Por Antonio Carmona Márquez
Un río es mucho más que su primigenia presencia. Los ríos no están constituidos por un mero cauce que marca una suerte de eje o bisectriz irregular a lo largo de su valle. Eso sería como decir que la hoja de un árbol está tan solo compuesta por un nervio central y sus nervaduras adyacentes. Pero una hoja es mucho más que eso: es el limbo, el haz y el envés; la yema axilar y el peciolo, el ápice y la fotosíntesis. Podríamos ir más allá y sugerir que una hoja es incluso su propia sombra proyectada sobre el terruño.
Un río es, así mismo, nacimiento, un prolongado lecho, la desembocadura y sus afluentes. Es el sonido de su escorrentía y el silencio de sus aguas mansas, las vertientes de las sierras que ha modelado durante millones de años desde las crestas y cuerdas que delimitan su demarcación hidrográfica, las corrientes y filtraciones subterráneas, las masas de agua en derredor y las miles de plantas y especies animales que lo habitan, incluyéndonos a nosotros mismos.
Nosotros somos los únicos seres capacitados para disfrutar y reflexionar a fondo sobre su singular existencia. En su morfología geográfica hemos construido caminos, puentes, pozos, molinos, norias, castilletes defensivos y hemos pintado símbolos en los paredones rocosos que lo circundan, quién sabe si a modo de hitos territoriales.
Aunque también estamos sobradamente capacitados para manipularlo con la intención de “servirnos” del río y de lo que haga falta. Porque, ¿qué sentido tiene lo que nos rodea si no el de servirnos para algo?... Y en ese afán tan nuestro, en ese despropósito tan “humano”, tan depredador, ya hemos demostrado que, en efecto, somos capaces de apestarlo todo hasta su total aniquilación