Por Antonio Carmona Márquez
La penumbra añade un matiz de misterio a la amplitud ondulada del valle. Bajo esta luz, el valle aún no puede hacer gala de su “verde Alcudia”. La N-420 lo atraviesa de norte a sur como si la hubieran trazado con un tiralíneas, mientras la radio del coche acaba de sintonizar el tema musical “Escape” de Hans Zimmer y Richard Harvey. Nuestro viajero piensa que se trata de una feliz coincidencia, si es que existen las coincidencias. Lo de esta mañana es como una escapada crepuscular de no sabe qué ni para qué, una escapada a tientas por un territorio por el que podría guiarse casi a ciegas, acompañado de esta música en la que los diferentes instrumentos parecen escaparse unos de otros o incluso, a veces, de sí mismos.
Esta mañana el viajero ha quedado en el puerto de Niefla a las 7:08 am, donde comienza la Ruta 14. Él, como siempre, ha llegado unos minutos antes a la cita. La otra parte convocada que procede del este—el amanecer— se persona, como era de prever, justo a las 7:08 de la mañana. Sin embargo, apenas ha tenido ocasión de manifestarse, oculto tras un cielo gris sin lluvia. En lo alto del puerto hay una amplia superficie para aparcar el vehículo y una variedad de paneles informativos sobre la Ruta 14 y el Parque Natural. Ahora toca seguir una vía ferroviaria que ya no es tal, dejarse arrastrar por una suave pendiente a un ritmo imaginario, marcado por el traqueteo remoto de un tren que ya casi nadie recuerda.
Un gran caserón de construcción reciente entorpece el recorrido de la vía. Es necesario dar un pequeño rodeo por una senda que está a fecha de hoy bloqueada por grandes peñascos, resultado de una avalancha desde el paredón rocoso más cercano. Enseguida acompaña al viajero el estruendoso tamborileo de los picapinos que por esta zona tienen materia prima de sobra para picar. La mayor parte de la ruta atraviesa prolongadas trincheras excavadas en la montaña o terraplenes con inclinados taludes que suavizan los desniveles del terreno para el paso del ferrocarril, conformando un descenso o ascenso afable y poco pronunciado. Los madroños, alcornoques y una gigantesca repoblación de pinos pueblan la ladera sur de esta sierra. Asomado a los taludes puede escuchar la corriente de agua en barrancos como el del Lobo, si se lo permite el canto ininterrumpido de los pájaros, aunque parece imposible ver el curso del arroyo, dada la profundidad de la garganta y la frondosidad de la floresta.
Encuadrar una imagen de la cámara evitando el blanco chisporroteo de la jara es una ardua encomienda y, además, ¿quién quiere evitarlo? Las trincheras están jalonadas de jaras, retamas y gamonitas en todo su esplendor floral mediterráneo. Resulta estremecedor que para definir la vegetación y el clima de esta zona recurramos al nombre de un mar que dista 400 kilómetros. Precisamente en estas trincheras han quedado al descubierto capas de roca donde reside la memoria de la montaña. Horizontalidad remota. Sus estratos son narradores de nuestra historia geológica, neuronas pétreas, un disco duro repleto de archivos que conservan huellas de antiguos mares, animales y plantas fosilizadas como jeroglíficos tallados en piedra a la espera de nuestra “lectura”. El breve lapso de nuestra civilización también quedará inserto en alguna de esas “páginas” de futuras montañas que, como afirmaba Nan Shepher, siempre “superan la posibilidad o nuestra capacidad de conocerlas por completo.”
Desde la última pendiente, antes de llegar al túnel, espejea la presencia de una laguna sobre el valle que obedece a una retención de agua sobre una escorrentía paralela al barranco del Lobo. El viajero se dirige hacia un largo y oscuro túnel ferroviario, que es el final del recorrido y la puerta franca hacia otra dimensión. Pero antes, la vía de tren que ya no es vía ni tiene tren, pasa sobre el arroyo de los Caballeros del Escorial, que es, ni más ni menos, el antecedente del río Montoro, nacido en la umbría de la sierra de Alcudia. Bajo el puente de piedra y arco de medio punto, se encajan este arroyo y el camino del Robledillo. De vez en cuando suena muy cerca la exhalación ciega de los trenes de alta velocidad que también atraviesan la sierra por otro túnel mucho más moderno, paralelo al de la ruta.
Muy cerca del túnel, el viajero se deja seducir por el magnetismo que siempre ejerce una edificación derruida, sobre todo si es ferroviaria, en medio de un campo solitario. Hoy se ha sentido especialmente parte del entorno. Le fastidia ese tipo de visitantes que se posicionan en su pedestal como meros espectadores de un escenario ajeno a sus vidas. Nosotros somos también la montaña y acabaremos, más tarde o más temprano, insertos en los pliegues de su esencia.
Una vez en la embocadura del túnel, juega unos segundos con el sonido de su voz y el eco. Sabe el viajero que el otro lado del túnel te llevaba antaño a un precioso viaducto sobre una profunda garganta, a otros pueblos, a otra provincia, a otros paisajes. Ahora te conduce a Minas del Horcajo, un antiguo pueblo minero apenas habitado en la actualidad, con todos sus alrededores alambrados por el Verdadero Poder. Llegas a un lugar único, entrañable, pero que no deja de ser un cul-de-sac. Un callejón en el que aún no hemos sabido encontrar una salida digna.