Por Antonio Carmona Márquez
Decir “primera línea de playa” es exteriorizar uno de esos deseos inherentes al carácter genuino español, como las sobremesas inacabables, las discusiones acaloradas sobre cualquier trivialidad o los denodados esfuerzos por aparcar a menos de diez metros de nuestro destino. Sin embargo, esa primera línea playera ha resultado ser un concepto que, una vez llevado a la práctica, no ha conseguido sino masificar y amurallar los litorales, si es que no acaba arruinándolos como necesarias víctimas de una codicia desmedida que hace tiempo olvidó el cuento de la gallina de los huevos de oro.
Por eso a veces nos llega algún consuelo, pequeñas alegrías como la noticia sobre el hotel El Algarrobico en el levante almeriense, muy cerca de Carboneras, cuya licencia de obras del 2003 ha sido (¡por fin!) declarada nula de pleno derecho, despejando el camino para su demolición. Esta gran obra concebida con el fin de enriquecer la comarca, en aras del progreso nacional y la creación de empleo para el pueblo (¡Uy, perdón! Se me han colado unas frases de un artículo que me encargó un diario neoliberal). Como decíamos, esta magna construcción, símbolo de la más descarada avaricia omnipotente y sin límites, pegado al rompeolas, incumplía desde el primer día tantas leyes de protección medioambiental, leyes de costas y la ley (la más importante) regida por el sentido común, que nadie en su sano juicio entiende cómo es posible que se comenzaran ni tan siquiera los cimientos.
Mucho menos conocido es el caso de un hotel sin nombre (si acaso lo llegó a tener, confieso mi ignorancia). Pero permitidme que os ubique primero. Estamos hablando de la cala de Enmedio (escrito así, “Enmedio”, todo juntico), una de las calas más bellas del litoral peninsular a menos de dos km al suroeste de Agua Amarga, una aldea marítima en el término de Níjar (Almería), es decir, por la misma zona de El Algarrobico. Nos tenemos que retrotraer a los años 60, cuando un famoso director de cine llamado Roman Polanski tuvo el capricho y la ocurrencia de construir un hotel y, ya de paso, su propia casa en las cercanías de esta cala (en primera línea de playa, ya te digo). Así que compró los terrenos y comenzó las obras. Este señor no tuvo ningún problema en lo que respecta a los permisos de obra, puesto que no le pidió permiso a nadie para acometer su proyecto. Además, ejerció toda la presión que pudo para que un nuevo trazado de la carretera pasara por otra cala extraordinaria llamada cala del Plomo, aparte de la cala de Enmedio y… (creo que ya lo habéis adivinado) por su hotel y domicilio privado.
Menos mal que siempre hay alguien que da la cara y trata de impedir estos desaguisados, aún a riesgo de que le llamen ecologista (esa palabra ha degenerado hasta tal punto que ya casi por sí misma supone un insulto) o perroflauta. En los años 60 no existía ninguno de estos dos términos, sobre todo el último, pero bien es sabido que a la Administración siempre conviene darle un empujoncito para que haga lo que debería hacer de oficio. Un empujoncito o varios. En este caso fueron un par de ovarios que portaba “una mujer morena resuelta en luna”, María Caparrós Requena (09/02/1931-30/01/2020), aguamargueña para más señas, obstaculizó con su propio cuerpo la marcha de las máquinas y de todo aquel que intentara continuar con aquel sindiós. Aquel acto fue el detonante para que las ínfulas megalómanas se pararan y se cancelaran sine die. Fue así como el paraje se mantuvo completamente virgen y protegido. Actualmente, a esta pequeña y espectacular playa de dunas fósiles solo se puede acceder a pie, a través de senderos desde la cala del Plomo, Agua Amarga o el mar. La construcción inacabada, sin embargo, sigue allí como testigo de lo que ocurre cuando se mira deliberadamente hacia otro lado. Nadie se ha hecho cargo de una demolición que ni llega ni se la espera. Ojalá que no ocurra lo mismo con El Algarrobico.
Hablábamos al comienzo sobre ese genuino carácter español que de igual modo podemos constatar en pequeños detalles a la hora de visitar nuestras playas. Por muy temprano que vayas con tu toalla al hombro, comprobarás que ya hay instaladas, sin que nadie las ocupe, sillas y sombrillas en la dichosa primera línea de playa. Mientras permaneces allí, puedes observar que estos, llamémosles, “aristócratas playeros” llegan cuando les parece bien: a las 12, a la 1 o ese día no van porque, total, si ya tienen el sitio ocupado para ellos y tienen hecha su “reserva”. Por supuesto, te da por pensar: ¿y por qué no hago yo lo mismo también?... Pues porque tú eres un ingenuo, un personaje cándido que piensa en los demás y los respetas (todo esto lo meditas mientras te instalas en segunda o tercera línea de playa). Si se diera el caso de que cualquiera de estos “aristócratas playeros” consiguieran ingentes cantidades de dinero o de poder (ambas cosas vienen a ser lo mismo, ahora que lo pienso), a saber, cuánto tardarían estos individuos en hacernos un Polanski.