concepto “puente”.

La cultura del parche y la resignación:

Estamos tan acostumbrados a ver parches cubriendo nuestro patrimonio que a estas alturas nos parece que ese debe ser su estado lógico y natural. Incluso, cuando se hace algo, sea lo que sea y como sea, nos sentimos agradecidos: “se podría haber llevado a cabo de esta otra forma, pero, en fin, por lo menos algo se ha hecho”. Nos comportamos como si nos regalaran algo, olvidando que es un regalo pagado con nuestros propios impuestos. Se trata de esa resignación tan acendrada en el espíritu castellano-manchego, de lo que pudo pasar y no pasó, de lo que se podría haber hecho que nunca se hizo o acabó en chapuza o devorado por el paso del tiempo y la intemperie ante una escasa previsión o nulo mantenimiento. Siempre contamos con la recurrente excusa de la escasez de pecunio o quizá no se trate de una excusa, sino más bien de una realidad aplastante.

Nuestro Parque Natural del Valle de Alcudia y Sierra Madrona cuenta con igual cuantía de recursos económicos que cualquier otro parque natural solo que dividida entre diez (por lo menos), es decir, para nuestro parque no quedan más que las migajas. ¿A qué es debida tal afrenta? ¡Chi lo sa! Si hay alguien por ahí que tenga respuestas a estas cuestiones, ¡yo le invoco! ¡Que se manifieste! En otras regiones españolas cuidan de sus aldeas serranas como enclaves únicos a atesorar. ¡Aquí no! Quizá, a fin de cuentas, tenemos lo que nos merecemos. Por cierto, la centenaria campana de la ermita con la que comenzábamos esta disertación o lo que quiera que esto sea, la que cuelga en lo alto de la ermita, la de 1667, está rota desde los años sesenta del pasado siglo. Pero aún repica.

Antonio Carmona