Por Antonio Carmona Márquez
El Ojailén es un río definitivamente minero, industrial y antrópico, moldeado y remodelado por la mano del hombre una y mil veces, al menos a lo largo del primer tercio de su recorrido. Ya dijimos que su nacimiento se ubica en las cercanías de Veredas, donde enseguida recibe la aportación del arroyo de Pulido. Sin embargo, podríamos afirmar que “vuelve a nacer” a más de treinta kilómetros río abajo y 648 metros sobre el nivel del mar —77 metros más abajo de su cabecera— en este tramo cercano al complejo petroquímico de Repsol.
Justo aquí recoge un importante caudal de aguas depuradas en la propia industria. Este aporte determina que, desde este punto, el Ojailén mantenga un caudal generoso e ininterrumpido durante todo el año, independientemente de la pluviosidad registrada en la comarca. De alguna forma, el río Montoro se convierte así en afluente indirecto del Ojailén, pues estas aguas proceden de su embalse en el valle de Alcudia que recoge el flujo acuífero de los ríos Montoro y Tablillas. Corriente abajo, hacia el sur, volverá a coincidir el Ojailén, después de aliarse al río Fresnedas, con la desembocadura del río Montoro.
Nos dirigimos a un enclave situado en las proximidades de la carretera local desde Puertollano hacia El Villar, CR-5031, a menos de cuatro kilómetros de esta aldea, donde un camino se abre a la izquierda antes del puente que cruza el Ojailén, coincidiendo con la Protectora Huellas y la desembocadura, por la derecha, del arroyo de Canalcerro, muy cerca de cuyo curso, a unos 5 kilómetros al sur se produjo en 2002 un hallazgo arqueológico tan inesperado como extraordinario: un depósito de catorce espadas y puñales del Bronce Final, fechados en torno al siglo VIII a.C.
No fue el único descubrimiento sorprendente en la zona. Décadas antes, el 9 de junio de 1976, unos chicos que buscaban hormigas aladas para pescar encontraron cinco hachas de piedra pulimentada pertenecientes también a una etapa aún más antigua de la Edad del Bronce. El hallazgo fue considerado de tal relevancia que las piezas terminaron depositadas en el Museo Provincial de Ciudad Real, que por entonces comenzaba a levantarse.
Siguiendo el camino y el río por el margen izquierdo se observan los vertidos de agua tratada por una cascada en escalera para su oxigenación. Después, un enorme tubo metálico en forma de arco de unos cuarenta metros de envergadura cruza como un puente el río. Más adelante, tenemos otro vertido de aguas que provienen de dos grandes estanques situados en el interior de la refinería. Un poderoso y permanente estruendo de maquinarias nos llega desde el complejo y todo el ambiente está impregnado de ese inconfundible “olor a fábrica” que cualquier puertollanero reconocería al instante.
Las estructuras fabriles y los cerros de escombros contrastan, no obstante, con una escena bucólica limítrofe a este gigantesco complejo industrial: ganadería pastando que no parece en absoluto soliviantada ante las condiciones sonoras y atmosféricas del medio ambiente, almendros en flor, siembras de un verde lorquiano y campos recién arados, como si alguien hubiera querido subrayar deliberadamente la aparente inocuidad del entorno.
El camino continúa hacia un pequeño caserío agrícola y ganadero. En el corral hay corderillos con la tripa umbilical todavía colgando.
—Acaban de nacer —nos dice una mujer que se acerca amablemente.
Es ella quien nos guía hacia unas antiguas norias destinadas a sacar agua de un pozo cercano y hacia una vieja alberca.
—A ver si podemos pasar sin que se nos hundan los pies. El río llegaba hasta aquí hace unos días —advierte, cuando todavía estamos a más de cien metros de la orilla habitual del Ojailén.
Pronto aparece ante nosotros el entramado de piedra del pozo y la maquinaria de hierro forjado de la noria. Resulta fácil imaginar cómo, muchas décadas atrás, una mula con antojeras caminaría en círculo, atada al balancín, moviendo lentamente los engranajes de este ingenio hidráulico. Cerca se conserva también una antigua alberca construida con piedra y ladrillo macizo, reforzada por contrafuertes laterales. El agua, siempre el agua. Lo que haga falta para conseguir agua.
La luz viscosa del atardecer —casi cinematográfica— permite distinguir el arco metálico desde la distancia. Un arco es siempre un arco, por muy fabril o artificioso que resulte en mitad de la naturaleza. Es un imán inevitable para cualquier cámara fotográfica que se precie. Bajo este mismo sol y este mismo cielo han pasado, uno tras otro, innumerables artefactos humanos: raspadores musterienses, hachas neolíticas, espadas del Bronce Final, trazados ferroviarios inacabados, torres de extracción minera, refinerías, trenes de alta velocidad, placas solares… Todo ello en un pequeño valle y en un tiempo relativamente breve. Y siempre, mientras tanto, bajo la presencia ineludible de esta auténtica médula espinal del paisaje: el río Ojailén.