Por Antonio Carmona Márquez
El que no tiene dron, tiene Terri, testigo de un pasado minero, ahora mirador de borrascas tan pertinaces, que al regato lo convierten en arroyo, al arroyo lo convierten en río, al camino, en charcón permanente y al río, en tempestuoso torrente. Los olivos se sienten extraños al verse los pies anegados.
Puertollano respira hoy un viento fresco de suroeste en este valle de esquirlas acuosas y “con su cara lavá y recién peiná”, cualquiera diría que parece otra ciudad.