Por Antonio Carmona Márquez
Cada vez llega antes ese temido día. El caminante intenta burlar las condiciones meteorológicas partiendo muy temprano, antes de que el sol se deje sentir. Pero la temperatura trepa laderas a paso más resuelto que el suyo. Aun así, un nuevo encuentro con la montaña resulta deseable, como quien visita a una persona querida, sin pretensiones, por el simple gusto de volverla a respirar, sin esperar nada a cambio y en cualquier circunstancia.
La luz es ya demasiado intensa como para reparar en detalles nimios. Resplandecen los lisos paredones con un brillo desmesurado, apenas velado por una piel hirsuta de líquenes grisáceos, verdosos y amarillentos. Al cerrar los ojos, las siluetas de los líquenes forman en la retina imágenes de ensoñación. Los abrojos anidan entre los cordones de las botas. Espigas, en los calcetines.
Las aristas del terreno se afilan con una cadencia de equilibrios dinámicos. Vuelan buitres describiendo órbitas perezosas. Sobre la camiseta comienzan a dibujarse cercos de sed insaciable y agotamiento. El caminante rastrea sombras bajo cortinas de hojas y claroscuros. Quizá vaya siendo hora de irse despidiendo hasta las primeras brisas que barrunten otoños. Pero no puedes irte así. No deberías despedirte pensando: “hoy la montaña no me quiere.”