Por Antonio Carmona Márquez
Esta es una tierra abierta y llana. Allá donde no hay una montaña, ni siquiera un simple cerro, no queda más remedio que imaginarla y edificarla. Allá donde apenas se precipita la lluvia, sobre esta perspectiva horizontal de cielo y tierra, los prehistóricos habitantes del Bronce Manchego imaginaron y edificaron un laberinto amurallado hace 4.000 años.
En el corazón de un laberinto siempre hay un pozo de lluvia. En lo más profundo del pozo escalonado, yace silente el agua que ha de saciar la sed del ganado, de la tierra y de sus habitantes, siguiendo esta misma ordenanza.
El laberinto pétreo, de pasillos estrechos y acodados brinda sensaciones claustrofóbicas, se manifiesta inexpugnable —todo sea por el agua— y con cierta propensión al derrumbe hacia dentro, a la inclinación al centro, hacia el agua nuclear y profunda, como si este maravilloso corazón de lluvia ejerciera una fuerza de gravedad irresistible hasta para la mirada.