Ruta 19: Estrecho de Valdoro – Mirador

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Son las 15:57 del Miércoles, 20 de Mayo del 2026.
Ruta 19: Estrecho de Valdoro – Mirador

 

Ruta 19:Estrecho de Valdoro – Mirador

(Parque Natural Valle de Alcudia y Sierra Madrona)

 

Por Antonio Carmona Márquez

 

A unos doce kilómetros de Ventillas en dirección a Solana del Pino, tras pasar por las puertas de Cerro Casillas, Nueve Veces y Coquiles llegas a este panel informativo que anuncia un recorrido de casi siete kilómetros por la ribera derecha del Montoro hasta el estrecho de Valdoro. Comienzo el recorrido a las cinco menos veinte con brisa agradable y ánimos renovados, aunque la temperatura es aún algo alta para este caminante. Mañana hará más fresco, pero mañana también tendremos el pequeño inconveniente de no poder estar aquí.

Apenas quince minutos más tarde de camino ancho y cuajado de bellotas encineras, aparece un cruce bien pertrechado de señalética que te dice “por allí” con una flecha. Por allí se llega a un puente de madera para cruzar el arroyo Robledillo poco antes de su desembocadura en el río Montoro. Tras el puente, el camino se convierte en un sinuoso sendero que bordea una amplia parábola trazada por el río entre el extremo este de la sierra de Valdoro y el cerro de Cervigón. Cada vez se distingue mejor el estrecho en cuestión. En la sierra de Solana destaca una enorme cresta cuarcítica hasta la que llega un cortafuegos.

Sobre las cinco de la tarde, el sendero se hace algo difuso. Casi es mejor dejarse atraer por el aspecto magnético del estrecho y varios montones de piedras en intersecciones de sendas apenas marcadas. Algún graciosillo las ha desparramado para desorientar e inquietar a ese visitante tan indeseable para según quién. En cualquier caso, diez minutos más tarde otro poste indicativo confirma nuestra fidelidad a la ruta marcada por la administración del Parque Natural. Nuevamente camino ancho hasta cruzar otro arroyito más humilde que el anterior, donde volvemos al sendero. ¡Esto es pan comido! La presencia de la cueva del Lechuga produce nostalgia. La cueva me mira con cierto gesto de reproche. No son pocas las visitas en soledad, como la de hoy, o en compañía, buena compañía, es decir poquita gente y selecta, si es posible. Para saber más sobre esta cueva, nada como leer un capítulo a ella dedicado en un librillo sobre el valle de Alcudia. ¡Date prisa en conseguirlo! Creo que ya apenas quedan ejemplares: “Alcudia Insólita.”

Después de juguetear con este conato publicitario en la mente, un nuevo poste indicativo marca el comienzo de otro camino que bordea un nutrido bosquecillo de pinos. Sobre las cinco y veinte, una bifurcación te hace pensar que lo lógico sería seguir el ramal izquierdo. Sin embargo, la aparición de otro poste de la Junta que apenas se deja ver tras un chaparro nos reclama hacia la derecha. Más senderos y montoncitos de piedras te invitan a seguir por una zona muy sombreada, lo cual agradeces a las cinco y media de una tarde de octubre soleada y más cálida de lo que debiera. ¡Ya estamos aquí! La temperatura desciende, el ambiente es más húmedo. Estamos en la entrada de este magnífico estrecho, cuando son las… ¡Qué más da! El tiempo poco importa, lo que me recuerda que hoy es el cambio de hora: una hora menos. ¡BIEN!

La disparidad entre la luz intensa aún reflejada sobre los monumentales paredones a ambos lados del estrecho y la penumbra acuosa y frondosa del lecho del río Montoro es sobrecogedora. La corriente se abre camino entre la sierra de Valdoro y de la Solana, entre peñones de contornos pulidos y oquedades recónditas. Seguir adelante es una aspiración adictiva. Un poco más para ver qué hay. Un poco más. Sería maravilloso unir esta ruta a la que viene desde el norte por el Molino Flor de Ribera y llega hasta la cueva de Valdoro. Empieza a hacer fresco. Es un día de contrastes térmicos, como tantos días de otoño. Hay que volver. La arboleda del estrecho se refleja sobre las charcas conformando cuadros impresionistas en vivo. Conviene volver sobre los mismos pasos para hollar senderos y caminos, para visibilizarlos.

“Miles from nowhere/ Guess I´ll take my time/ Oh, yeah, to reach there.” De camino a casa me asalta esta cancioncilla de Cat Stevens. Sí, me voy a tomar mi tiempo, pero sin contar los minutos ni las horas. Paladeándolo. Al ritmo de los pasos voy analizando contingencias acaecidas durante el recorrido: número de excursionistas con los que me he cruzado en la ida: 0, número de excursionistas con los que me he cruzado en la vuelta: 0, objetos, desperdicios, basura, etc.: 0, micciones del que abajo suscribe: 1 y procurando posicionar el viento a la espalda, número de huesos constatados sobre la superficie: muchos y variados, aunque ninguno parecía pertenecer a la especie humana.

El Sol, que nada sabe sobre cambios horarios ni entra en disputas al respecto, se va ocultando tras un manojo prolongado de nubes que a su vez parecen querer esconderse detrás de la sierra. Estelas lineales cargadas de pasajeros cruzan el cielo. Cada cual con su maleta y su dilema. Pero eso es ya otra historia.

Antonio Carmona